Número 129 - Julio de 2017
 
REPORTAJES
 
“Malthus achacaba la miseria a la natalidad descontrolada. Ni con tecnología alcanzaría la oferta alimentaria"    
     
ENTRE MALTHUS Y SIMON: DEL PESIMISMO AL NEO PESIMISMO  
       
 
     
     
     

"MUCHOS INDIGNADOS ACTUALES SE HAN AFERRADO, QUIZÁS SIN SABERLO, AL PESIMISMO DE MALTHUS, QUE CREÍA QUE LA ECONOMÍA SIEMPRE ESTARÍA CONDENADA A CAER DESPUÉS DE SU DESPEGUE"

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: MIGUEL NAVASCUÉS

Muchos, si no todos, de los "indignados" actuales (desde el movimiento 15-M y su secuela, el partido Podemos, y otros similares en el mundo), se han aferrado, sin saberlo probablemente, al pesimismo expresado en las teorías de Malthus, economista del siglo XVIII-XIX.

Malthus fue el primer economista posterior a Adam Smith (es decir, una vez nacida la ciencia económica), que se enfrentó al optimismo de los clásicos Smith-Ricardo (de quien era amigo) sobre ‘El progreso incesante’. Para Malthus la economía siempre estaría condenada a caer, después de su despegue, en el ostracismo, pues la población tiende a aumentar a mucha mayor velocidad que los alimentos. Basándose en un cálculo sobre EEUU, dedujo que mientras la población avanza en progresión geométrica, los alimentos lo hacen a progresión aritmética:

"Cuando no lo impide ningún obstáculo, la población va duplicándose cada 25 años, creciendo de período de período en una progresión geométrica. Los medios de subsistencia, en las circunstancias más favorables, no aumentan sino en una progresión aritmética". Sus tres principios eran los siguientes:

1.- La población está limitada necesariamente por los medios de subsistencia.

2.- La población crece invariablemente siempre que crecen los medios de subsistencia, a menos que lo impidan obstáculos poderosos y manifiestos.

3.- La fuerza superior de crecimiento de la población no puede ser frenada sin producir miseria.

Por lo tanto, después de un periodo de aparente abundancia, los alimentos empiezan a escasear. Como la demanda sigue avanzando al ritmo de la población, los precios suben en flecha y se presentan en el escenario el hambre, la penuria, y una mayor mortandad hasta que la población regresa por un camino de sufrimiento a una medida ajustada a la oferta alimentaria. De ahí se deduce ‘la ley de hierro del salario’: este no puede aumentar más allá de un nivel de subsistencia, y es probable que en capacidad adquisitiva caiga por debajo de ese nivel si el jefe de familia no contiene sus instintos y sigue teniendo más hijos, quienes, ineluctablemente, morirán de hambre. La expresión de esta teoría por Malthus es escalofriante:

"El hombre que nace en un mundo ya ocupado no tiene derecho alguno a reclamar una parte cualquiera de alimentación y está de más en el mundo. En el gran banquete de la naturaleza no hay cubierto para él. La naturaleza le exige que se vaya, y no tardará en ejecutar ella misma tal orden".

Por lo tanto, Malthus hace recaer la culpa de la miseria en la incontinencia, y la única solución era promover el retraso de los matrimonios, el control de natalidad, que frene la tasa de crecimiento de la población. Por la otra parte, la de la oferta alimentaria, no hay nada que hacer: ni el progreso tecnológico podrá hacer aumentar la producción de los bienes esenciales.

Debemos decir que Marx fue un gran crítico de Malthus. Marx, en ‘El Capital’, defiende, frente a Malthus, que el progreso en la ciencia y la tecnología permitirán el crecimiento exponencial de los recursos.

Llama la atención inmediatamente esta contradicción entre Marx y los seudo marxistas actuales, que se han aferrado a los nuevos Jeremías de hoy. Estos juntan la teoría del calentamiento, la escasez de recursos, la injusta distribución, etc, para condenar a este mundo a un trágico final.

El debate malthusiano frente a los demás economistas ha resurgido periódicamente. Recordemos en los años ochenta del pasado siglo el debate entre Julian Simon y Paul Ehrlich. El primero, optimista liberal que pensaba que cuando un recurso empieza a escasear, su precio aumenta, lo que incentiva la inversión en la búsqueda de un bien sustitutivo más barato, como había sucedido a lo largo de la Historia. Paul Ehrlich, por el contrario, era del grupo pesimista malthusiano, que abundaban por aquel entonces en una forma curiosa. Para ellos, como para el famoso Club de Roma, había que parar la producción, que estaba liquidando los recursos naturales, antes de que en pocas décadas el mundo se asfixiara en un mundo tipo Mad Max. La gran consigna del Club de Roma era crecimiento cero.

Paul Simon se indignó viendo a Ehrlich en televisión metiendo el pánico en el cuerpo a sus ciudadanos, y se puso en contacto con él para ofrecerle una apuesta. En Center for AGG Global Geography Education podemos leer sobre ella:

Desafío Simon-Ehrlich

"En 1980, Julian Simon y Paul Ehrlich entablaron un debate público en el que pusieron de manifiesto sus puntos de vista dispares sobre la población y la escasez de recursos. En dicho debate, conocido como la apuesta Simon-Ehrlich, Simon invitó a Ehrlich y a sus colegas a seleccionar y comprar cinco recursos no controlados por el gobierno por un total de 1.000 dólares cuyo valor se mediría con el tiempo. Tras aceptar la apuesta, el equipo de Ehrlich seleccionó cromo, cobre, níquel, estaño y tungsteno como las mercancías y luego eligió 1990 como la fecha de liquidación. Si el precio del paquete de recursos aumentaba, esto implicaría que el recurso habría comenzado a escasear y, por lo tanto, Simon se vería forzado a pagar la diferencia. Si el precio del paquete bajaba, esto significaría mayor abundancia y Simon recibiría la diferencia monetaria.

Entre 1980 y 1990, la población mundial creció en más de 800 millones de personas, el mayor aumento en una década. Esto provocó que muchos creyeran que el valor del paquete aumentaría debido a la presión demográfica y a la correspondiente escasez de recursos. No obstante, en septiembre de 1990, el precio ajustado a la inflación de los cinco metales había descendido, por lo que Ehrlich tuvo que enviarle a Simon un cheque por correo por un valor de 576 dólares para pagar la apuesta. Con el tiempo, la revista Wired Magazine apodó a Simon 'doomslayer', que en inglés significa “asesino del Juicio Final”, por su postura contra aquellos que argumentaban que un Armagedón ecológico estaba a la vuelta de la esquina”.

 
 
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