Número 149 - Mayo de 2019
 
REPORTAJES
 
EEUU: Estudia una Combating BDS Act para frenar el avance de los boicots pro palestinos    
     
ISRAEL: EL "DEAL OF THE CENTURY"  
       
 
     
     
     

CUANDO A PRIMEROS DE JUNIO CONCLUYA EL RAMADÁN PODRÍA CONOCERSE AL FIN EL PLAN DE TRUMP PARA ORIENTE MEDIO. LA ALIANZA ENTRE ESTADOS UNIDOS E ISRAEL PARECE INQUEBRANTABLE Y TRUMP YA AVANZÓ QUE SU PROPUESTA DESBORDARÍA, INCLUSO, LAS EXPECTATIVAS DE LOS PROPIOS ISRAELITAS. TRAS HABER ACEPTADO LA CAPITALIDAD DE JERUSALÉN O SU SOBERANÍA SOBRE LOS ALTOS DEL GOLÁN, EL PLANTEAMIENTO NO DEJA DE CREAR ALARMA EN LA ZONA, DONDE OTROS PODEROSOS ACTORES -CON RUSIA A LA CABEZA–TAMBIÉN MUEVEN SUS PEONES.

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: LUIS MARTÍ

Por breve que sea, una nota sobre las elecciones legislativas del pasado 4 de abril en Israel tiene que comenzar recordando algo que, desde esta orilla, no siempre se aprecia en toda su magnitud: el firme apoyo a Israel por parte de EEUU puede experimentar altibajos, pero tiene raíces profundas y constituye un compromiso estable que -con variados matices personales- hacen suyo senadores y congresistas. Un repaso a las votaciones en NU descubre el apoyo inconmovible que recibe el gobierno de Israel cada vez que la agenda internacional exige pronunciamientos sobre materias relativas a la “cuestión palestina”. EEUU no duda a la hora de ondear ante el mundo su estandarte de fidelidad hacia Israel, a pesar de que los debates sitúan a EEUU indefectiblemente como minoría. En el curso del tiempo un número creciente de miembros de las NU ha ido prestando reconocimiento a la soberanía de la autoridad palestina.

Solo en la vida política de EEUU existen lobbies potentes para asegurar la continuidad de esa línea de apoyo y enfrentarse al empeño de muchas iniciativas internacionales que pretenden debilitar el respaldo de EEUU a la posición de Israel en el complejo entorno geopolítico del Cercano Oriente.

Un ejemplo reciente, pero nada excepcional, pone de manifiesto cómo, en una sociedad tan abierta como la de EEUU, grupos pro-palestinos tienen la capacidad de organizar iniciativas anti-israelíes desde la sociedad civil, al mismo tiempo que grupos pro-israelíes tratan de movilizar a las instituciones políticas a fin de bloquearlas o anularlas.

BDS, Boycott, Divestment, Sanctions

Se trata de un movimiento pro-palestino, dinamizado desde comienzos de siglo por un conocido activista, Omar Barghouti, que buscó inspiración en elementos de la lucha contra el apartheid surafricano. El movimiento ha buscado la efectividad de mensajes generados en torno a la explotación por Israel de los recursos naturales y humanos palestinos bajo su control inmediato. Empleando publicidad disuasoria, se trataba de que las empresas norteamericanas rechazasen toda contratación con empresas de Israel, que el consumidor norteamericano pasara del producto israelí, e incluso que el mundo cultural de EEUU se abstuviera, como norma, de toda colaboración académica.

La iniciativa demostró su eficacia, fuera de EEUU, cuando en 2014 consiguió el boycott popular en Cisjordania a los productos de una importante fábrica israelí de refrescos. La fábrica tuvo que cerrar y eliminar medio millar de puestos de trabajo (naturalmente, en su mayoría palestinos). En 2018, fué adquirida por PepsiCo.

Los lobbies israelitas en EEUU han apurado vías legales indirectas para enfrentarse al movimiento BDS consiguiendo que algo más de la mitad de los Estados, mediante propuestas legislativas o por decisión ejecutiva de cada gobernador, hayan impuesto a las empresas participantes en concursos públicos cláusulas de rechazo de cualquier práctica discriminatoria que afecte a Israel. No es posible aquí adentrarse por los vericuetos del mundo legal norteamericano, y debe bastar con un brevísimo resumen.

Las iniciativas opuestas al BDS pueden presentar un flanco débil cuando se analizan desde el ángulo de la libertad de expresión –la famosa Primera Enmienda–, cuyo texto y abundantísima jurisprudencia ofrecen siempre resquicios interpretativos a los especialistas. Por eso desde hace algunos meses ha circulado en el Congreso de EEUU una propuesta de ley, la Combating BDS Act, aprobada en cuanto volvieron a abrir las oficinas federales después del “cierre” de comienzos de 2019. Esta ley pretende ofrecer cobertura jurídica plena a los distintos estados que deniegan contratación pública a empresas seguidoras de los principios del movimiento BDS. Su fundamento defiende que la Primera Enmienda protege derechos individuales pero no el ejercicio de prácticas discriminatorias en perjuicio de determinados sujetos de derecho. Por lo mismo, la ley reconoce a los estados el derecho a establecer su propio cuadro de condicionantes a la hora de seleccionar las características que deban reunir sus empresas colaboradoras.

Esta larga introducción corrobora los primeros comentarios de la columna. Problemas de todo tipo, que pueden resultar críticos para el Estado de Israel, aparecen planteados por congresistas (el republicano Marco Rubio lleva años de lucha denodada contra el movimiento BDS) y resueltos ante los órganos superiores de la Constitución de EEUU. Enfrentan a grupos de intereses, con gran publicidad, con el mismo encarnizamiento que caracteriza la lucha por los mercados, y con los necesarios toques de atención a los grupos de ciudadanos que puedan sentirse violentados por la agresividad hacia Israel o por el tratamiento a la población palestina. El apoyo que recibe Israel de la política norteamericana no se reduce simplemente a material militar ni al voto favorable “seguro” ante organismos internacionales. En un sentido importante, forma parte del curso de la vida política norteamericana, aunque nada sea firme en política, como veremos.

Actor principal: Estados Unidos

La política exterior de algunos países medios o pequeños necesita ponerse al abrigo de algún país más grande como protección permanente frente a reclamaciones territoriales o económicas de otras potencias. La relación de EEUU con Israel constituye un ejemplo. Una de las constantes de política exterior que sin duda merece respeto es el firme apoyo a otro Estado, Israel, cuyo nacimiento, prometido informalmente por los ingleses mediante una simple carta (Balfour Declaration, 1917), se produjo a raíz del Partition Plan decidido en las NU (Resolución 181, 1947) y de la victoria armada frente a países árabes opuestos a un simple reparto territorial. En aquella época, Israel recibió una proporción sustancial de reparaciones alemanas, y equipos militares sofisticados que, en los primeros momentos, fueron de origen francés. En todo caso, el nuevo Estado de Israel evolucionó y prosperó como potencia comercial y militar, supo generar valioso apoyo político a partir de las comunidades judías norteamericanas, y con el tiempo, acertó a desarrollar líneas de tecnología militar sofisticada que crearon vínculos muy estrechos, en las dos direcciones, con el complejo de la industria militar norteamericana.

La intensidad de esas constantes puede variar. Aunque la administración de Obama no alteró radicalmente contenidos, es obvio que los dos presidentes tuvieron serios roces en su visión del problema palestino, mientras que el presidente Trump, en este y en otros terrenos, no ha tenido el menor reparo en asegurar su abierta disposición a desprestigiar o deshacer cualquier iniciativa que llevase el nombre de su predecesor, en asuntos de Oriente Próximo y en otros muchos. Ya en el arranque de su presidencia, anunció que un familiar de ascendencia judía, su propio yerno, sería quien se hiciese cargo del expediente Israel en la nueva administración, con la misión de proponer “un acuerdo” conveniente y definitivo, "the deal of the century", en términos tales “que los mismos israelitas no podrían ni imaginar”. Los términos empleados por el presidente son algo desconcertantes, ya que si la propuesta final fuese a “desbordar” las expectativas de una de las partes (Israel), habría que suponer que sería a cambio de “sacrificar” las expectativas de la otra parte (los palestinos). Problema de suma cero, de efectos preocupantes después de ver la naturalidad con que la administración Trump se arroga unilateralmente poderes de atribución internacional de soberanía (caso de los Altos de Golán).

Una cosa es el apoyo incondicional al país amigo, y otra es la adopción de medidas capaces de provocar repercusiones internacionales en un área geopolítica muy sensibilizada por infinidad de agravios, reales o percibidos, y tan castigada por guerras, terrorismo, y el coste humano y económico de interminables crisis de refugiados. El traslado de la Embajada de EEUU a Jerusalén (de lo que ya se hizo eco esta revista) fue una decisión de alto riesgo que hasta ahora carece de seguidores, con la excepción de Guatemala, “premiada” inexplicablemente por el Departamento de Estado con la retirada del presupuesto regular de ayuda. Otro paso significativo ha sido el reconocimiento por EEUU de la soberanía de Israel sobre los Altos de Golán, área de extraordinario valor estratégico, tomada por el ejército israelí en la guerra de 1967 y “anexionada” unilateralmente años después. Ni esta ni aquella anexión han sido reconocidas internacionalmente, como recordaba el Secretario General de las NU en la reciente reunión de la Liga Árabe (Túnez, abril 2019). Poco afectado por estas reconvenciones, el presidente de Israel Netanyahu ha prometido que la figura de Trump será recordada en algún lugar de la geografía de Golán. Conocidos comentaristas en Israel apuntan a otro posible paso, sumamente agresivo, consistente en la anexión de terrenos ocupados por asentamientos judíos, y en último término, incluso de territorios bajo administración de la autoridad palestina. En definitiva, definición unilateral e imposición por la fuerza.

El presidente Trump había señalado que su plan se daría a conocer antes, incluso, de que el reelegido primer ministro Netanyahu, hubiese designado su nuevo gobierno. Parece que algunas resistencias han aparecido que hacen pensar que el "deal of the century" quizá pueda esperar. Curiosamente, en función del calendario musulmán (la referencia ha sido al Ramadán, que este año concluye a primeros de junio).

Otro actor de peso, Rusia

La figura del presidente Netanyahu refleja el prestigio nacional indiscutible de un estadista capaz de inspirar confianza y seguridad a una población que vive las frecuentes tensiones de un entorno hostil. Ideológicamente, la política israelí realizó un giro hacia la derecha desde la época de la segunda intifada (2000), que el presidente supo reflejar hábilmente en la controvertida Ley de Nación-Estado, con cierta inspiración en principios del apartheid y muy poca en los fundamentos liberales del sueño sionista de Ben Gurion. En el terreno puramente personal, su habilidad maniobrera le ha permitido hasta ahora mantener la presidencia a pesar de un crudísimo enfrentamiento con la policía y con la fiscalía del Estado a propósito de varias causas abiertas en los tribunales por prevaricación y corrupción. Es muy posible que alguno de sus socios, aliados de extrema derecha y formaciones ultra-ortodoxas, propongan reponer una ley parlamentaria que hasta hace unos años reconocía la impunidad penal del presidente.

 
 
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