Número 159 - Abril de 2020
 
REPORTAJES
 

“El cash flow del sector del shale oil ha sido siempre negativo: $-3.900 mn en 2018, cuando EEUU se convirtió en el mayor productor de crudo”

 
     
ESTADOS UNIDOS: MÁS CERCA DE LA OPEP  
           
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  Foto: Archivo RC  
   
   

EL FRACKING CONVIRTIÓ A EEUU EN EL MAYOR PRODUCTOR DE PETRÓLEO PERO LA CAÍDA DE LA DEMANDA Y LA DISPUTA ENTRE ARABIA SAUDI Y RUSIA POR EL RECORTE EN LA PRODUCCIÓN LLEVAN AL SECTOR A LA RUINA ASÍ QUE TRUMP PIDE, Y LOGRA, UN “TIEMPO MUERTO”.

   
   

TEXTO: PABLO PARDO (WASHINGTON)

En septiembre de 2008, cuando Lehman Brothers suspendió pagos, el entonces presidente de CEOE, Gerardo Díaz-Ferrán, pidió “un paréntesis” del libre mercado. Sus palabras fueron calificadas de “imaginaciones u ocurrencias” por Jesús Bárcenas, que ejercía la presidencia de CEPYME, quien además sugirió que Fidel Castro fuera quien gestionara la puesta en práctica de la idea.

Ahora, no es una organización empresarial sino, directamente, el Gobierno de Estados Unidos quien quiere un paréntesis a nivel mundial del libre mercado para la fuente de energía más estratégica de la Tierra: el petróleo. Donald Trump ha pasado de abanderar la NOPEC, es decir, una ley diseñada para sancionar a los países exportadores de petróleo agrupados en la OPEC por violación de la competencia, a buscar fórmulas para incluir a EEUU de alguna manera en la reducción de la producción mundial de crudo. No es fácil, porque Trump no tiene ninguna capacidad legal para hacerlo, ni siquiera con su bien demostrada habilidad para retorcer las leyes hasta el extremo más inimaginable. Pero sí es posible. El libre mercado no es intocable. Quién lo iba a decir.

La clave es el desplome del precio del petróleo provocado por la disputa acerca del recorte de la producción entre Arabia Saudí y Rusia. Con el barril por debajo de 35 dólares, no hay manera de que los productores estadounidenses de ‘shale oil’ –literalmente, petróleo de esquisto– tengan beneficios. Tampoco es que sea un sector que gane mucho. Desde que en 2006 el ‘shale’ empezó a expandirse gracias a la introducción masiva de ‘fracking’ y de perforación horizontal, esas empresas, consideradas en su conjunto, nunca han tenido cash flow positivo, según el ‘Wall Street Journal’.

Así que el ‘milagro’ del ‘fracking’, que ha convertido a Estados Unidos en solo quince años en el primer productor mundial de crudo, es más un milagro financiero que de ingeniería, creado por los tipos de interés ultrabajos. En 2018, el cash flow negativo del sector fue de 3.900 millones de dólares (3.600 millones de euros), según el think tank Institute for Energy Economics and Financial Analysis. En 2016 y 2017, cuando Arabia Saudí lanzó una guerra de precios con la esperanza de pulverizar a estas empresas y sacarlas del mercado para siempre, el cash flow negativo del sector fue de 11.000 y 7.200 millones de dólares, respectivamente, de acuerdo a la misma fuente.

La OPEP más EEUU

Pero la expansión del ‘fracking’ ha ido recortando el poder de la OPEP de fijar los precios. En 2018, Estados Unidos se convirtió en el primer productor mundial de crudo. En diciembre de 2015, ese país había levantado la prohibición a la exportación de petróleo y derivados, establecida justo cuarenta años antes, en mitad de las crisis del petróleo de los años setenta. El resultado de todo ello era que la OPEP –que es, fundamentalmente, Arabia Saudí– ha perdido el poder de controlar los precios del crudo.

Y ésa es la clave del problema al que se enfrentan los petroleros de EEUU ahora. En marzo, con la crisis del coronavirus recortando la demanda mundial, en un 20 ó 25 por ciento, Arabia Saudí quiso que lo que se conoce como la OPEP+ (es decir, los miembros de la OPEP más Rusia) acordara un recorte de la producción. Rusia se opuso, porque Moscú quiere un petróleo lo más barato posible para asfixiar al ‘shale’ estadounidense. Algunos ven motivaciones políticas en Moscú. Otros, simplemente, el deseo de eliminar a un competidor que cada día recorta más cuota de mercado a los grandes productores tradicionales. Sea lo que sea, no hubo acuerdo. Y el ‘hombre fuerte’ de Arabia Saudí –que, dada la demencia senil que sufre el rey Salman es el príncipe heredero Mohamed Bin Salman, o, como se le conoce en Estados Unidos, MBS– reaccionó con su agresividad habitual. Desde entonces, Arabia Saudí ha aumentado su producción, ha ofrecido petróleo a descuento, y ha obligado a sus aliados –los Emiratos, Kuwait, e Irak– a bombear más crudo. El impacto de esas medidas, en un momento en el que la economía mundial está colapsada, es lo que provocó el derrumbe del precio del barril en marzo.

En último término, es una carrera hacia el precipicio entre Rusia y Arabia Saudí. Ambos países son esencialmente dependientes de la exportación de petróleo, aunque el primero tiene un poco más de margen porque su tipo de cambio no es fijo. Eso permite a Moscú, por ejemplo, ganar aunque el rublo se despeñe, ya que las exportaciones de petróleo valen más en la moneda nacional y, al mismo tiempo, la exploración y extracción del crudo es más barata porque el rublo vale menos. Así es cómo, por primera vez en décadas, la empresa que extrae un petróleo con menor coste no es la saudí Aramco, sino la rusa Rosneft. Y eso Moscú se lo debe, precisamente, a la caída de su moneda desencadenada por el aumento de la producción de Arabia Saudí.

Lo cual nos lleva, de nuevo, a Estados Unidos. La industria del petróleo no es algo pequeño en este país. Genera alrededor de 12 millones de puestos de trabajo, la mitad de ellos en el sector de exploración y producción. De ellos, más de dos millones son el ‘fracking’. Y la guerra de precios puede dejar a un millón de personas –según los cálculos más optimistas– en la calle.

En un momento en el que el país había perdido más de medio millón de puestos de trabajo solo en dos semanas de crisis del ‘coronavirus’, eso es lo último que desea cualquier Gobierno. Y también los inversores. Harold Hamm, el mayor multimillonario del ‘fracking’, tenía un patrimonio estimado por la agencia Bloomberg en 10.000 millones de dólares el 1 de enero. A mediados de abril, era de 3.900 millones. El desplome del petróleo le había hecho perder casi dos tercios de su fortuna, concentrada en la empresa Continental Resources, que saca cada día alrededor de 300.000 barriles de petróleo y equivalentes (lo que incluye también gas natural), sobre todo de Texas. Hamm es, como la mayor parte de sus competidores, ideológicamente cercano a Donald Trump. De hecho, no solo es un gran donante del presidente, sino que su nombre sonó como posible secretario de Energía. No hay que olvidar, tampoco, que el primer secretario de Estado de Trump fue el presidente y consejero delegado de ExxonMobil, Rex Tillerson.

De modo que, para proteger esa industria, Estados Unidos está dispuesto a hacer algo que va contra el que ha sido su mantra desde principios de la década de los setenta: regular la producción de petróleo. Hasta ahora, Washington ha defendido siempre como algo innegociable la idea de que el precio del petróleo lo debe fijar la oferta y la demanda. Pero, ante el posible colapso de un sector que es una fuente de empleo y de apoyos políticos, Donald Trump parece decidido a ignorar esa política.

Y además, Canadá

Claro que el nuevo rumbo de EEUU tiene un pequeño problema: en ese país es ilegal que el Estado federal controle la producción de petróleo. Así que Trump no puede hacer nada. Pero sí los estados. Por ejemplo, hasta 1972, antes de la crisis del petróleo, Texas tuvo cuotas para el bombeo de crudo. Después, llegó el embargo árabe de la guerra del Yom Kippur, en 1973, y eso se acabó. Pero ahora se pueden volver a reinstaurar.

En Canadá, de hecho, la provincia de Alberta ya lo hizo en 2016, en otra ofensiva de la OPEP. El crudo de Alberta es otra de las preocupaciones saudíes y rusas. Es de mucha peor calidad que el que se extrae en EEUU, pero también se obtiene por medios ‘no convencionales’, en este caso bien abriendo minas a cielo abierto de las que se saca el bitumen que luego se transforma en gasolina, bien inyectando gas. La gran diferencia es que los costes fijos de las llamadas “arenas bituminosas” son mucho mayores, porque exigen una inversión inicial más grande, pero, después, apenas requieren inversión por un periodo de entre 7 y 10 años. Con el ‘shale’ pasa lo contrario. Perforar y llevar a cabo el ‘fracking’ es barato. Pero los yacimientos se agotan rápidamente y cada dos o tres años hay que volver a ‘pinchar’. El petróleo de Alberta es más caro que el ‘shale’ de EEUU, pero requiere menos capital a lo largo del tiempo.

Que EEUU se esté planteando entrar, por medio de sus estados, en una componenda con la OPEP es uno de los grandes cambios que está viviendo la economía mundial. Este 2020 puede ser un año que cambie muchas cosas, incluyendo el sector del petróleo.

 
 
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