Número 137 - Abril de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
PREPARARSE PARA EL PRESENTE: DIGITALIZACIÓN Y EMPLEO  
       
 
    Foto: Archivo RC  
     
     
RODOLFO GUTIÉRREZ
 

LA DIGITALIZACIÓN HA DEJADO DE SER UN FUTURO QUE HAY QUE ESCUDRIÑAR Y ES YA UN PRESENTE CONTINUO QUE HAY QUE GESTIONAR. LA TRANSFORMACIÓN DIGITAL DE LA PRODUCCIÓN, DE LA PROVISIÓN DE SERVICIOS, DEL OCIO Y DE LAS INTERACCIONES COTIDIANAS COMENZÓ YA EN LOS 90, PERO HA ENTRADO EN UNA FASE DE PORTENTOSO DESPLIEGUE. ESTA FASE INCLUYE UNA AMPLIA GAMA DE NUEVAS TECNOLOGÍAS DIGITALES, QUE PUEDEN AGRUPARSE EN DOS GRANDES ESFERAS POR SUS POTENCIALES EFECTOS SOBRE EL EMPLEO: LA ROBOTIZACIÓN Y LA ECONOMÍA EN PLATAFORMAS DIGITALES.

   
     
       

La digitalización ha dejado de ser un futuro que hay que escudriñar y es ya un presente continuo que hay que gestionar. La transformación digital de la producción, de la provisión de servicios, del ocio y de las interacciones cotidianas comenzó ya en el decenio de 1990, pero ha entrado en esta década en una fase de portentoso despliegue. Esta fase incluye una amplia gama de nuevas tecnologías digitales, que pueden agruparse en dos grandes esferas en lo que tiene que ver con sus potenciales efectos sobre el empleo: la robotización y la economía en plataformas digitales.

La robotización es la utilización creciente de máquinas inteligentes en la forma de robots autónomos, robots de colaboración con humanos o máquinas de fabricación digital. La robotización se potencia por la integración de las tecnologías de la ingeniería automática, la inteligencia artificial y el internet de las cosas. Estas nuevas máquinas se extienden, con ritmos crecientemente acelerados, en operaciones realizadas previamente por personas o por otras máquinas, a todas las ramas de la producción industrial y de la distribución de bienes y servicios; también a casi todas las de los servicios, desde las finanzas, la sanidad, la educación y los cuidados de personas. Esa extensión puede suponer la sustitución de personas en determinadas tareas, pero en muchas actividades no sustituyen, sino que enriquecen las tareas de profesionales a los que esas máquinas les dan acceso a lo que se denomina “realidad aumentada”.

La economía en plataformas digitales constituye un nuevo ecosistema de negocios, cuyo núcleo es la existencia de un operador que provee un sistema digital con funciones de intermediación entre demandantes y oferentes de un producto o un servicio. Esas plataformas se potencian integrando las tecnologías de dispositivos móviles cada vez más potentes, las de acumulación y manipulación de cantidades ingentes de información (nube, big data) y la geolocalización.

Las especies que se desarrollan en ese ecosistema son muy diversas y todavía no hay una taxonomía consolidada. Van desde las plataformas en las que los usuarios intercambian información de manera gratuita (tipo Facebook, Twitter o Instagram), pero que permiten múltiples actividades comerciales tanto de usuarios como de operadores; también plataformas que se configuran como “mercados digitales” (tipo Amazon, Alibaba o eBay), en las que los operadores de la plataforma no intervienen en las transacciones de bienes o servicios, solo promueven el acceso digital y aseguran ciertas condiciones del intercambio; pasando por las plataformas propiamente de “intermediación” de bienes y servicios físicos o digitales (tipo Uber, Airbnb o Mechanical Turk) o en las que los operadores intervienen en el “empaquetado” y en el precio de los servicios; hasta las plataformas “colaborativas”, en las que se realizan y se intercambian servicios sin compensación monetaria (tipo Care.com).

El potencial competitivo de este nuevo territorio digital se basa en su capacidad para reducir, a través de los medios digitales, los costes de transacción y para aprovechar las ventajas de escala y de red, con la consiguiente reducción de costes —también de mejoras de calidad en algunos casos—, lo que está permitiendo crecimientos exponenciales de algunos de sus negocios.

1. Visiones contrapuestas

La literatura científica en el campo económico y sociológico, la prospectiva tecnológica y los múltiples ensayos sobre el tema, permiten elaborar tanto relatos pesimistas como relatos moderadamente optimistas sobre los impactos de la digitalización en la cantidad y la calidad del empleo.

En lo que se refiere a la robotización, la perspectiva más pesimista se basa en evidencias de que la introducción de robots ya ha registrado ligeras caídas del empleo y de los salarios en las economías más avanzadas, como es el caso de Estados Unidos, donde se ha estimado que el ratio robot/trabajadores se triplicará, como mínimo, en los próximos diez años. Algunos análisis prospectivos del cambio en las ocupaciones estiman que algo más de la mitad de los empleos actuales tienen probabilidades muy altas de ser sustituidos por robots en las próximas décadas, una cifra que alcanzaría al 55% de los empleos en el caso español.

Hay también análisis rigurosos de los cambios recientes en la composición del empleo, asociados al cambio tecnológico, que aprecian tendencias generalizadas hacia la polarización (pérdida de empleos de calidad media y crecimiento de los de calidad baja y alta). Desde una perspectiva antropológica, se puede ver la robotización como una inquietante transformación del patrón industrial de interacción industrial entre hombres y máquinas, y, con ello, la propia centralidad civilizatoria del mundo humano y todo lo que la cultura humanista de la tecnología ha significado.

En cuanto a los efectos de las plataformas digitales, el pesimismo apunta más a la calidad del empleo que a la cantidad. Aunque apenas se dispone de estimaciones rigurosas de su efecto agregado sobre el empleo, hay que tener en cuenta que el ritmo de crecimiento de la economía en plataformas digitales es ya muy intenso; se habla de que en Estados Unidos la facturación de esas empresas se ha duplicado en 2015 respecto a 2014.

La preocupación por la calidad de los empleos en plataformas digitales está más que justificada. Y no porque todo el empleo en ese contexto tecnológico sea de mala calidad: en realidad, su gama de empleos es muy variada en condiciones de trabajo y remuneraciones. Pero una buena porción de los mismos presenta características de riesgo: la principal es que rompe con los patrones establecidos para los dos tipos de empleos estándar, el trabajo asalariado y el trabajo por cuenta propia, con lo que la regulación de las condiciones de trabajo y la fiscalidad quedan en “zonas grises” de difícil control, al tiempo que los costes futuros de la protección de sus trabajadores (desempleo, enfermedad, pensiones) son evitados por la empresas operadoras y transferidos plenamente a los propios trabajadores o los sistemas públicos de protección social.

Los escenarios más optimistas sobre los efectos de la robotización se basan en las múltiples evidencias que asocian positivamente la inversión en nuevas TIC (NTIC) y el crecimiento agregado del empleo. La prospectiva más pesimista sobre el cambio ocupacional, como la referida anteriormente, suele basarse en el análisis de las tareas estándar que se contienen en las diferentes categorías de ocupaciones. Hay otro enfoque prospectivo que se centra en analizar empíricamente, no las categorías ocupacionales, sino las cualificaciones efectivas de los individuos que desempeñan esas ocupaciones. Esta prospectiva suele ser bastante menos pesimista en su estimación de la cantidad de empleo que estaría en riesgo de total sustitución por robots; en torno al 10% para el conjunto de la OCDE en el medio y corto y medio plazo y del 12% para España. Añadiendo que la porción de empleos que no desaparecerían como tales, pero que sí sufrirían cambios importantes en su contenido de tareas, sería no menor a una tercera parte del total del empleo actual.

Los balances menos pesimistas sobre la economía en plataformas digitales insisten no solo en su capacidad de creación de empleo neto, por el aumento de la demanda de nuevos servicios de menor coste, sino también por algunos detalles no despreciables en relación con la calidad del empleo.

Por un lado, se resalta el hecho probado de que estas actividades suelen ser primeras oportunidades de empleo para personas con barreras de acceso a empleos estándar (jóvenes estudiantes, adultos con responsabilidades familiares o con limitaciones para la movilidad fuera del hogar); también se sabe que esas oportunidades son valiosas sobre todo como primeros “peldaños” para el acceso posterior a empleos de más calidad.

Por otro lado, se mantiene que las precarias condiciones de algunos de los trabajos en plataformas se corresponden con la fase inicial de estas actividades, con modelos de negocio aún no consolidados. Este argumento se extiende hasta defender que “el mercado debe ir antes que la regulación”, en el sentido de que muchas de estas actividades son negocios muy experimentales, a los que exigirles mínimos estándar de condiciones de trabajo impediría su propio desarrollo y que sería mejor regular sus condiciones laborales más adelante en su ciclo de vida, cuando sus modelos de negocio estén consolidados.

Un hecho muy relevante en este panorama de visiones pesimistas u optimistas es una clara línea de división en las percepciones y actitudes, que casi todas las encuestas disponibles confirman. Los expertos son más confiados y optimistas sobre las ventajas de la digitalización, la gente corriente es más temerosa y más atenta a los riesgos de inequidad. Esa división se intensifica, de una manera muy clara, entre los más educados respecto a los menos educados.

Parece que el esquema binario perdedores/ganadores de la digitalización se extiende como forma predominante de representación popular de sus efectos. Es más que probable que ese esquema sea uno de los principales estímulos del resurgir de populismos y nacionalismos, como una reacción en dos direcciones: desde luego, como reconstrucción ilusoria de una nueva comunidad que refuerza lazos primarios, pero también como una acción colectiva para reclamar un mayor papel protector de los poderes subnacionales respecto a los “perdedores”, ante riesgos frente a los que el estado parece estar lejano o ausente.

2. Propuestas para avanzar

Aun en los escenarios más optimistas, el aprovechamiento de las oportunidades que ofrece la economía digital requiere una reacción muy activa al nivel estatal. Esta revolución tecnológica puede ser el vector más importante del bienestar futuro en las economías avanzadas, como la de España. Las principales instituciones tienen que contribuir decisivamente a crear las condiciones para preparar a todos para esa transformación revolucionaria. Una Agenda Digital de Estado es parte fundamental de lo que ambicionamos como “proyecto de país”. La alternativa a eso será, y está siendo ya, tener que proteger a muchos “perdedores”. Hay tres esferas claras de acción prioritaria en esa dirección.

1. Reforzar la Agenda Digital

Los análisis del desarrollo de la digitalización colocan a España en una situación comparada nada excelente en el contexto europeo. España ocupaba en 2016 el lugar 14, dentro la UE-28, en el Índice de Economía y Sociedad Digital (DESI), que proporciona la Comisión Europea, y el puesto 35, de un total de 139 economías, en el Network Readiness Index que ofrece el Foro Económico Mundial. Estas comparaciones suelen atribuir a España niveles buenos de dotación de infraestructuras digitales (especialmente en los servicios públicos) y de integración de las tecnologías digitales en las empresas, pero también niveles moderados en inversión y acceso a financiación para negocios digitales, y niveles muy pobres en la extensión y la provisión de cualificaciones digitales.

El Gobierno viene desarrollando desde 2013 una Agenda Digital para España, hoy integrada en las funciones del Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital, con seis objetivos estratégicos que incorporan también los objetivos de la Agenda Digital para Europa-2020. No se dispone de una evaluación sistemática de esa acción del Gobierno. Tan solo es posible seguir una serie de indicadores que se refieren a la provisión, el acceso y la confianza en las infraestructuras digitales, más que a los logros efectivos de una política de promoción económica o industrial. Uno de los dispositivos más genuinamente industriales de esa Agenda, el programa Industria.Conectada4.0, una iniciativa público-privada para la transformación digital de la industria, contaba en 2016 con un presupuesto de 97 millones de euros, una cifra muy modesta si se compara, por ejemplo, con los 1.225 millones de euros que el Gobierno Vasco ha destinado a su Plan de Industria 4.0 para el periodo 2017-2020.

 
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