Número 127 - Mayo de 2017
 
REPORTAJES
 
   
     
LOS MUCHOS PROBLEMAS DE LA BANCA EUROPEA      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN PEDRO MARÍN ARRESE, ECONOMISTA
 

EL BCE HARÍA BIEN EN IMITAR EL EJEMPLO AMERICANO, ADOPTANDO UNA POSTURA MÁS ACTIVA Y ENÉRGICA EN LUGAR DE CONFIAR EN LAS BONDADES DE LA PERSUASIÓN

 
   

La banca europea muestra innegables síntomas de mejora al calor de una recuperación económica que poco a poco cobra creciente cuerpo. Atrás queda una penosa fase de saneamiento tras la profunda crisis padecida. La depuración de balances se ha traducido en notables esfuerzos y avances, al tiempo que se han incrementado sensiblemente los fondos propios creando así un colchón más confortable para prevenir futuros accidentes de recorrido. La salud de las entidades resulta ahora bastante más robusta, por más que una parte nada despreciable de este ejercicio de reparación de daños se haya financiado con cargo a los contribuyentes. Paralelamente, los instrumentos de supervisión se han perfeccionado extrayendo las lecciones de la crisis y las entidades han afinado sus modelos de gestión y manejo de los factores de riesgo. Pese a este panorama globalmente positivo, persisten todavía bastantes talones de Aquiles.

Entre las debilidades destaca, sin duda, el elevado peso que los activos de dudoso comportamiento representan en los balances. Una carencia que ha merecido sucesivas advertencias, sumándose recientemente a las mismas el Fondo Monetario Internacional, al emitir su informe anual sobre Finanzas Globales. Antes hizo lo propio la Autoridad Bancaria Europea. Se calcula que estos ‘Non-Performing Assets’, o NPA, ascienden a la nada tranquilizadora cifra de 1 billón de euros, que gravitan sobre la estabilidad del sistema. Si preocupa la situación en Italia, Grecia o Portugal con ratios de NPL superiores a 12%, Irlanda con un 14,6% sigue mostrando serias insuficiencias pese al muy considerable esfuerzo de saneamiento emprendido, equivalente al 11% tomando como referencia el momento álgido de su aguda crisis. España se sitúa todavía en zona incómoda con un 6% pese a una reducción cercana al 4%. Los acusados diferenciales de las emisiones bancarias en estos países respecto a la deuda soberana contrastan con el tradicional alineamiento de ambas variables. Muestra evidente de la desconfianza generada, fenómeno que se extiende a jurisdicciones que en teoría gozan de una situación sensiblemente más solvente. Poco contribuyen a despejar incertidumbres los menguados porcentajes de cobertura: solo contadas entidades superan la barrera del 50%. En un contexto así, cabe anticipar que el problema intrínseco de unos balances insuficientemente depurados tardará bastantes años en digerirse, poniendo plomo en las alas de las entidades peor dotadas.

Si existe amplio consenso en alertar sobre la deficiente calidad de los balances en buen número de entidades, las respuestas que se avanzan para atajar esta carencia se antojan romas. Se aboga, de forma genérica, por imprimir mayor celeridad e intensidad al ejercicio de provisionar los riesgos detectados así como por deshacerse de los activos dañados cediéndolos a terceros. Soluciones que resultan bastante más fáciles de enunciar que de practicar ante la exigencia de recabar recursos adicionales de capital para compensar las pérdidas afloradas en el empeño. Propósito que tropieza con la seria cortapisa de la escasa rentabilidad que ofrece actualmente en el sector bancario un elevado porcentaje de sus miembros. El Informe del FMI ilustra hasta qué punto se extiende este fenómeno al alcanzar tan solo un 15% de las entidades de la muestra un RoE superior al 10%, umbral mínimo para asegurar un rendimiento satisfactorio. Esta carencia, estrechamente ligada al déficit de solvencia, resta a su vez capacidad para superar este último, generándose un círculo vicioso del que resulta difícil escapar.

Una vez más, las soluciones propugnadas no atajan la raíz del problema. Se achaca con razón un tanto de culpa elevado a la excesiva atomización del sector, en buena parte alentada por las barreras, con frecuencia imperceptibles, que impiden la plena integración del mercado financiero en Europea. Si el número de entidades resulta excesivo, la saturación se agrava por la tupida extensión de sus redes implantadas con el afán de asegurar una extensa presencia en el mercado sin importar la rentabilidad intrínseca. Obviamente, los costes se disparan en un modelo de negocio solo sostenible en tiempos de bonanza. Si los esfuerzos de reducción de sucursales han alcanzado especial intensidad en Holanda y Dinamarca (50%) o España (30%), su traslación a recortes de plantilla e incremento de la productividad ha arrojado resultados desiguales. Así, frente al notable incremento en el montante de depósitos por oficina registrado en los dos primeros países, nuestras entidades no han conseguido alcanzar una optimización similar de recursos. La comparación con la banca estadounidense muestra con meridiana nitidez la inferior eficiencia de la europea.

Si la capacidad para generar líneas de negocio rentables desempeña un papel importante, el tamaño de las entidades resulta clave para alcanzar este objetivo. No resulta casual que el FMI recomiende emprender amplios procesos de concentración destinados a superar esta deficiencia. Pero materializar este propósito tropieza con la natural reticencia de los adquirentes a asumir deterioros que, con frecuencia, se manifiestan con efecto retardado, al tiempo que los accionistas de los candidatos a la absorción se resisten a reconocer una valoración razonable de su inversión hasta verse acuciados por severos desequilibrios patrimoniales. Solo la concesión de garantías públicas para cubrir los potenciales pasivos ocultos permite superar estos escollos, como la experiencia demuestra en nuestro país.

Con todo, el factor que mayor influencia ejerce en la mediocre rentabilidad que registra la banca europea, al menos en el mercado doméstico, reside en la contracción de los márgenes de intermediación. Un factor directamente asociado al clima de bajos tipos de interés que prevalece como reflejo de la política monetaria practicada por el BCE. El reciente repunte de la inflación se está traduciendo en una reducción todavía más acentuada de las tasas reales. Por eso, mientras el BCE no inicie un proceso de normalización de su política, empezando por eliminar la remuneración negativa a los depósitos overnight que actúan de suelo para el interbancario, no cabe esperar que mejoren los márgenes y se asista a una sólida recuperación de los rendimientos. Un movimiento que se antoja indispensable para asentar la solvencia. Por mucha voluntad y energía que se dedique a mitigar los factores de riesgo, nada resulta más efectivo para prevenir los efectos de potenciales shocks que una sólida base de capital, solo posible a través de una adecuada rentabilidad. Demorar en exceso una progresiva vuelta a la normalidad monetaria solo puede afectar negativamente al sistema financiero.

 
 
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