Número 133 - Diciembre de 2017
 
REPORTAJES
 
En España viven 870.000 de los 12 millones de rumanos emigrados    
     
RUMANÍA, RECORRIDO Y RECUERDOS; REGRESO A LA ECONOMÍA DE MERCADO  
       
 
     
     
     

"EN EL CLAUSTRO UNA MONJA LIMPIA EL SUELO. LE PREGUNTO SI LAS COSAS HAN MEJORADO. "INDUDABLEMENTE", ME RESPONDE, "HASTA TENGO UNA ASPIRADORA" (...) VIAJA EL AUTOR A LA RUMANÍA QUE HABITÓ (1965/70) EN TIEMPOS DE CEAUCEASCU, PARA COMPROBAR CÓMO SE IMPONEN LA ECONOMÍA DE MERCADO –TAMBIÉN LA CORRUPCIÓN– Y EL CRECIMIENTO (4,8%) EN UN PAÍS DEL QUE HA SALIDO UN TERCIO DE LA POBLACIÓN.

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: LUIS ACAIDE

Entre 1992 y 2016 la población de Rumanía descendió en tres millones de habitantes. La causa fue la emigración masiva hacia la Unión Europea de la que en España somos testigos. El contingente de rumanos en nuestro territorio se eleva a 870.000; es el más numeroso entre la población inmigrante, superior al de los marroquíes o al de cualquier país de la América de habla española. Esa fuerte emigración está motivada por la diferencia de rentas entre Rumanía y los países de la UE, pero también obedece a la apertura de las fronteras rumanas, cerradas durante muchísimos años a cal y cemento. La reconversión de la economía centralizada hacia otra más competitiva y exigente con la rentabilidad de las empresas motivaría cierres y reconversiones; el desempleo sería una trágica consecuencia. Estas causas se están desvaneciendo, la economía mejora y la mano de obra empieza a escasear.

El informe del FMI de mayo de 2017 afirma: “Rumanía registró un fuerte crecimiento económico en 2016”. En efecto el PIB está creciendo en 2017 a una tasa del 4,2%, impulsado por un avance del consumo privado –fruto de una política fiscal expansiva, además de recientes subidas salariales. El FMI recomienda, sin embargo, cerrar la brecha productiva mediante una reorientación de la política económica a favor de la inversión; fortalecer la convergencia hacia los niveles del resto de la UE. Esta reorientación exige, a su vez, una mayor eficacia de las empresas públicas y una recuperación del proceso de privatización. Asimismo recomienda el FMI una mejora de la gobernanza de las instituciones, lo que permitiría, entre otras cosas, una utilización mayor y más eficiente de los fondos comunitarios. La red de carreteras ha mejorado, pero la construcción de autovías, acreedoras a financiación comunitaria, es todavía muy limitada. ¿Por qué no se ha hecho un uso exhaustivo de las facilidades que ofrece la Unión Europea? La transparencia que exigen estos procedimientos dificulta actuaciones arbitrarias y, en consecuencia, provoca favoritismo, corrupción. Queda un buen camino por recorrer en la lucha contra la corrupción. Indicios en los altos niveles y síntomas tan preocupantes como la lentitud o deficiencia de los servicios sanitarios, en los que los enfermos o sus familiares tienen que pagar algún tipo de contribución a los profesionales de la sanidad pública.

La entrada a Bucarest por el noroeste viniendo del aeropuerto internacional se hace a través de la Plaza antes llamada Scanteia (el resplandor, la chispa), en honor al periódico más representativo del régimen comunista, rebautizada ahora como Plaza de la Libertad de Prensa.

Época dorada

Una señal de que las cosas han cambiado o quieren cambiar. La zona noroeste de Bucarest con sus barrios residenciales, mezcla del modernismo y el constructivismo de los años 20-30 del pasado siglo, coincide con el periodo de entreguerras y el auge de una economía abierta al exterior que facilitó la extensión de las clases medias acomodadas. Bucarest, ‘Le petit Paris’. Una época dorada con sus músicos, pintores, escultores y escritores de alcance europeo. Tristan Tzara, promotor del dadaísmo; Eugène Ionesco y el teatro del absurdo; Brancusi y la escultura moderna. El panorama se oscurece. Tinieblas en el largo periodo comunista. Al final del régimen Herta Müller, escribe en alemán, consigue el premio Nobel de Literatura en 2009. Antes, otro Nobel, el de la Paz, para Elie Wiesel, nacido en Rumanía, superviviente judío de Buchenwald, y que deja una fascinante autobiografía escrita en francés: ‘Tous les fleuves vont à la mer... Et la mer n’est pas remplie’. Todos los ríos van al mar… Y el mar nunca está lleno.

El barrio residencial iba a ser un centro de acogida forzosa para muchos rumanos que compartirían la vivienda con los antiguos propietarios, siempre y cuando estos no hubiesen sido expropiados o encarcelados. La construcción de viviendas estuvo paralizada durante muchísimos años; los pisos compartidos fueron una de las señales de identidad de aquella economía centralizada cerrada a la iniciativa individual. En una de las extremidades de ese barrio burgués se construyeron varias casas-chalets para los “representantes de la clase trabajadora”. Un lujoso gueto intransitable para la circulación de peatones y automóviles. La prohibición se ha levantado y con ella la de visitar la casa de los Ceauceascu. Hay que pagar la entrada, más cara que la de cualquier otro museo, pero lo merece. Muebles franceses tan clásicos como amanerados, ninguna concesión al modernismo. Armarios repletísimos de trajes y zapatos del dictador proletario y de su esposa Helena. En contrapartida y como antídoto, el Muzeul Zambaccian, obra de un rico armenio que reunió una magnífica colección de pinturas de impresionistas franceses y pintores rumanos, Grigorescu, Palladi, Amon.

Hacia el centro urbano de Bucarest por la calle Victoria (una suerte de calle Serrano de Madrid). Ahora poblada de boutiques y escaparates luminosos y atractivos. En los años 60 predominaba el gris, cada 100 metros un miliciano bien equipado vigilaba desde una plataforma a los peatones y los escasos coches que la transitaban. La calle desemboca en lo que ahora se llama Plaza de la Revolución. No la comunista, sino la anticomunista. Una revolución sobre la que los protagonistas de la inteligente película rumana ‘12.08 al este de Bucarest’ se preguntarían una y otra vez si ha habido o no 'revolutia'. A la derecha de la plaza, el Palacio Real; a la izquierda, el edificio del Partido Comunista, con su balcón desde el que un 21 de octubre de 1968 Ceauceascu acusaría al ejército soviético de “mancillar la tierra de un país hermano. Una gran vergüenza para el socialismo”. Palabras que escuché personalmente y que desaparecerían del telediario de la tarde de la televisión rumana. El embajador soviético las había oído en el televisor del club diplomático. Un testigo presencial me habla de su cólera, de su cara enrojecida. En ese mismo balcón el 28 de diciembre de 1989, Ceauceascu escucha de la multitud, que esta vez no había sido convocada para jalearle, un enorme grito de repulsa. ¿Liberación? La traición de sus propios camaradas era indudable. Ceauceascu abandona el balcón. Huye. El desenlace y su fusilamiento son bien conocidos.

La memoria del dictador sigue teniendo defensores. La joven rumana compañera de asiento en mi viaje a Bucarest responde a las preguntas que le formulo sobre la Rumanía de ahora y de antes, lo que le hayan contado sus padres. Ninguna sombra de crítica al pasado. Insisto: “¿Vuestra casa la compartíais con otra familia?” No lo recuerda. Tampoco si su padre era miembro del Partido Comunista, aunque sí cree que era simpatizante del régimen.

Septiembre en Bucarest, mes de bodas, novias vestidas de blanco, muchísimas, e iglesias iluminadas, impolutas. Luce el sol. El taxista que me lleva hacia el enorme palacio de Ceauceascu se persigna al pasar por delante de las iglesias (es una costumbre ortodoxa muy extendida) a la vez que se lamenta de los nuevos tiempos. Casinos de juego, juventud descreída y falta de trabajo. Antes, afirma, había para todos aunque sí reconoce que la emigración estaba prohibida, penada. Otras preguntas y otras respuestas. Esta vez son los jóvenes emprendedores de las agencias de viajes. “Hay más opciones, hay que espabilarse”, esa es la contestación; pero el pasado se elude, tampoco se reivindica, quiere ser olvidado.

Una sombra de pobreza

Más preguntas y respuestas. El compañero del viaje de regreso a Madrid habla un buen español con giros mejicanos. Un rumano que vive en Miami, director comercial de una agencia de viajes, conoce bien América Latina. Vuelvo al interrogatorio sobre el hoy y el ayer de Rumanía. Sorpresa, respuesta: “un país con una economía próspera y un clima social tranquilo. Solo occidente y la CIA rompieron el equilibrio provocando la caída de Ceauceascu; el motivo no fue otro que el proyecto, en colaboración con Libia, de un gran banco de desarrollo que se convertiría en el competidor de la banca pública multilateral occidental (Banco Mundial, BEI, BERD); el banco rumano-libio financiaría la industrialización de los países del Este así como los de la fachada norte del Mediterráneo”. Naturalmente mi interlocutor desconocía la capacidad financiera de Rumanía. Tampoco recordaba si sus padres pertenecían al Partido Comunista y si su familia tuvo algunas facilidades para establecerse en el extranjero.

En Bucarest nos alojamos en un hotel propiedad de un grupo de inversores españoles. Un hotel funcional, correcto, con precios muy competitivos. Sería nuestro centro de operaciones. Viaje hacia el Noroeste, Transilvania. Primera parada, la vieja y encantadora ciudad gótica de Sibiu, con los curiosos ojos de sus tejados que miran al ayer y al presente. Fachadas inmaculadas, inmuebles rehabilitados. Hotel Luxemburgo, una antigua casa de huéspedes con un piano de cola en el dormitorio. En febrero de 1965 me alojé en lo que se llamaba entonces el Gran Hotel de Sibiu. Se empeñaron en darme una suite. El frío era escalofriante porque los vidrios de las ventanas del salón estaban rotos.

 
 
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