Número 129 - Julio de 2017
 
REPORTAJES
 
   
     
EL PROBLEMA DEL CÁLCULO DE LAS PÉRDIDAS ESPERADAS  
       
 
    Foto: Archivo RC  
     
     
RAIMUNDO POVEDA
 

“LA CRISIS BANCARIA HABÍA DEMOSTRADO AMPLIAMENTE QUE EL CRITERIO PÉRDIDAS INCURRIDAS PROVISIONABA POCO Y TARDE. ASÍ QUE, TRAS LARGA DISCUSIÓN Y ALGÚN ARRASTRE DE PIES, IASB RECONOCIÓ LA COBERTURA DE LAS PÉRDIDAS ESPERADAS (ECL) EN SU IFRS 9 (JUNIO DE 2014), Y FASB LO HIZO DOS AÑOS MÁS TARDE. SE CERRÓ ASÍ A NIVEL CONCEPTUAL EL CONTENCIOSO ENTRE CONTABLES Y SUPERVISORES. PERO INMEDIATAMENTE SE ABRIÓ EL TURNO DE LAS DISCREPANCIAS PRÁCTICAS Y DE LOS PROBLEMAS DE APLICACIÓN, TURNO AÚN NO CERRADO. LO PENDIENTE NO ES UN TEMA MENOR PARA LOS BANCOS”.

   
     
       

En 2009 el Consejo de Estabilidad Financiera y el todopoderoso G20 apuntaron a los creadores de estándares contables americano y europeo, el FASB y el IASB, la conveniencia de no circunscribir las provisiones por riesgo de crédito a las operaciones con muestras objetivas de deterioro (el criterio ‘pérdidas incurridas’), proponiendo el criterio ‘pérdidas esperadas’ (ECL por sus siglas inglesas), que alcanza a las que presumiblemente –estadísticamente- producirá en el futuro una cartera ahora en situación normal.

El Comité de Supervisores Bancarios de Basilea ya lo había introducido en sus métodos avanzados de Basilea II (2004). Los propios contables tenían en curso una revisión de su modelo, por las complicaciones de su aplicación, con muchas versiones locales diferentes. Pero argumentaban que los objetivos prudenciales, por estimables que fuesen, no eran asunto suyo, y que las provisiones estadísticas olían a manipulación de resultados.

Pero quien podía hacerlo les había dicho que los objetivos prudenciales y los movimientos cíclicos también importan y, sobre todo, que ECL proporcionaría una información más útil al usuario de estados financieros. La crisis bancaria había demostrado ampliamente que el criterio pérdidas incurridas provisionaba poco y tarde, frase repetida hasta la saciedad y que además, a diferencia de muchos lugares comunes, es verdad. Así que tras larga discusión y algún arrastre de pies, IASB reconoció la cobertura de las pérdidas esperadas en su IFRS 9 (junio de 2014), y FASB lo hizo dos años más tarde.

Se cerró así a nivel conceptual el contencioso entre contables y supervisores. De ello me congratulé en su momento (CONSEJEROS, diciembre de 2014). Pero inmediatamente se abrió el turno de las discrepancias prácticas y de los problemas de aplicación, turno aún no cerrado. Lo pendiente no es un tema menor para los bancos.

1. De contables y supervisores

En el capítulo de discrepancias, surgieron las habituales diferencias inconciliables entre las dos sectas contables. Luego veremos otras entre los contables y los supervisores. FASB exige que se calculen las pérdidas esperables durante toda la vida de la operación. IASB lo acepta para los créditos perjudicados y para aquellos en los que se haya producido un incremento significativo del riesgo después de originada la operación, una categoría más fácil de enunciar en el papel que de concretar en la práctica. Pero para los créditos en situación normal el cálculo de ECL solo tendrá en cuenta los siniestros crediticios esperables en los siguientes doce meses. Obviamente, las provisiones resultantes serán mayores con el criterio FASB, especialmente en las operaciones a largo plazo, como las hipotecarias que tanto pesan en las carteras bancarias. La diferencia es importante. Además da gran relevancia a la recalificación de operaciones de normales a de riesgo agravado, paso que por desgracia depende de muchos factores opinables.

Por otra parte, FASB solo contabiliza los intereses realmente cobrados en los créditos perjudicados (criterio de caja). En cambio IASB impone el criterio del devengo, una opción optimista dada la elevada probabilidad de que los intereses contractuales no lleguen a cobrarse; por eso el BCE, en una guía a ‘sus’ bancos, pide que informen además de los intereses con criterio de caja. Los dos foros contables tampoco lograron coordinar sus fechas de entrada en vigor (2018 para IFRS 9, 2020 –empresas cotizadas- y 2021 –las demás- para el estándar FASB), una discrepancia menor en comparación con las otras, y que el calendario resolverá.

Las diferencias entre FASB e IASB son malas para las comparaciones internacionales, y alargan la lista de motivos que obligan a los grandes grupos bancarios a presentar diferentes contabilidades en las diferentes jurisdicciones en que operan.

La gran cuestión, que ocupa el resto del artículo, es cómo calcular ECL. Centrémonos en IFRS 9, ya que los estándares de IASB se incorporan poco menos que de oficio a la normativa contable comunitaria (esta lo fue mediante un reglamento el pasado noviembre), y por tanto a la española.

IFRS 9 está redactado en términos de principios, no de reglas. No impone unos métodos concretos de cálculo de las pérdidas esperadas. Los acepta todos. Sus principios plantean pocas concreciones o restricciones a la actuación de los contables. Y cuando lo hace trata de ser neutral, esto es, no decantarse del lado de la severidad (de la prudencia valorativa que gusta a los supervisores y que fue principio contable durante el siglo XX). Veamos algún ejemplo de esa neutralidad.

Los dos componentes de las pérdidas esperadas, la probabilidad de impago (PD), y la pérdida experimentada una vez producido el impago (LGD), pueden calcularse con los datos de diferentes escenarios coyunturales: el actual, sea cual sea, o un escenario ‘medio’ que comprenda un ciclo económico completo, o un escenario arbitrariamente desfavorable, o incluso el peor escenario conocido en la historia reciente… IFRS 9 pide que el cálculo se haga según la situación imperante en el momento de la formulación de los estados financieros, y rechaza expresamente los escenarios optimista y pesimista. Es la opción neutral, pero tiende a producir movimientos procíclicos: pocas provisiones en los años buenos, más en los malos (aunque en ambos casos superiores a las que daría el criterio pérdidas incurridas).

Por eso los supervisores se decantaron por aplicar un escenario que considere un ciclo completo para PD, y un escenario adverso (‘downturn’) para LGD. Aunque, algo paradójicamente desde el punto de vista prudencial, optaran, como luego el IASB, por el menos severo horizonte de doce meses. (Al parecer IASB eligió la convención doce meses, difícil de justificar objetivamente, por la comodidad técnica de converger con esta faceta de la regulación supervisora; otra razón menos confesable pudo ser reducir la carga impuesta por el nuevo criterio).

2. Información y pérdidas esperadas

El Comité de Basilea reconoce esas diferencias y no las objeta, dadas las diferentes finalidades de las regulaciones prudencial y contable. Aunque hay otras diferencias (en la definición de morosidad, donde IFRS 9 es más elástico, en la composición de las pérdidas) en las que no estaría de más, ni debería ser imposible, un acercamiento de posturas.

IRFS 9 tampoco es picajoso en cuanto a las fuentes de información con las que construir las pérdidas esperadas: le basta la disponible “sin esfuerzos o costes indebidos”. Preferiría la de propia cosecha, si la hay y es fiable, pero no hace ascos a la información externa que resulte razonablemente relevante; digamos, datos compilados por la industria bancaria, o por las centrales de riesgos, o incluso la información procedente de las denostadas agencias de calificación, cuyos potentes bancos de datos parece que pueden producir PD para casi todo. También en este capítulo los supervisores resultan más rigurosos en sus exigencias iniciales… aunque a veces terminen claudicando ante la realidad de los hechos.

El ‘enfoque principios’ permite una aplicación muy general del estándar, que sirve para situaciones presentes y futuras, lo cual se considera importante en un mundo financiero en constante innovación. En cambio un ‘enfoque reglas’ precisaría de un libro de instrucciones enormemente detallista (mucho más extenso que IFRS 9, que no es precisamente un texto breve) y sometido continuamente a una puesta al día condenada a llegar siempre con retraso.

Pero la flexibilidad tiene un precio: siembra dudas sobre cómo tratar los problemas concretos que se vayan planteando y que pueden tener soluciones múltiples. Algunos contables las resolverán preguntando a sus auditores. De hecho las primeras aproximaciones de las grandes casas auditoras a IFRS 9 están plagadas de interpretaciones u opiniones sobre cuestiones puntuales en las que el texto puede ser inconcreto o ambiguo. En ese sentido habrá finalmente reglas, que serán las soluciones aceptadas por los auditores. Otras entidades que tengan suficiente tamaño y capacidad técnica compararán los resultados de métodos alternativos, y optarán humanamente por el más cómodo para su cuenta de resultados. Porque hay un problema: el enfoque principios quiere ser neutral en sus consecuencias, pero las diversas opciones compatibles con los principios no lo son.

Esta problemática de aplicación ya se la planteó Basilea al diseñar sus métodos avanzados de cálculo del coeficiente de solvencia. Nótese la similitud entre algunas tareas a resolver en los dos ámbitos. El llamado método IRB de Basilea II obliga a calcular pérdidas esperadas. Su regla de oro es que hay que cubrir las pérdidas inesperadas con capital, y ECL con provisiones. Si hay más provisiones que ECL, el exceso de provisiones, una parte de él en realidad, puede computarse como capital. Si hay menos, el déficit de provisiones ha de cubrirse con más capital.

En todo caso hay que calcular unas ECL, aunque como hemos visto no sean las contables. Con ese buen punto de partida los bancos IRB no deberían tener problemas mayores para atender IFRS 9. Dispondrán de la información base, de la experiencia en materia de previsión coyuntural, y de la tecnología de cálculo, y no será complicado pasar del cálculo para perspectivas estresadas al cálculo para perspectivas normales, de consenso.

Perfecto, pues, para los bancos IRB. Pero Basilea fue muy consciente de las dificultades de recogida de los datos necesarios para calcular los componentes de ECL; esas dificultades afectan más a unos bancos que a otros, y son mayores, y con menos soluciones alternativas, para LGD que para PD. Comprendió que muchos bancos serán incapaces de calcular esos parámetros, que otros podrán calcular PD pero no LGD, y que solo algunos podrán calcularlo todo.

Para los primeros, una legión compuesta por la gran mayoría de los bancos del mundo, diseñó un método alternativo, el método estándar, que usa unas medidas del riesgo convencionales proporcionadas por la normativa; es responsabilidad del regulador calibrarlas para mantener una comparabilidad suficiente con el método IRB (no siempre se ha logrado). Los segundos utilizan el método avanzado, pero aplican, junto a los PD de cosecha propia, unos parámetros LGD convencionales. Finalmente, el tercer grupo utiliza sus propios PD y LGD. Los bancos IRB son relativamente pocos en número, pero incluyen a los más grandes, que gestionan tres cuartas partes o más del negocio bancario mundial. Basilea admite mezclas, cuando un banco puede calcular PD o LGD para unos segmentos de la cartera pero no para otros.

Por otra parte Basilea sabía que la libertad de elección de modelos de solvencia produciría soluciones demasiado complacientes; ya tenía experiencia de ello, derivada de su tratamiento del riesgo de mercado con modelos internos desde 1996. Así que también restringió los modelos aplicables, y sometió a sus usuarios potenciales a una serie de exámenes previos y de pruebas de reválida. Quienes no los aprobaran aplicarían el método estándar. En 2005 el Comité de Basilea creía en el progreso: los bancos irían evolucionando irreversiblemente hacia un uso cada vez más extenso del método IRB. En la actualidad ha perdido aquella fe de novicio, en parte por el mal uso que han hecho los bancos de los métodos avanzados, y propone volver al método estándar para ciertos segmentos de la cartera, o utilizar sus resultados como suelo de los métodos avanzados que frene manipulaciones interesadas.

3. Corruptelas y prácticas bancarias

Esa experiencia de los planteamientos prudenciales debería tenerse muy presente en los planteamientos contables, porque las dificultades y las corruptelas surgidas en aquellos se van a repetir en éstos.

El Comité de Basilea se apresuró a acoger el cambio del criterio contable en una de sus guías sobre sanas prácticas bancarias (2015). Esa guía proporciona principios útiles en materia de responsabilidad corporativa y en una serie de cuestiones formales. Pero no ataca el tema de la indefinición de los métodos de cálculo de ECL. Abunda en apelaciones bienintencionadas a la robustez y consistencia de los métodos y al uso de instrumentos adecuados o apropiados, pero no los concreta. Además es obvio que sus destinatarios son principalmente los bancos capaces de utilizar métodos avanzados.

 
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