Número 138 - Mayo de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
LAS PENSIONES Y SUS PROBLEMAS  
       
 
    Foto: Archivo RC  
     
     
RAIMUNDO POVEDA
 

LOS IMPRODUCTIVOS PUEDEN SUPONER HASTA 2/3 DE LA POBLACIÓN. PERO NECESITAN CONSUMIR Y ESO IMPLICA UNAS TRANSFERENCIAS MASIVAS CUYA ORGANIZACIÓN (FAMILIA, BENEFICENCIA, MUTUALISMO, AHORRO Y ESTADO DEL BIENESTAR) ES CRUCIAL EN CUALQUIER ECONOMÍA. EN LA ESPAÑOLA –CON LA TASA DE NATALIDAD MÁS BAJA Y UNA ESPERANZA DE VIDA MUY ALTA– SE DEBATE HOY SOBRE EL FUTURO DE LAS PENSIONES. PERO SOSTENER UN SISTEMA “BISMARKIANO” SIN ELEVAR UNA CARGA FISCAL (33,5%) PROPIA DE LOS PAÍSES “BEVERIDGIANOS” (UK 33,2% VS. FRANCIA 45%) RESULTA IMPOSIBLE.

   
     
       

En una economía cerrada lo que se consume o se invierte en un año es lo que se produce en ese año. Producen los trabajadores y los propietarios, directos o indirectos, de los bienes de inversión. Consumen todos los miembros de la población. Algunos consumidores son trabajadores o propietarios, y pagan su consumo con sus ingresos; la diferencia se ahorra. Otras muchas carecen de ingresos propios (con una salvedad que veremos enseguida): amas de casa (cuyo trabajo doméstico no luce en la contabilidad al uso), niños y jóvenes, jubilados, incapacitados, parados. Los improductivos pueden suponer hasta dos tercios de la población. Pero necesitan consumir, y de alguna forma lo consiguen. Lo que implica unas trasferencias masivas de la capacidad de compra generada por las personas productivas a las improductivas.

Una cuestión crucial en cualquier economía es cómo organizar esas trasferencias. Tienen cinco vías: la familia, la beneficencia, el mutualismo, el ahorro, y el estado de bienestar.

Aunque la discusión política, mediática y académica se centra ahora en las trasferencias a jubilados, otras prestaciones, y en particular las de la sanidad pública, las complementan. El gasto médico tiende a acumularse precisamente en la tercera edad. El coste de un seguro médico privado es una carga pesada para una familia de ingresos medios, y prohibitiva para los sub-mileuristas. Así que una buena sanidad pública puede hacer más llevadera una pensión escasa. Y en ese capítulo España no está mal. Nuestra sanidad pública quizás no sea tan buena como se pretende y, como tantas piezas del estado de bienestar, corre peligro de deterioro. A pesar de lo cual no se puede olvidar en una discusión sobre las pensiones.

1. El ahorro

Empecemos por el ahorro, que conecta las diversas etapas de la vida de una persona. Los miembros ya improductivos de la sociedad pueden poseer derechos de compra ahorrados durante su vida productiva (su ahorro), y usarlos para cubrir sus gastos corrientes. Esto es, pueden vivir del capital, rentas incluidas.

De hecho, cuatro quintas partes de los hogares españoles usan esta vía al hacerse propietarios de su vivienda tras muchos años de pago de las cuotas de una hipoteca, principal forma de ahorro de las clases modestas. Es la salvedad antes citada. Esos propietarios, que se sorprenderían de oírse llamar pequeño-capitalistas, cubren en régimen de autoconsumo sus necesidades habitacionales, un componente no pequeño del consumo corriente, como bien saben quienes pagan alquileres. Podrían incluso satisfacer todo su consumo corriente liquidando esa propiedad (digamos, con una hipoteca inversa) si sus herederos no les importan, o no tienen otra solución.

Vivienda aparte, el ahorro tiene una ventaja notable sobre las otras vías. Cabe esperar que su inversión, probablemente indirecta, en bienes de capital o en negocios mejore la productividad del sistema, con lo que la oferta de bienes cuando el ahorrador se jubile será mayor que si se usan otras vías de trasferencia, que no piensan en el futuro.

Dos notas de cautela. Primera, el ahorro privado, y más si es pequeño, tiene riesgos y problemas. Debe soportar las imperfecciones de mercado financiero minorista; el confiado a la bolsa puede evaporarse en una crisis; si se ha depositado en bancos o intermediarios financieros, estos tal vez fracasen por pobre gestión, mala suerte, o mala práctica. Esas desgracias han pasado y seguirán pasando. Ni siquiera la inversión inmobiliaria está libre de riesgo. Segunda cautela, la conexión ahorro-productividad tiene fallos. Una parte del ahorro privado se filtra hacia el consumo (colocaciones en fondos públicos que financian déficit público corriente) o hacia inversiones poco productivas. Y ahora la productividad está creciendo poco, quizás por peculiaridades de la actual revolución tecnológica; ese pobre desempeño no cambiará por un poco más de ahorro. El tercio de siglo requerido por la gestación de una pensión con ahorro personal da para muchos accidentes. Y las perspectivas generales del próximo tercio de siglo no son claras.

La vía del ahorro tiene un techo muy importante. Solo vale para quienes durante una parte sustancial de su vida activa dispongan de ingresos suficientes para poder permitirse ahorrar (y para los ricos por herencia o especulación); digamos, para la población en el primer cuartil por ingresos, el de la clase acomodada. Pero es difícil que la del segundo genere voluntariamente ahorros que aseguren un retiro digno, y es seguro que el tercero y cuarto no tienen posibilidades reales; los mileuristas o sub-mileuristas han de vivir al día. El actual empeoramiento de la distribución de rentas ensombrece el panorama. Incluso la vieja “vía vivienda” puede hacerse utópica para demasiada gente.

¿Ahorro privado? Por supuesto, pese a sus riesgos, para quien pueda. Los responsables públicos tienen razón al predicar el ahorro. No merecen reproche por ello siempre que especifiquen bien sus limitaciones, y no olviden la necesidad de habilitar otras vías de trasferencia para donde esta no alcanza.

2. La familia

Si el ahorro organiza las trasferencias hacia los jubilados de la clase acomodada, la familia es su vía principal, en cualquier estrato de población, en el caso de los hijos menores y las amas de casa que no trabajan fuera. Es la vía de último recurso, incluso a niveles ínfimos. En Occidente el modelo familiar ha evolucionado, de la mano la reducción del tamaño de las viviendas, hacia un núcleo limitado a padres e hijos no emancipados. Pero aún quedan vestigios de la familia grande, que ayudaba a padres ancianos e hijos en desgracia, a parientes pobres, incluso a antiguos criados envejecidos en el servicio de la casa. Aunque esas trasferencias solo sean prestaciones básicas de manutención y alojamiento, pueden ser vitales. Muchas familias, por sostener a sus incapacitados o ayudar a sus parados, aceptan deterioros de su nivel de vida, a veces hasta niveles de miseria.

Esta vía de trasferencias, como la anterior, tiene limitaciones, determinadas también por el nivel de rentas. En los escalones de rentas bajas o muy bajas los hijos se pondrán a trabajar en cuanto físicamente puedan, o lo permita la legislación sobre escolarización y trabajo infantil. La alimentación podrá ser deficiente, en detrimento del desarrollo de los niños; lo es en muchos países atrasados, lo era en Europa hace no tantas generaciones. Los tiempos y opciones de la educación se limitarán por la misma causa; la mayoría de las familias no pueden permitirse ahorrar en consumo corriente para formar capital humano; en realidad solo las acomodadas podrían completar la educación de los hijos si tuvieran que pagar su coste pleno.

Las familias sufren un riesgo típico: la muerte prematura de su componente productivo, el cabeza de familia, deja sin sustento a sus demás miembros. Los huérfanos, y las viudas que no consigan reincorporarse al trabajo, constituyen un receptor potencial de trasferencias públicas consustancial con la vía familiar.

3. La beneficencia

La caridad hacia el necesitado es un sentimiento natural; practicada por empresas, da buena imagen. Toma diversas formas: limosna privada, donaciones y colaboración con las instituciones benéficas tradicionales o con las modernas ONG, instituciones religiosas con ingresos propios que dedican parte de su actividad a prestar servicios sociales (educación, sanidad, cuidado de impedidos) gratuitamente o bajo coste. Las viejas cajas de ahorros asumieron durante dos siglos tareas asistenciales con parte de sus excedentes (las modernas empresas prefieren las actividades culturales a las asistenciales). En tiempos pretéritos la beneficencia fue la única vía de trasferencia de rentas hacia los improductivos o necesitados, vía familiar aparte. Aún es útil, de forma puntual, para resolver problemas concretos del primer mundo (toda esa gente que consigue una comida caliente en comedores sociales), y del tercer mundo.

 
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