Número 155 - Diciembre de 2019
 
REPORTAJES
 
La declaración de la Business Roundtable llega con Wall Street en máximos y el paro en mínimos    
     
PROPÓSITOS Y DESPROPÓSITOS  
       
 
     
     
     

LAS OLAS DE IRA E INDIGNACIÓN QUE AZOTAN LOS CINCO CONTINENTES TRAEN AIRES DE CAMBIO AL MUNDO DE LOS NEGOCIOS, TAMBIÉN A LA CAPITAL, WALL STREET: “SABEMOS QUE MUCHOS AMERICANOS ESTÁN PASANDO APUROS. CON DEMASIADA FRECUENCIA EL TRABAJO ESFORZADO NO SE RECOMPENSA (...) SI LAS COMPAÑÍAS NO RECONOCEN QUE EL ÉXITO DE NUESTRO SISTEMA DEPENDE DEL CRECIMIENTO INCLUSIVO A LARGO PLAZO, MUCHOS CUESTIONARÁN LEGÍTIMAMENTE EL PAPEL DE LOS GRANDES EMPLEADORES EN NUESTRA SOCIEDAD” EN ESTAS POCAS FRASES, RECOGIDAS EN LA ÚLTIMA DECLARACIÓN DE LA “BUSINESS ROUNDTABLE”, SE RESUME EL GIRO COPERNICANO QUE LOS PRINCIPALES CEO DE LOS ESTADOS UNIDOS DICEN QUERER IMPRIMIR EN SU GESTIÓN. LA RECEPCIÓN DE LA NUEVA DOCTRINA EN NUESTRO PAÍS HA SIDO INMEDIATA.

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: REDACCIÓN

Fotos: Archivo RC

Si el año ha sido bueno y el dividendo sube, los accionistas son como corderos, mansos, dóciles. Ahora bien, si el ejercicio ha sido malo y el dividendo baja, entonces, entonces son como lobos… En cualquier caso, son como animales”. Así explicaba el consejero delegado del Banco Urquijo -a finales de los 70 del siglo pasado- qué sentía cuando, una vez al año, por obligación legal, debía comparecer ante la junta general de accionistas de la entidad para dar cuenta del ejercicio.

El Urquijo era por aquel entonces la punta de lanza de los nuevos usos y costumbres en el capitalismo español. Y si el año había ido bien y se ofrecía un dividendo interesante, o si se anunciaba una ampliación en buenas condiciones, entonces algunos accionistas con posibles (la banca industrial disfrutaba del privilegio de emitir bonos de caja, exentos en el impuesto de sucesiones, lo cual atraía a las grandes fortunas del país) se bajaban dando un paseo hasta los corros de la plaza de la Lealtad –fina ironía– y compraban más títulos. Porque invertir sin información privilegiada era entonces bastante absurdo, casi impensable.

Con la crisis de los 70 la banca industrial acabó quebrada, y el Banco de España forzó al Banco Hispano Americano a honrar antiguos pactos y hacerse cargo del Urquijo, -a lo que luego sumó otro banco industrial, Bankunión- de modo y manera que el propio Banco Hispano Americano acabó por suspender el dividendo y remozar su cúpula. El nuevo responsable se dirigió aquel año a sus accionistas explicando sucintamente los avatares que habían llevado a aquella situación y explicando que en poco tiempo la entidad remontaría el vuelo, gracias, entre otras muchas cosas, a una excelente plantilla, preparada y motivada, que era el mayor y “el mejor activo de esta entidad”.

Puesto que tocaba apretarse el cinturón, y siendo la plantilla el mejor activo de la entidad, bien podría el banco invitar a un representante de los trabajadores a incorporarse al consejo de administración ¿no?. El consejero al que se planteó entonces la cuestión sonrió sin ganas (el Santander, el pequeño de los llamados sietes grandes tenía entonces dos trabajadores sentados en el consejo) y con sorna razonó: “Es cierto, sin duda los trabajadores son nuestro mayor activo pero olvida usted que el consejo, los consejeros, representamos al capital, y si usted mira bien el balance verá que el capital figura en el pasivo, no en el activo… No tendría mucho sentido”.

Entre los patronos y gestores españoles de entonces éstas eran visiones bastante comunes sobre lo que hoy se consideran los principales “stakeholders”. Lo que no impedía, por supuesto, acercamientos y enfoques distintos de algunos patronos (Pepín Fernandez, por ejemplo, daba cien pagas al trabajador que se jubilaba en Galerías Preciados, otra quiebra monumental que acabó engrosando el agujero de Rumasa) o de gestores como Hernando de Larramendi, que mostraba con orgullo el bonobús con el que iba a trabajar a Mapfre, entonces una mutualidad donde estaba prohibido contratar a familiares.

Y los códigos

En 1986 España ingresa al fin en el Mercado Común y da la crisis por superada -solo la bancaria, con medio centenar de entidades quebradas, se cobró un 4% del PIB- pone rumbo al 92 y, a finales de los 80 acomete una reforma integral del mercado de capitales, un “big bang” que busca seguir la estela del protagonizado por la Bolsa de Londres, de donde llegan los grandes capitales internacionales. Los agentes de cambio y Bolsa son debidamente “indemnizados” y se cambian las reglas del juego.

Lo que hasta entonces era la norma –la inversion con información privilegiada– se covierte en infracción, y la hábil manipulación de la cotización por parte de los “cuidadores” del valor en los corros de la Bolsa, en una actitud perseguible por una recién nacida Comisión Nacional del Mercado de Valores. España se sube con energía a la ola del capitalismo más salvaje –ya ha caído el muro de Berlín– con personajes como Mario Conde (Banesto, otros 600.000 millones de pesetas de agujero) que recibe el agasajo de los poderes fácticos en una bochornosa investidura como Doctor Honoris Causa que retrata bien la España de la época.

Y de ahí, al mea culpa, a la recapitulación y a una auténtica “diarrea” legislativa, en la que se sigue ¿Quién no tiene algo que decir sobre buen gobierno coporativo?. De modo que en el Código Penal de 1995 se establece por fin un capítulo completo sobre los llamados delitos “de cuello blanco” (aunque diez años después, cuando nace esta revista, no hay aún una sola condena en firme por este tipo de conductas) y en 1998 –seis años después de que en Reino Unido se alumbrara el primer código de buen gobierno societario– ve la luz el Código Olivencia, el primer Código de Buen Gobierno español, que pretendía seguir la filosofía de los que ya se habian propuesto en el mundo anglosajón, con conductas y hábitos tan distantes de los españoles. Pero del mundo anglosajón llegaba y llega todavía el dinero y es sabido que quien paga, manda.

 
 
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