Número 130 - Septiembre de 2017
 
REPORTAJES
 
   
     
LOS VAIVENES DEL DÓLAR      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN PEDRO MARÍN ARRESE, ECONOMISTA
 

EMBARRANCADO EN TODOS LOS FRENTES, TRUMP PARECE VOLVER UNA Y OTRA VEZ A LA CASILLA DE SALIDA. EN POLÍTICA ECONÓMICA, CUNDE EL DESCONCIERTO Y LA ACTIVIDAD SE RESIENTE

 
   

En poco más de medio año hemos asistido a una apreciación con fuerza del dólar seguida de una caída de cierta consideración en los últimos meses. Las expectativas de acelerada expansión generadas por la llegada de Trump a la Casa Blanca pronto se truncaron ante su patente incapacidad para cumplir las promesas que formuló en la campaña. Para colmo, provocan desasosiego sus reacciones imprevisibles y desmedidas y la inclinación a transformar el ejercicio de la presidencia en un auténtico reality show. Ocurrencias como amenazar con un default federal a cuenta del muro con México en nada contribuyen a infundir confianza, piedra angular de la estabilidad. Aunque cueste tomarse en serio tamañas bravatas, provocan una lógica inquietud. Cuando la propia solvencia del país se pone en entredicho, se explica que el dólar transite de tumbo en tumbo. Con todo, lo peor reside en el sentimiento cada vez más generalizado de la incapacidad para llevar a buen puerto la agenda económica. Tanto el presupuesto como la amplia rebaja tributaria que figuraba como mascarón de proa de la nueva administración se encuentran empantanados.

Por una vez, la culpa no recae en solitario sobre Donald Trump. El Congreso contribuye a este estado de cosas por la inoperancia del partido republicano para traducir en hechos concretos su mayoría en ambas Cámaras. Enmendó la plana a la Casa Blanca y se encuentra embarrancado en casi todos frentes. Tomó las riendas del presupuesto tras el fiasco de la propuesta de Steve Mnuchin, rodeada de un descrédito como no se recuerda en los anales. No es para menos. Cuadrar las cifras con previsiones de crecimiento de 3,5% sonó a auténtico sarcasmo, cuando la demografía y la productividad de EE UU solo apuntan a un crecimiento potencial de poco más del 2%. Por no hablar del ambicioso plan de infraestructuras que, anunciado a bombo y platillo como factor de dinamización de la economía, ahora duerme el sueño de los justos.

Se ha topado ahora el Congreso con la terca realidad al pretender conciliar una amplia rebaja impositiva con el mantenimiento de los niveles de ingreso. Creyó encontrar la piedra filosofal implantando una notable elevación de los aranceles para proteger a la industria doméstica y, de paso, evitar un agudo desequilibrio en las finanzas públicas. La inquietud aireada por los supuestos beneficiarios de esta ocurrencia pronto forzó a descartarla. La vuelta a la casilla de partida no deja más alternativa que una reforma alicorta. Un severo recorte tributario adquiría carácter temporal al aplicarse la cláusula sunset destinada a prevenir reducciones sustanciales en los ingresos. Disciplina introducida por el propio Congreso y que goza de amplio consenso como factor para asegurar la solvencia. Así las cosas, solo cabe esperar una simplificación del código de impuestos, especialmente en la fiscalidad corporativa, y rebajas bastante más modestas que las inicialmente previstas.

Ante la ausencia de una política económica digna de tal nombre, no es de extrañar que cunda el desconcierto y la actividad se resienta. Las primitivas apuestas por un crecimiento acelerado y consiguiente endurecimiento monetario se han relegado al olvido. Preocupan más ahora los síntomas de desaceleración visibles desde el segundo trimestre. Se mantiene el crecimiento pero sin lograr alcanzar una velocidad de crucero del todo convincente. A su vez, el repunte en las expectativas inflacionistas experimentado en el último tramo del pasado año se ha atenuado sensiblemente. La Reserva Federal ha abandonado sus primitivas intenciones, apresurándose a frenar las subidas de tipos, pese a una situación cercana al pleno empleo. Para justificar su innegable modificación de postura se aferra a toda suerte de explicaciones. Desde cambios de la estructura productiva y del mercado de trabajo que mitigarían el impacto de la expansión sobre los costes y precios, hasta abiertas dudas sobre la sostenibilidad de la recuperación. Si añadimos sus reiteradas advertencias sobre el corto recorrido al alza de los tipos neutrales y la carencia de un marco presupuestario sobre el que reaccionar, todos los ingredientes están servidos para justificar una actitud de wait and see como la adoptada desde hace meses.

El dólar, como resultaba previsible, figura como víctima colateral por excelencia de la actual incertidumbre y parálisis. ¿Existen motivos para preocuparse de los vaivenes que experimenta? Sin duda, aunque en menor medida de lo que algunos vaticinan. Cabe subrayar, de entrada, que su depreciación resulta más atenuada de lo que cabría temer, dadas las circunstancias. Pese a los diarios motivos para el desconcierto que provocan las salidas de tono de Trump, los mercados se han acostumbrado a descontar sus limitados efectos prácticos. Preocupa más el limbo en que transita la política económica por su impacto al desincentivar la inversión o las decisiones empresariales estratégicas. Pese a todo, se confía todavía en la capacidad del Congreso para llevar la nave a buen puerto. El propio Trump, consciente del coste político que implicaría otro fiasco como su fallido intento de enterrar el Obamacare, apela a los Demócratas en un intento desesperado por salvar los muebles. Lejos de dibujar un overshooting a la baja, el dólar se ha depreciado menos de lo que cabía esperar. Sometido a tan constantes sobresaltos, experimenta sucesivos vaivenes que nada favorecen la estabilidad global. Pero su tendencia bajista se debe más a las inciertas perspectivas de crecimiento que al clima de incertidumbre generado por la actitud de Trump y la ineficacia del Congreso. Una coyuntura que contrasta con el asentamiento de la recuperación a este lado del Atlántico, y el buen tono que mantienen las economías emergentes. Los mercados de cambio juegan así el papel equilibrador que les corresponde. El dólar cae, ante todo, por las menores expectativas de expansión de su economía, sumida en una fase de indefinición cuando solo hace medio año todo apuntaba a un robusto repunte de la actividad. Ese y no otro constituye el factor explicativo primordial del progresivo debilitamiento del billete verde.

 
 
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