Número 129 - Julio de 2017
 
REPORTAJES
 
“El profesor enarbola un personalismo arrogante mientras descubre el doble juego de sus colegas con Bruselas”    
     
CINCO MESES EN EL LABERINTO  
       
 
     
     
     

EN SU ÚLTIMO LIBRO, VAROUFAKIS OFRECE UNA MIRADA DE ‘INSIDER’ SOBRE LA CRISIS GRIEGA. EL EX MINISTRO GRIEGO DESCRIBE INFRAMUNDOS COMPLEJOS, EN LOS QUE LAS POSTURAS POLÍTICAS SE ADOPTARON LEJOS DE ATENAS. UNA VISIÓN QUE EVIDENCIA LAS GRAVES CARENCIAS DE LAS INSTITUCIONES HELENAS... Y EUROPEAS

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: LUIS MARTÍ

No son los recuerdos de una vida, sino de su batalla durante 162 días de 2015 con las fuerzas internas del ‘establishment’ europeo (y con algunas del ‘establishment’ político griego). El título original ('Adults in the room') del libro de Yannis Varoufakis refleja acertadamente una frase de la directora-gerente del FMI en algún momento de las negociaciones y seguramente aplicable a muchos debates internacionales (no solo europeos).

Este libro recoge los recorridos del profesor de economía Varoufakis a través de procesos laberínticos de la política europea que le recordarían quizá al legendario Teseo persiguiendo al minotauro por el laberinto de Creta. El autor confiaba tenazmente en que una amplia experiencia como curtido expositor académico bastaría para persuadir a sus colegas de la necesidad de imprimir un nuevo enfoque a la crisis griega. Al fin y al cabo, el giro a la izquierda del electorado griego había sido inequívoco y el nuevo gobierno Syriza se proponía superar la ineficacia de ejecutivos anteriores, rechazando la austeridad como principio y equilibrando una política social activa con la permanencia del país en el euro.

El profesor Varoufakis descubre durante esos meses inframundos complejos, en los que las posturas políticas se han adoptado previamente en centros de poder alejados de las reuniones; los acreedores no tienen el menor empacho en apoderar a funcionarios de segundo o tercer nivel para constituir auténticos centros de control sobre el país deudor; donde todavía pesa, como sombra alargada, la incompetencia de unos equipos anteriores -primeras líneas del capítulo 12- que sin embargo se hicieron familiares entre unos acreedores enfrentados ahora a la incógnita de un equipo que seguramente verá los problemas a través de un prisma muy diferente. Las experiencias que vive el cronista Varoufakis en este medio constituyen una visión desde dentro de los mecanismos de poder que confluyen en decisiones firmes de política para la eurozona.

Por si fueran pocos los frentes abiertos, el profesor enarbola imprudente un personalismo arrogante, mientras sospecha y descubre a lo largo de los meses el doble juego de algunos de sus colegas con los cuadros negociadores europeos y con su mismo jefe de gobierno Tsipras. No hay por qué suponer al lector familiarizado con los enrevesados avatares de la política griega, de modo que conviene que anticipe sorpresas tratando de acompañar al profesor por algunos oscuros pasadizos.

Campo minado

A finales de 2014, el parlamento griego debía proceder a la elección de nuevo presidente de la República. El procedimiento prevé hasta tres vueltas de votación, y exige mayoría de 200 votos -sobre los 300 escaños- en los dos primeros intentos, y 180 en el tercero. Caso de que ningún candidato alcance la mayoría, el parlamento queda disuelto, deben convocarse elecciones legislativas, y será el nuevo parlamento el que reabra la cuestión.

En diciembre de 2014, un parlamento dividido, con mayoría insuficiente del partido de gobierno, Nea Demokratia, ND, fue incapaz de llegar a un acuerdo sobre el nuevo presidente. Las legislativas se celebraron el 25 de enero de 2015, y en un ambiente sumamente tenso ND perdió más de la mitad de sus escaños. La coalición de izquierdas Syriza se proclamó ganadora al conseguir 149. Alexis Tsipras, al frente, se hizo cargo de negociar el apoyo de alguna otra formación -¡en este caso, de derechas!- y logró formar gobierno. Tsipras contó con la incorporación de Yannis Varoufakis, hombre de izquierdas dispuesto a abandonar su trabajo universitario en Austin para convertirse en ministro de Hacienda y en responsable de las negociaciones griegas dentro del eurogrupo.

Pero algo antes, el 9 de diciembre, el entonces ministro ND había solicitado al eurogrupo una ampliación a dos meses del segundo acuerdo de rescate. Una sorpresa para su sucesor. ¿Por qué una miserable prórroga de dos meses, cuando era sabido que el eurogrupo ofrecía una extensión de seis? La prórroga de dos meses se reducía, en realidad, a uno solo, febrero. No era posible negociación alguna durante el proceso electoral en enero. Trampa perfecta: cualquier nuevo ministro, sin experiencia europea, difícilmente sería capaz de negociar el nuevo acuerdo -prometido por Syriza a los electores- en un solo mes, frente a colegas curtidos, acusando ya cierta “fatiga” en el manejo de la crisis, apremiados por opiniones nacionales poco entusiasmadas con proyectos de rescate aparentemente sin fin.

Casi simultáneamente se había colocado un explosivo de gran potencia ante la previsión de un triunfo de la izquierda griega. El gobernador del Banco Central, Stournaras, había pronunciado el 15 de diciembre una conferencia anunciando públicamente un empeoramiento de la liquidez que ponía en peligro el “reciente” crecimiento económico. Como subraya Varoufakis, los banqueros centrales no son precisamente los llamados a provocar inestabilidad financiera. Pocos días después, el jefe de gobierno, Samaras, llevó al parlamento la extensión del acuerdo con el eurogrupo hasta fin de febrero, especificando -para conocimiento de sus rivales políticos- que, en caso de desacuerdo, la banca griega tendría que cerrar: esta amenaza encubría la absoluta dependencia respecto del criterio del BCE para aplicar o no su programa de liquidez para emergencias (ELA). Un serio problema, pero ND sabía que no iba a ser el suyo. Todos los sondeos pre-electorales coincidían en una victoria de la coalición Syriza. Crear un ambiente de pesimismo financiero era un intento, bien poco democrático, de preparar un campo de minas a sus sucesores.

Las formas son importantes en democracia. Los dos episodios mencionados cruzan cualquier línea roja para determinar comportamientos inaceptables en regímenes que se consideren democráticos. De orden menor, pero igualmente llamativos, fueron los detalles del traspaso de poderes. Nadie esperaba a Tsipras en el palacio de gobierno para la entrega simbólica de poderes, y la documentación original del acuerdo vigente de 2012, prorrogado, se encontraba entre los papeles personales que había retirado el antecesor de Varoufakis.

Viraje de Syriza

Syriza 2012 proponía un objetivo político que su masa de votantes no encontró en el programa de Salónica 2014: la salida del área euro. El nuevo programa contenía en cambio promesas de activismo social como contrapartida de la durísima austeridad aplicada por el eurogrupo, creación de puestos de trabajo, elevación del salario mínimo y de las pensiones, relanzamiento de la economía, sostenibilidad de la deuda, superávits primarios razonables. Tsipras firmó artículos en medios europeos justificando en el claro mandato popular la necesidad del viraje político. Quedó patente la voluntad del gobierno de permanecer en la eurozona. Previsoramente -ante la eventualidad de un Grexit forzado, y de un cierre bancario-, Varoufakis había diseñado un ingenioso “Plan X” de emergencia, basado en “monetizar” por vía informática las relaciones del fisco con empresas y particulares (afortunadamente, ni hubo Grexit ni hubo que comprobar las dificultades prácticas para introducir el programa en una base de datos controlada no por el ministerio, sino por la troika).

Tsipras rechazaba el acuerdo alcanzado por el eurogrupo con ND, y proponía la negociación de otro programa que superase la austeridad como norma y en que los recursos ofrecidos a Grecia pudieran aplicarse para atender las aspiraciones populares que habían llevado a Syriza al poder. Es el planteamiento que hizo Varoufakis desde su ingrata reunión en Atenas con el presidente del eurogrupo, y luego con el eurogrupo en pleno: fue la llamada de atención desde un gobierno con iguales credenciales democráticas que cualquier otro del eurogrupo. Hubo medios europeos -es de justicia destacar a FT, y a personalidades como el entonces ministro Macron- que apoyaron que el eurogrupo aceptase una acomodación con el nuevo régimen, pero el ambiente fue muy poco receptivo. En Alemania y otros países, renació con crudeza la amenaza Grexit para poner fin a una crisis (aparentemente) interminable. La canciller alemana tuvo el valor político de enfrentarse a su ministro de Hacienda, a miembros de su partido y a una beligerante opinión pública anti-griega, para proclamar su convicción de que Grecia debía continuar como miembro pleno de la eurozona. Por desgracia, no exigió a su equipo que aceptase alternativas que devolvieran al país tasas positivas de crecimiento.

Las pretensiones del nuevo gobierno griego tropezaron -como cuestión de principio, o quizá sospechosamente elevada a cuestión de principio- contra su propio argumento: claro que las credenciales democráticas de Syriza son impecables, pero los programas no pueden someterse a revisión sustancial cada vez que unas elecciones libres cambien el color del gobierno. El argumento “de principio” se apoyaba además en “datos” circulados por el gobierno de ND acerca del curso de la economía griega: presuntos síntomas de recuperación a lo largo de 2014 habían sido aceptados como dato firme por el eurogrupo sin más averiguaciones. Demostraban que la aplicación del acuerdo con ND estaba resultando eficaz: la pretensión de Syriza significaba corregir algo que funciona y caía por su base.

Esa difusión de datos económicos optimistas entraba, sin embargo, en la categoría de ‘fake news’. El autor recuerda que la respuesta de sus funcionarios sobre el margen de maniobra del Tesoro griego, “entre 11 días y cinco semanas”, casaba difícilmente con el optimismo que el equipo anterior había trasladado al eurogrupo. Varoufakis explica que, en situaciones de depresión, caídas del PIB y del nivel de precios pueden lanzar señales totalmente falsas de recuperación.

 
 
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