Número 135 - Febrero de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
CAYÓ MUGABE: ¿CAMBIO EN ZIMBABUE?      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
DONATO NDONGO–BIDYOGO, ESCRITOR
 

CON LA DESTITUCIÓN DEL DICTADOR, Y PESE A LAS DUDAS SOBRE SU SUCESIÓN, SE CIERRA UN CAPÍTULO DE LA POLÍTICA AFRICANA CONTEMPORÁNEA EMPAÑADO POR LA CORRUPCIÓN Y LA XENOFOBIA.

 
   

En septiembre pasado, aprovechando la Asamblea General de Naciones Unidas, Donald Trump reunió en la Casa Blanca a los dirigentes africanos. No a todos: fueron excluidos los dictadores más notorios, porque “el presidente de Estados Unidos no puede cenar con gente que huele mal”. Entre los dignatarios “malolientes” estaban el ecuatoguineano Teodoro Obiang y el zimbabuense Robert Mugabe. Semanas después, circuló en internet un ocurrente montaje fotográfico que presentaba a Mugabe huyendo despavorido del soldado que le perseguía porra en mano. ¿Casualidad, premonición?

La realidad es que, el 14 de noviembre, el general Constantin Chiwenga encabezaba la “Operación restaurar el legado” para exigir la renuncia del anciano autócrata, 93 años, en el poder desde la independencia de Zimbabue, obtenida de Gran Bretaña en 1980 tras una larga y sangrienta guerra de liberación. La testaruda negativa del “Camarada Bob” -así le llaman sus partidarios- desencadenó masivas manifestaciones en Harare, la capital; al grito de “¡vete ya!”, marchaban juntos, por primera vez, militantes del Movimiento para el Cambio Democrático (MDC, en inglés), la oposición histórica, y seguidores de la oficialista Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (ZANU-PF). Ante la grave crisis, el Ejército tomó el control del país y ordenó el arresto domiciliario del matrimonio Mugabe. Los militares negaron a las multitudes exultantes que fuese un golpe de Estado; su objetivo, adujeron, era jubilar al presidente -tratado con exquisita deferencia- y sustituirle por Emmerson Mnangagwa, vicepresidente depuesto días antes, huido a Sudáfrica. Fueron inútiles las patéticas argucias de resistencia: sin apoyo exterior -solo Obiang amagó inciertos socorros-, abandonado por sus leales y privilegiados “veteranos” guerrilleros anticoloniales, y acorralado por su propio partido, el antiguo héroe, ya sin gloria, cedió cuando el Parlamento diseñado a su medida inició el trámite de destitución. El 22 de noviembre se cerró una era de la política africana contemporánea. Corresponde al sucesor terminar su mandato y convocar elecciones, previstas en septiembre. Mugabe permanecerá inmune en su país.

Nunca contempló tal posibilidad. Fue tajante en 2008: “Dios me designó, y sólo Él me apartará del poder; ni la oposición, ni los británicos". Sus evidentes achaques tampoco eran obstáculo: "Algunos dicen: 'Mugabe está viejo y debería apartarse'... Pues ¡no! Cuando mi momento llegue, yo se lo diré", fanfarroneó en 2014. Megalomanía, incompetencia y corrupción explican su triste ocaso. El cese de Mnangagwa -un veterano-, relevado por Phelekezela Mphoko -próximo a la primera dama- agudizó la rivalidad en el ZANU-PF por la sucesión, confirmando las sospechas sobre las ambiciones de la omnipotente Grace. Pocos deseaban instituir la dinastía. Amargo final para un líder que, al iniciar su mandato, gozaba del cariño del pueblo y de respeto internacional. Descolonizada Rodesia del Norte (Zambia) en 1964, Inglaterra vetó la independencia de Rodesia del Sur (Zimbabue) hasta tener garantías de que el Gobierno surgiría del sufragio universal; la minoría blanca radicalizada, abanderada por Ian Smith, pretendía emular al régimen segregacionista sudafricano. Su declaración unilateral de independencia provocó la sublevación de la mayoría negra, inicio de una guerra de liberación finalizada en 1979. La alianza nacionalista -Mugabe y Joshua Nkomo- ganó las elecciones de 1980. Ya presidente, Mugabe consagró su deriva totalitaria al apartar a Nkomo del Gobierno en 1982; meses después, incitó purgas en el feudo de su rival, causando 22.000 muertos. Aunque el ZANU-FP abandonó el marxismo en 1991, Mugabe mantuvo el discurso “antiimperialista” para consumo interior y exterior. Se fue gestando la oposición, reforzada por la gravísima situación económica y social.

Las razones del histórico derrocamiento se resumen en los parcos resultados de sus 37 años de mandato. Corrupción endémica, escandalosa hasta en África, ejercida y amparada desde la cúpula del poder, con su esposa como máxima encarnación. La demagógica “reforma agraria” de 2000 inició la particular crisis económica zimbabuense: Mugabe decidió entregar a los agricultores nativos unas 4.300 granjas, inmensos latifundios explotados por colonos blancos, algunos desde finales del S. XIX. Medida que pudiera estar justificada jurídica y políticamente, pues el 1% de la población acaparaba el 70% de la superficie cultivable; organizaciones internacionales, activistas de derechos humanos y opositores internos clamaron por la falta de transparencia y el sistema de adjudicación, a menudo violento; para numerosos observadores, fue una mera estrategia populista para recuperar su menguante popularidad, en beneficio de una minoría afín. De exportador de alimentos, Zimbabue pasó a carecer de productos básicos. El PIB se contrajo un 50% entre 2000 y 2008, inconcebible en tiempos de paz. La respuesta del Gobierno fue imprimir billetes; según datos del Banco Central de Zimbabue (BCZ), en 2008 y 2009 los precios se duplicaban a diario; la hiperinflación ascendió a cotas estratosféricas: entre 8.000% y 231 millones%. Un salario mensual de 300 millones de dólares zimbabuenses (z$) apenas llegaba para comprar unas barras de pan... cuando había harina; se imprimían billetes de cien billones de dólares. En 2009 tuvieron que recurrir a divisas extranjeras, realizando las transacciones en yuanes chinos, rands sudafricanos, rupias indias, euros, libras esterlinas y dólares estadounidenses. Zimbabue se dolarizó de hecho. Al escasear el efectivo, el BCZ procedió a la desmonetarización; en junio pasado abrió el período de canje: 175.000 billones de z$ por cinco dólares norteamericanos. Para aliviar la mengua de circulante y evitar su acaparamiento, el BCZ distribuye pagarés (bonds) desde noviembre, respaldados por el Banco Africano de Importación y Exportación; dinero ficticio, no convertible. La merma del dinero en el sistema financiero indujo a las entidades a promover el uso de tarjetas. Los billetes prácticamente han desaparecido. Esa falta de liquidez impide a las empresas pagar en efectivo a empleados y proveedores extranjeros, aumentando exponencialmente el desempleo: cuatro millones de zimbabuenses -un tercio de la población- emigró a Sudáfrica.

Panorama que sitúa a Zimbabue en una “espiral de muerte”, según el profesor Steve Hanke (Universidad John Hopkins, Baltimore). La renta por habitante bajó al 10% de la de 2000; los sindicatos denuncian un 90% de paro; el sida redujo la esperanza de vida de 60 a 35 años: 1,3 millones de seropositivos (13,5% de la población adulta; ONUSIDA 2016); el 74% de la población es pobre, un quinto es extremadamente pobre (BM, 2011); el 27% de los niños están desnutridos; sin transporte público; penuria energética; apenas hay nada que comprar. Pese a ello, es altísimo su potencial: paisajes de ensueño; tierra fértil; minerales (oro, diamantes, cobre, hierro, níquel…). Chinos, británicos y norteamericanos esperan posicionarse ventajosamente, ahora que el “padre de la patria” desalojó El Techo Azul (palacio de 25 habitaciones, algunas recamadas en oro). En 2016, China oxigenó el moribundo régimen, invirtiendo 1.600 millones de dólares en el esclerótico sector minero. Occidente prefirió esperar la victoria de la oposición, quimérica por los sistemáticos pucherazos y la represión, claves de la longeva tiranía. Cuando Morgan Svangirai, líder del MDC, ganó los comicios de 2008, Mugabe se negó a traspasar el poder. Occidente forzó una cohabitación perversa: nombrado primer ministro, durante cinco años tormentosos resultó imposible a este honesto sindicalista, graduado en EEUU, articular reform; tan feroz fue el hostigamiento que perdió a su esposa en un atentado dirigido contra él.

 
 
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