Número 158 - Marzo de 2020
 
REPORTAJES
 

“El recorte de impuestos sobre las ganancias del capital y el gasto público han llevado el déficit del 3,5 al 4,8% del PIB en dos años”

 
     
ESTADOS UNIDOS: LA OPORTUNIDAD ¿PERDIDA? DEL COVID-19  
           
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  Foto: Archivo RC  
   
   

EL ESTADO DEL BIENESTAR DE EEUU ES GRANDE. NO TANTO COMO EL EUROPEO PERO SÍ MAYOR QUE EL JAPONÉS. PERO SUS RESULTADOS SON CATASTRÓFICOS Y LA CRISIS DEL COVID-19 VA A PONER DE MANIFIESTO LAS INCONGRUENCIAS DE SU SISTEMA SANITARIO.

   
   

TEXTO: PABLO PARDO (WASHINGTON)

Si hay un político en Estados Unidos que haya representado en carne y hueso la idea del poder por el poder, con poca o ninguna ideología, no es Dick Cheney ni Donald Rumsfeld (a pesar de la película ‘Vice’), ni, desde luego, Donald Trump (entre otras cosas porque el actual jefe del Estado y del Gobierno fue, es y será más una estrella de reality shows que un estadista). Es alguien apenas conocido en España: el ex líder del grupo parlamentario demócrata en la Cámara de Representantes, ex jefe de gabinete con Obama, y ex alcalde de Chicago, Rahm Emanuel.

Suya es una frase para la Historia, que resume mejor que cualquier tratado de Maquiavelo o Hobbes lo que debe hacer un político: “Nunca desperdicies una crisis”. Ésa fue su máxima cuando Barack Obama lo convirtió en su jefe de gabinete, cargo en el que él se inició exigiendo un juramento de fidelidad a sus antiguos colegas del Congreso que el periodista Steve Clemons, de la revista The Hill, especializada, precisamente, en seguir la información del Legislativo, definió como una ceremonia salida de ‘El Padrino’.

Tres en uno

Emanuel llegó a la Casa Blanca en 2009, en un momento en el que Estados Unidos destruía 9.000 empleos al día, los que entonces eran los mayores bancos del país –Citigroup y Bank of America– estaban nacionalizados, y General Motors y Chrysler acababan de experimentar una masiva inyección de capital público. Su frase no era una defensa del arte del suicidio político sino todo lo contrario. Como explicaba esta semana en una nota a sus clientes Ed Yardeni, ex economista jefe de Deutsche Bank para EEUU, lo que Emanuel quería indicar era que la crisis “era una oportunidad para impulsar programas que, de otra manera, jamás se habrían puesto en marcha”.

Ahora, el Covid-19 podría ser una gran oportunidad para EEUU. Y para la economía mundial. Con los tipos de interés cerca de cero, ésta podría ser una buena ocasión para usar la política fiscal con el objetivo de reactivar la economía. Es algo que llevan pidiendo desde hace años los defensores de la llamada Teoría Monetaria Moderna, como el ex economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, y muchos bancos, que ven cómo sus márgenes de intermediación están desapareciendo con los tipos de interés ultrabajos.

También, al menos en Estados Unidos, podría ser una ocasión para acometer una reforma de la que absolutamente nadie habla, pero que hace que este país tenga, de lejos, el sistema de protección social más caro, disfuncional e ineficiente del mundo industrializado. El Estado del Bienestar de EEUU es grande. No tanto como el europeo, pero sí mayor que el de Japón, por ejemplo. Pero sus resultados son catastróficos. Eso se debe, en parte, a que nunca ha sido contemplado por los propios estadounidenses como un sistema único. Al contrario. Tomemos la sanidad, por ejemplo. Hay un sistema público-privado en el que los costes se los reparten el Estado federal y los 50 estados –más los territorios semicoloniales, como el Distrito de Columbia, Samoa o los Islas Vírgenes– para las personas de ingresos bajos: Medicaid. Hay otro sistema público-privado para los mayores de 65 años, el Medicare, que a su vez se divide en dos partes, Medicare Plan A (para los ingresos hospitalarios) y Medicare Plan B (para las visitas ambulatorias).

A su vez, todos los que han servido en las Fuerzas Armadas están cubiertos por otro sistema similar, el llamado TRICARE, mientras que los ciudadanos que lo hayan hecho en tiempo de guerra (aunque no hayan estado en un teatro de operaciones) tienen otro sistema de cobertura sanitaria público-privado provisto por el Departamento de Veteranos. Así, por ejemplo, puede haber personas que entren dentro de tres de estos sistemas, siempre que sean capaces de sobrevivir al papeleo. Porque todas estas administraciones no se comunican entre sí. Por no tener, no tienen ni sistemas informáticos unificados.

Esa situación es propia de un país en vías de desarrollo. El hecho de que haya todos esos sistemas de protección social superpuestos y en silos estancos implica una duplicación y hasta triplicación de funciones que se suma a unas sorprendentes lagunas en la cobertura que ofrecen, lo cual a su vez tiene unos costes económicos inmensos. Eso es algo que ha quedado de manifiesto con la crisis del coronavirus. Estados Unidos tardó en registrar casos. Pero en Wall Street, la opinión generalizada era que, una vez que la epidemia llegó a Europa, no iba a perdonar a ese país, por más que Donald Trump dijera barbaridades como que “con el buen tiempo de abril se irá”, “vamos a tener una vacuna en unas semanas”, o, la mejor de todas, “no me he tocado la cara desde hace semanas.

Conspiración y coronavirus

La razón del escepticismo de los inversores era sencilla para alguien que viva en Estados Unidos, e incompresible para alguien que lo haga en Europa. En EEUU, ir al médico, aunque se tenga seguro, para hacer una visita normal, puede fácilmente costar hasta 200 dólares, dependiendo del tipo de póliza que se tenga. Por tanto, los ciudadanos tratan de evitar acercarse a un facultativo. A eso hay que sumar que alrededor del 8,5% de la población (27,5 millones de personas) no tiene ningún tipo de cobertura sanitaria. Así pues, era muy probable que hubiera casos de personas infectadas que no lo supieran, y que estuvieran propagando la enfermedad.

 
 
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