Número 147 - Marzo de 2019
 
REPORTAJES
 
"La función presupuestaria de estabilización, las trabas a la unión bancaria... En la cumbre de Sibiu, en mayo, se debería avanzar"    
     
DEMASIADAS HOJAS DE RUTA...  
       
 
     
     
     

LA COMISIÓN HA SIDO Y ES UN CENTRO PERMANENTE DE REIVINDICACIONES Y AHORA PLANTEA PASAR DE LA UNANIMIDAD A LA MAYORÍA CUALIFICADA EN CUESTIONES DE FISCALIDAD; JUSTO CUANDO LOS PAÍSES MÁS GRANDES DE LA UNIÓN PUEDEN PERDER SU CAPACIDAD DE BLOQUEO A CUENTA DEL BREXIT, LO QUE LES DEJARÍA EN MANOS DE LOS PAÍSES DEL SUR; MÁS CONFUSIÓN.

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: LUIS MARTÍ

Valorar desde 2014 la trayectoria de una beligerante Comisión Europea como la actual no resulta fácil y no se va a intentar ahora, cuando faltan meses para comenzar a cerrar libros y todavía aparece expuesta a alguna sorpresa ingrata, véase el informe poco entusiasta del Tribunal de Cuentas sobre la eficacia del Fondo Juncker para inversiones. El caso es que la Comisión continúa plenamente activa en el ejercicio de todas sus funciones, y ha prestado servicios notables a Europa, por ejemplo, manteniendo un alto estándar de seriedad profesional y política en las negociaciones con el Reino Unido. Pero esta Comisión, la primera cuyo presidente fue elegido en base a propuestas de Spitzenkandidaten, será recordada también por su tenaz aspiración a recibir más transferencias soberanas de los países miembro, en interpretación bastante libre del grito de ¡más Europa!, que se lanzó en momentos de optimismo integracionista desde muchos rincones del continente, pero se acogió con bastante recelo en muchos otros. La Comisión del presidente Juncker no ha vacilado en marcar tiempos apremiando a los países miembro a efectuar cesiones de poderes con arreglo a exigentes “hojas de ruta”.

Presiones discretas

El punto de arranque de estos comentarios es anterior a la Comisión Juncker. Nos remontamos al informe ‘Hacia una genuina unión económica y monetaria’, presentado en junio 2012 por el presidente del Consejo Europeo, van Rompuy junto con sus colegas de la Comisión, Eurogrupo y Banco Central Europeo: el informe “de los cuatro presidentes”. En unas breves páginas, instaba a los gobiernos a progresar en la unión financiera, en política presupuestaria y económica, y a promover medidas que eleven el nivel de legitimación democrática del proyecto europeo. Los autores señalaban, en particular, la necesidad de adoptar la supervisión única, el seguro de depósitos, y el mecanismo común de resolución, como las tres piezas clave para consolidar una efectiva unión bancaria. Siete años después, dos de esas piezas quedan por adoptar y la UEM, por tanto, continúa echando en falta un componente esencial. Las restantes propuestas se expresaban en términos más genéricos. En conjunto, el tono, sumamente comedido, y los plazos, una década, dejaban constancia del camino que faltaba por recorrer.

No obstante, el informe sirvió de base para un prolongado proceso de inquietud intelectual, que asociaba la penosa lentitud del proyecto europeo con un insuficiente cuadro de competencias de la Comisión, y que se expresó políticamente en reiteradas presiones de esta última reclamando mayor libertad de acción.

Más tarde, ya no tan discretas

Otros dos documentos, un Blueprint del mismo año, y una nota analítica de la nueva Comisión, de febrero 2015, fueron añadiendo concreción (y páginas) al informe van Rompuy. En junio 2015, los presidentes, que ahora incorporaban al del Parlamento Europeo, circularon un nuevo informe, ‘Completing Europe’s Economic and Monetary Union’, proponiendo a los gobiernos un detallado programa de trabajo en tres etapas, la última de las cuales, “a lo más tardar, en 2025”, reflejaría la profunda y genuina unión económica y monetaria que entreveían sus colegas unos años antes.

La hoja de ruta marcaba solemnemente (y sigue marcando) el futurible de 2025.

El primero de marzo 2017, apareció un interesante documento, anunciado ya como un White Paper en el documento anterior, que analizaría el progreso realizado en una primera etapa y examinaría los pasos y medidas siguientes, incluyendo consulta a expertos encargados de explorar las precondiciones de todo tipo que fundamenten el cuadro de propuestas de 2015. Sin duda muchos no entendimos la idea. Este llamado (en castellano) Libro Blanco no habla de expertos ni de precondiciones, sino que concisamente despliega ante los países miembro cinco posibles escenarios alternativos para redefinir objetivos y competencias de la Comisión. Es un documento sugestivo, pero que sepamos ningún Consejo llegó a debatir las alternativas propuestas ni, por tanto, a optar por algún escenario concreto.

Poco después. 31 mayo, dos comisarios publicaron un ‘Reflection paper on the deepening of the economic and monetary union’. El texto menciona dos veces el Libro Blanco como simple referencia bibliográfica. No deja de llamar la atención: la Comisión había lanzado en marzo una propuesta abierta de escenarios funcionales, pero dos meses más tarde elabora un documento importante en que la propia Comisión parece haber decidido ya cuáles quiere que sean sus funciones. Cuando meses después el presidente Juncker hable ante la Eurocámara, mencionará el Libro Blanco y los numerosos debates a que dio lugar, pero ahorra detalles y da por supuesto que nos encontramos en un escenario ya seleccionado desde el que la Comisión Europea reclama mayor capacidad de acción.

Las reflexiones de los comisarios trazan un diagnóstico bastante preciso de los problemas que lastran a la UEM desde la crisis financiera en adelante. Los problemas permiten detallar una serie de propuestas que consolidarían la UEM durante los años siguientes hasta 2025. Son propuestas para consideración y ‘take forward’ por los gobiernos. No se trata de medidas simbólicas, sino de un radical reposicionamiento político de la Comisión: aumentar su capacidad de gestión en el Semestre Europeo; crear la figura de Ministro Europeo de Hacienda, gestor de un departamento del Tesoro, y reconocer a la Comisión (sin duda, al nuevo Ministro) la presidencia del Eurogrupo; dotar al presupuesto de funciones de estabilización; someter el ESM, hoy mecanismo intergubernamental, a la legislación europea. Un objetivo tan importante como la unión bancaria debiera completarse ya en 2019, pero los mismos problemas que bloquearon los buenos deseos de los cuatro presidentes en 2012 siguen y previsiblemente seguirán bloqueando un acuerdo absolutamente fundamental para una unión monetaria. Conviene aclarar que el prolongado atasco de la unión bancaria no debe atribuirse a la Comisión Europea, cuyos servicios han elaborado excelentes informes sobre la materia, ni tampoco a los países que han saneado sus bancos, sino a países en que el proceso de saneamiento continúa pendiente y todavía sobreviven entidades gracias a recursos públicos.

La euforia de los meses finales de 2017 se justificaba por una excelente coyuntura económica. “Tenemos el viento en nuestras velas”, afirmó Juncker ante el Parlamento Europeo en su discurso anual: el viento favorable iba a durar poco tiempo, pero eso no se sabía entonces. La Comisión reiteró sus pretensiones, y en diciembre circuló un brevísimo informe, apoyado en el discurso anterior, en la carta 2015 de los cinco presidentes y -entre otros materiales-, en la importante reflexión, ya comentada, de los dos comisarios. En definitiva, nueva “hoja de ruta”, con sus objetivos y tiempos: por ejemplo, durante 2018 debiera aprobarse la función presupuestaria de estabilización, y eliminarse las trabas a la unión bancaria; en 2019, el ESM se refundaría como Fondo Monetario Europeo bajo normativa europea, al tiempo que se definirían las funciones de un Ministro con amplias responsabilidades de política económica y ostentando la presidencia del Eurogrupo. Muchos de estos acuerdos debieran adoptarse en la cumbre de Sibiu, mayo 2019. La energía y confianza de la Comisión son encomiables, pero su insistencia en recibir mayores competencias no se recibe con igual entusiasmo en todos los países miembro. Siete años después del escrito van Rompuy, el progreso ha sido mínimo.

París abre otro frente

El año 2017, en que asumió la presidencia de la República Francesa la nueva figura política de Emmanuel Macron, abrió una nueva vía a las aspiraciones de la Comisión Europa. La estudiada conferencia en La Sorbona, 26 septiembre, reflejó un fuerte compromiso europeísta, haciendo especial hincapié en el objetivo de un presupuesto especial para un ministro comunitario. No podía pasar desapercibido el hecho de que hubiéramos escuchado o leído las mismas ideas en intervenciones del comisario Moscovici, gran profesional y ambicioso político, que es uno de los dos firmantes del ‘Reflection Paper’ antes comentado, y que unas semanas antes del discurso de Macron había defendido ante el Forum Ambrosetti, con gran aplomo y beligerante tono anti-alemán, esas (y otras) modificaciones institucionales.

No sabemos cuánto tiempo pudo dedicar el presidente Macron a prever las complejas implicaciones políticas de sus propias propuestas, pero probablemente advirtió una oportunidad para Francia, la de recuperar influencia política en una Comisión Europea muy debilitada por la insistencia del gobierno Merkel en recurrir al método de trabajo intergubernamental. Francia (como Italia) siempre supo desenvolverse y marcar su impronta en los vericuetos de Bruselas, de modo que en tándem con Alemania, ya sin el Reino Unido (y con Italia imprevisible), Macron sin duda vislumbró posibilidades serias de recuperar el peso específico que tuvo Francia en otros tiempos y que justifican sus dimensiones y potencia económica.

 
 
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