Número 126 - Abril de 2017
 
REPORTAJES
 
   
     
EL BREXIT EMPIEZA CON MAL PIE      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN PEDRO MARÍN ARRESE,
 

REINO UNIDO PUDO ELEGIR PERMANECER EN EL MERCADO INTERIOR, COMO NORUEGA, O UN ACCESO A LA CARTA, COMO SUIZA. PERO PREFIRIÓ UN PORTAZO

 
   

La carta de Theresa May invocando el artículo 50 del Tratado para el pistoletazo de salida no ha podido resultar más desafortunada. El deseo expresado de permanecer como socio privilegiado de la Unión se mezclaba con amenazas de romper vínculos en materia de seguridad, de no alcanzar el objetivo de un despegue preservando todos los privilegios de que goza actualmente el Reino Unido como miembro. Una pretensión bien poco realista, pues optar por un Brexit duro no puede carecer de consecuencias. Pudo elegir un modelo de permanencia en el mercado interior como Noruega, o un acceso a la carta como Suiza. Pero un referéndum anclado en el rechazo a la libre circulación de trabajadores, a la preeminencia del derecho comunitario y a la negativa a contribuir al presupuesto de la Unión, le condenaban en la práctica a una alternativa de imposible encaje. Dar un portazo al hogar común, aspirando a la vez a seguir viviendo en familia se antoja todo un capricho.

Se entiende bien el interés de la primera ministra de compatibilizar un lenguaje duro de ruptura para consumo interno con el interés esencial de preservar los lazos comerciales y económicos con Europa. No en balde, el grueso de las exportaciones británicas de bienes y servicios tiene por destino el Continente. Juega también la automaticidad del desenganche transcurridos los dos años tras el anuncio de la salida, confrontando al Reino Unido al riesgo de un efecto barranco. De no encontrar un acomodo antes de ese plazo, en parte consumido por la cita electoral alemana, se vería tratado como un miembro raso de la OMC sujeto al conjunto de aranceles y barreras aplicables a un país carente de cualquier trato preferencial. En suma, a un nivel similar al de China. No es de extrañar que la Sra. May haya insistido en alcanzar un ambicioso acuerdo de libre cambio en paralelo a las negociaciones para desvincularse de Europa.

Sin duda, es la opción que minimiza los daños infligidos mutuamente, pues también la Unión perdería bastante en un escenario de ausencia total de acuerdo. No en balde mantiene un superávit comercial en bienes, por importe de 100.000 millones de euros, que triplica el obtenido por el Reino Unido en la balanza de servicios. Están en juego intercambios y relaciones económicas por valor de un billón de euros anuales. Cifras que condenarían a ambas partes a lograr una solución lo más parecida a la actual libertad de intercambios. El problema reside en la imposibilidad para la Unión de premiar así a quien abandona el barco, abriendo la puerta a futuras deserciones. Ambas partes se ven obligadas así, siquiera implícitamente, a alcanzar un resultado ‘lose-lose’, tratando de minorar el alcance de las pérdidas. Algo que requerirá escenificar desencuentros y amagos de ruptura. No hará falta, por lo demás, inventarse motivos de disputa. La mera discusión sobre las contribuciones británicas al presupuesto comunitario, aunque solo se extiendan hasta finales de 2020 –término de las actuales perspectivas financieras–, promete encender más de una apasionada confrontación.

Por si acaso, la Unión se ha apresurado a dejar claro a la otra parte que solo negociará el marco de nuevas relaciones tras asegurar las condiciones de salida. Justo lo contrario de lo que pretende el Gobierno británico. Al final todo se reducirá a un juego de palabras ante la inevitable condena a entenderse en beneficio mutuo. Pero mientras se alcanza el ansiado acuerdo, cabe esperar una serie de escaramuzas que solivianten a los mercados, hundiendo previsiblemente a la libra esterlina a niveles de nuevos mínimos. Un panorama nada alentador para países como el nuestro, cuyo amplio excedente comercial solo supera Alemania. Por no hablar de Irlanda, cuya estrecha dependencia del mercado británico le augura un negro porvenir.

Si las condiciones de salida plantean menos problemas al requerir de mayoría reforzada, los términos del futuro acuerdo se antojan más complejos. Aunque solo sea porque epígrafes como los servicios, de tanta importancia para el Reino Unido, exigen una unanimidad que se presta a tomar por rehén el resultado global de la negociación. Difícilmente podría Polonia avenirse a un acuerdo que deje desprotegidos a sus conciudadanos, que en número de un millón residen en Gran Bretaña. Eso sin contar con la abierta intención de instituciones como el Banco Central Europeo de anclar en el Continente instrumentos de ‘clearing’ ligados a activos denominados en euros que acepta como colaterales en sus operaciones. Una iniciativa bloqueada en su día por el mismo Tribunal de Justicia del que Theresa May quiere desembarazarse como símbolo de recobrado ‘self-rule’. A poco que subsistan desacuerdos, no cabe descartar que la primera víctima colateral sea el pasaporte financiero de que gozan los integrantes de la City.

En suma, lo máximo a que puede aspirar el Reino Unido consiste en mantener el statu quo en materia de comercio de bienes. Una situación rápidamente degradada por las barreras no arancelarias que día a día levanta la Unión a instancias de sus socios comerciales más agresivos. Alemania dicta al año cerca de veinte mil reglamentaciones técnicas para dificultar el acceso al mercado interior de los terceros países. El Reino Unido se verá pues forzado a aceptar este acervo en continua evolución, sin capacidad para influir en el mismo, so pena de verse paulatinamente aislada. Que muchas de estas especificaciones provengan de organismos independientes en los que puede participar en pie de igualdad, constituye un mínimo consuelo. Al final del día, lo que cuenta es su traducción a normas y estándares comunes. De ahí que inevitablemente su acceso al mercado interior se vea seriamente dificultado con el tiempo. Como también pesará el coste adicional del levantamiento de aduanas, siquiera sea para controlar el origen de los productos. Carga que minorará el potencial de expansión de unos intercambios clave para el futuro económico del Reino Unido.

 
 
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