Número 158 - Marzo de 2020
 
REPORTAJES
 
   
     
“EL SISTEMA JURÍDICO Y ECONÓMICO MUNDIAL ESTÁ SESGADO EN FAVOR DEL CAPITAL”  
       
 
     
     
     
JOSEPH STIGLITZ
 

"OBSERVE, POR EJEMPLO, EL CASO DEL PRIVATE EQUITY: LOS FONDOS CARGAN EN MUCHOS CASOS A LAS EMPRESAS CON DEUDAS INMENSAS QUE ÉSTAS NO PUEDEN PAGAR, PERO QUE LES AYUDAN A DESGRAVAR A ELLOS. DESPUÉS, AL MENOS EN ESTADOS UNIDOS, LITERALMENTE SAQUEAN LOS PLANES DE PENSIONES DE ESAS MISMAS EMPRESAS. Y, FINALMENTE, LAS LLEVAN A LA SUSPENSIÓN DE PAGOS. TODO ESE PROCESO IMPLICA TRASPASAR LOS COSTES AL FACTOR TRABAJO, Y LOS BENEFICIOS AL FACTOR CAPITAL. ES POR RAZONES ASÍ POR LAS QUE HACE FALTA LO QUE YO DENOMINO UN CAPITALISMO PROGRESISTA".

   
    Foto: Archivo RC

TEXTO: PABLO PARDO (WASHINGTON)

Joseph Stiglitz es sin duda el Nobel de Economía más famoso del mundo... después de Paul Krugman. También el más controvertido y el que ha entrado más directamente en el debate público. Aunque es cauto. Por ejemplo, no quiere entrar a valorar la situación política española, pese a que ha sido un colaborador informal de Podemos desde que recibió en su despacho de la Universidad de Columbia hace ahora 5 años a Pablo Iglesias, con quien, sin embargo, Krugman no quiso reunirse. Stiglitz, que veranea con frecuencia en la Costa Brava, se limita a celebrar el sistema sanitario español, que conoció, dice, de primera mano hace unos años, cuando tuvo que ir al Servicio de Urgencias.

A sus 77 años recién cumplidos, Stiglitz sigue siendo un ‘enfant terrible’ de la economía mundial. Lleva en ese papel desde que se fue, en medio de una bronca de dimensiones épicas, del cargo de economista jefe del Banco Mundial, hace dos décadas, para escribir después su libro más controvertido, ‘La Globalización y sus descontentos’, que algunos –como el semanario The Economist– consideraron una vendetta contra sus ex compañeros en la institución multilateral, en el Gobierno de Bill Clinton, y, en general, en todo lo que no fuera el ámbito académico. Fuera lo que fuera, el libro se convirtió en un best-seller, y Stiglitz se transformó, casi, en una figura de culto para la izquierda en los primeros años del siglo XXI.

Ahora, acaba de sacar ‘Capitalismo Progresista’ (Taurus), en el que insiste en sus propuestas, aunque en esta ocasión actualiza el debate para incluir cuestiones como la brutal desigualdad de ingresos en EEUU y los desafíos regulatorios, fiscales, y de competencia causados por una economía mundial en la que cada día más sectores parecen la definición de un libro de texto de oligopolio, solo que a escala mundial.

Usted es crítico con el llamado ‘neoliberalismo’. Pero usted también trabajó en el pasado para instituciones, como el Banco Mundial o en el Gobierno de Bill Clinton, que han trabajado para expandir el libre mercado. ¿Cuándo empezó a cuestionar ese modelo económico?

Cuando yo estaba en el Banco Mundial [de 1997 a 2000], estábamos a mitad de camino en ese experimento. Pero era claro ya que las cosas no estaban funcionando como se había previsto. Y ahora, que ya tenemos 40 años de experiencia, es claro que, por ponerlo suavemente, el experimento neoliberal ha sido un desastre.

Una de las características de este modelo es que, en lugar de más competencia, ha generado más oligopolios. En el libro usted desarrolla esa idea.

Una de las cosas más extremas del neoliberalismo es el incremento en el poder de mercado, que hace que el dinero vaya hacia los monopolios y hacia los niveles de más renta de la sociedad. La evidencia ahora es que el poder de mercado es mucho más grande en EEUU que en la UE. No soy el único en decir eso. El libro de Thomas Philippon ‘The Great Reversal’ trata de eso. La cuestión es que las empresas no trabajan en la búsqueda del beneficio de la sociedad. Eso es algo que, por ejemplo, Adam Smith tenía muy claro. Una economía de oligopolios no es solo una economía con desigualdades, sino, también, una economía menos competitiva. No creo que sea una casualidad que The Business Roundtable [una organización empresarial de EEUU] haya declarado que las empresas no solo deben buscar maximizar el beneficio de los accionistas, sino, también, el de sus clientes y el de las comunidades en las que operan. Se puede decir que eso es en buena medida, un ejercicio de relaciones públicas. Pero, incluso aunque ésa sea la única motivación, es significativo que las grandes empresas se hayan dado cuenta de que han perdido el respaldo de la sociedad y sean conscientes de que deben llevar a cabo algunas reformas, por cosméticas que sean, para recuperar el crédito perdido.

Con eso ¿sugiere que la autorregulación bastaría?

No. En absoluto. Lo vimos en la crisis financiera. La autorregulación no basta. Una empresa de carbón no va a afrontar los inmensos costes que supone su transformación en otra de energías renovables voluntariamente. Es más: el mercado no la va a apoyar en ese proceso. Los Gobiernos deben ser quienes se encarguen de ello, tal vez con el apoyo de la sociedad civil, aunque yo creo que esta última no puede ejercer mucha presión. En el futuro, las instituciones multilaterales también podrán jugar un papel relevante, pero creo que todavía falta bastante para eso.

Pero algún tipo de coordinación internacional ¿no sería necesario en una economía globalizada? En su libro, usted defiende una acción coordinada en materia de fiscalidad de las empresas.

Solo hace falta que EEUU y la UE se pongan de acuerdo. Incluso, si la UE o EEUU quisieran hacerlo de manera individual, podrían. Hay dos componentes de la iniciativa de la OCDE para imponer una fiscalidad a las grandes empresas de internet…

…Una iniciativa que usted critica duramente en el libro.

Sí. Porque una de las patas es un impuesto mínimo mundial. Yo apoyo eso. Pero creo que existe un movimiento mundial para que ese tipo fiscal sea inaceptablemente bajo. Yo pienso que debería ser, como mínimo, de entre el 25% y el 30%. Y bastaría con que lo pusieran en práctica EEUU y la UE, siempre y cuando ambos estuvieran dispuestos a expulsar de sus mercados a las empresas que usaran subterfugios –por ejemplo, irse a paraísos fiscales– y que no pagaran ese gravamen. La segunda pata es cómo la comunidad internacional debería ponerse de acuerdo en distribuir ese impuesto. Eso requeriría una fórmula entre los países que producen los bienes online y los que los consumen, porque, de lo contrario, ese sistema no funcionaría. Y para ello sería necesario tener en cuenta los tres componentes del proceso económico: capital, mano de obra, y ventas. Una fórmula que combinara los tres podría ser eficaz para repartir los ingresos que generara ese impuesto. El problema ahora mismo es que las empresas han sido muy exitosas a la hora de convencer a los Gobiernos de que eviten un acuerdo.

 
 
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