Número 148 - Abril de 2019
 
REPORTAJES
 
El FSB publica datos de 29 países y el agregado de la Unión Europea al cierre de 2017    
     
NO LE LLAMEMOS SHADOW BANKING  
       
 
     
     
     

“DURANTE EL PERIODO 2011-2017 LA PARTICIPACIÓN DE LA BANCA ($150 BILLONES) EN EL TOTAL DE ACTIVOS INTERMEDIADOS ($382 BN) HA BAJADO DEL 45 AL 39,4%. LA BANCA NO HA CAÍDO EN TÉRMINOS ABSOLUTOS PERO SU CRECIMIENTO, DEL 3,5%, ES BASTANTE MENOR QUE EL DE SUS COMPETIDORES”. EL FSB CLASIFICA LA LLAMADA BANCA EN SOMBRA EN TRES NIVELES, Y EL MÁS PREOCUPANTE ($56 BN) ESTIMA QUE CRECE AL 8%, EN ESPECIAL LOS VEHÍCULOS DE INVERSIÓN COLECTIVA ($36,7 BN), QUE LO HAN HECHO AL 12%.

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: RAIMUNDO POVEDA

La banca es por ahora, en todo el mundo, la institución financiera más importante y probablemente la más antigua. Gestiona en exclusiva los depósitos del público, unos instrumentos imprescindibles que exigen la mayor seguridad posible. Esa seguridad, que no es espontánea, la proporciona un pesado aparato regulatorio y supervisor.

No está sola en la intermediación de flujos financieros. Las compañías de seguros y fondos de pensiones pueden alardear de tanta antigüedad como la banca, y soportan su propia carga regulatoria. Tampoco son nuevas las financieras, en sus diversas especialidades. La lista de intermediarios se amplía al compás de las necesidades del público. Los recién llegados, sea por su novedad, sea por no custodiar recursos merecedores de especial protección, no soportan controles prudenciales equivalentes a los de los bancos o las aseguradoras.

La aparición de nuevos intermediarios tiende a reducir el peso relativo de la banca en la intermediación financiera. Esto puede resultarle incómodo, pero es natural e inobjetable, pues proporciona alternativas de financiación, diversifica riesgos, y refuerza la sana competencia (palabras del Consejo de Estabilidad Financiera, FSB por sus siglas inglesas).

Pero hay un peligro. Los nuevos intermediarios tienen sus propios problemas de liquidez y de trasformación de plazos, por excesiva dependencia de la financiación a corto, de riesgo crediticio, por pobre selección de prestatarios, de trasparencia, o de apalancamiento, y pueden sufrir crisis de trascendencia sistémica. No es un problema teórico. La pasada gran crisis financiera obligó a los EEUU a rescatar una gran compañía de seguros con destacada presencia en el aseguramiento del crédito, y a los fondos del mercado monetario, que sufrieron retiradas masivas inatendibles, similares a las clásicas corridas de los bancos. Y es bien conocido el papel de las titulizadoras de crédito vivienda en la potenciación del ciclo inmobiliario americano y en su contaminación por toda la banca occidental. Pocos años antes la Reserva Federal tuvo que organizar un mil millonario y apresurado bail out para LTCM, un hedge fund cuya quiebra amenazaba la estabilidad del sistema. Algunos autores (Rogoff) piensan que la próxima gran crisis financiera no la protagonizarán los bancos sino los nuevos intermediarios.

Ese mundo al parecer poco regulado y poco conocido vino a conocerse como shadow banking, banca en la sombra, banca fantasma (aquí, SB para abreviar). Ese nombre, impreciso y un tanto peyorativo, tiene un gancho mediático del que carecen otros intentos de denominación más objetivos. Lo utilizó el FSB cuando emprendió diversas iniciativas sobre este asunto en 2011.

Preocupaban al FSB los problemas planteados por los intermediarios no bancarios durante la crisis, sin olvidar el desequilibrio de trato entre la parte regulada y supervisada del mundo financiero y la que no lo está, una diferencia que la banca recordaría insistentemente cuando sus controles prudenciales se endurecieron con Basilea III.

La principal aportación del FSB ha sido la obtención y seguimiento estadístico de las cifras manejadas por los intermediarios no bancarios. Para ello ha montado una red de captura de datos en la que participan en la actualidad veintinueve países, y la Unión Europea con datos agregados de su zona. Están todos los grandes países, desarrollados o emergentes, y también algunos pequeños pero especialmente relevantes en estas actividades, como Suiza, las Islas Caimán o Singapur. Con el material obtenido, FSB inició en 2011 unas publicaciones anuales que cuantifican el fenómeno e intentan valorar su problemática. La última entrega se publicó el pasado febrero, con datos ¡ay! de 2017.

Tres definiciones de shadow banking

En este informe el FSB cambia la denominación de su colectivo, aunque no su contenido. La publicación se titula Global Monitoring Report on Non-Bank Financial Intermediation 2018. Es un nombre más técnico, menos emocional, necesario porque SB ya no es tan misteriosa, ni tan libre en sus actuaciones.

La referencia natural de la dimensión de SB es el gran total de activos financieros intermediados por cualquier institución financiera. El FSB lo sitúa en 382.3 billones de dólares a diciembre de 2017, una cifra bruta en la que no se restan los activos sobre otros intermediarios. La banca, con 150,8 billones, es el colectivo de intermediarios financieros más importante con diferencia. Se le pueden sumar dos tipos peculiares de banca, los bancos centrales, con unos 30 billones de activos y en fuerte expansión desde la crisis financiera, y las entidades de crédito públicas, con unos 17 billones. Ese triplete todavía administra más de la mitad (51,8%) de los activos intermediados en el mundo.

¿Son SB todos los demás intermediarios financieros? Sí y no. El FSB se embarca, a partir de aquella cifra de referencia, en una serie de reducciones, buscando el conjunto de instituciones que pueda encarnar mejor sus preocupaciones. A todas esas reducciones les pone nombre. El total sin el triplete bancario, es decir, la versión más extensa de SB, sería MUNFI (por monitoring universe of non-bank financial intermediation), que suma 185 billones.

Las compañías de seguros y los fondos de pensiones totalizan 66,5 billones. Si la nota definitoria de SB es la opacidad, llamar SB a este tipo de entidades no tiene demasiado sentido, pues no actúan en la sombra, ni legal ni supervisora ni estadística. Pero sí generan formas peculiares de crédito (que convierten, por ejemplo, los seguros de vida en instrumentos financieros flexibles), invierten fuertemente en títulos de deuda públicos y privados, y compiten con la banca en la comercialización de activos financieros y en la prestación de servicios de todo tipo, y por las mismas razones: tratar de obtener ingresos complementarios de sus redes y clientes. Tampoco la banca se abstiene de competir con los seguros y pensiones en su terreno, cuando puede.

Excluido el mundo asegurador, queda un residuo heterogéneo para el que el FSB no tiene mejor nombre que “Otros Intermediarios Financieros” (OFI), con activos por 117 billones de dólares. Ese bloque comprende cuatro tipos de fondos de inversión de características y problemática diferentes (los del mercado monetario, los hedge funds, los inmobiliarios y los demás fondos), los prestamistas de dinero (money lenders), los agentes del mercado de valores, los llamados vehículos financieros estructurados (SFV, como las titulizadoras), las trust companies, las financieras, y las CCP (agencias de mediación y contrapartida en el mercado de derivados). La información sobre esas entidades es más escasa, y su regulación y supervisión más erráticas. Ello les aproxima a la idea vulgar de SB.

Pero OFI aún no satisface plenamente al FSB. Por un lado comprende muchas entidades individuales (financieras, agentes del mercado de valores, titulizadoras, etc.) pertenecientes a grupos bancarios, lo que las somete automáticamente a la regulación y supervisión ordenadas por Basilea para los grupos consolidables. Por otro, ciertas clases de entidades se implican relativamente poco en la intermediación crediticia, o lo hacen indirectamente, o se considera que no presentan problemas prudenciales relevantes. Respondiendo en puridad a la idea vulgar de SB, preocupan menos a las autoridades. Por ejemplo, un FIM valorado y rescatado a precio de mercado no plantea, casi, problemas prudenciales, pues los fondistas siempre podrán recuperar lo que entonces valga su inversión (si pierden, es parte aceptada del juego). Pueden ser SB pero no son problema. En cambio un fondo con algún precio de rescate garantizado, como eran los fondos de inversión monetarios (MMF) americanos, sí puede presentar problemas de incumplimiento. Son problema prudencial y merecen mayor seguimiento. (En el primer caso he puesto “casi”, porque una retirada masiva de participaciones en muchos fondos podría llegar a cerrar los mercados, imposibilitando la liquidación de carteras y con ello los rescates de participaciones, algo muy improbable pero no imposible).

Hechas esas dos exclusiones, y excluidos también dos billones de dólares de errores y omisiones producidos en las diferentes agregaciones nacionales de datos, FSB llega a una última delimitación del colectivo a seguir, la versión más preocupante de SB, que presentó en 2017 activos por importe de 51,6 billones. FSB la llama Medida Estrecha (narrow measure).

Medida Estrecha tiene, alternativamente, una construcción positiva, no residual, que aclara su composición. Comprende aquellos OFI que realizan alguna de cinco funciones económicas siguientes: gestionar vehículos de inversión colectiva susceptibles de sufrir “corridas”; suministrar crédito dependiendo de financiación a corto plazo; intermediar en los mercados de valores también con financiación a corto; facilitar la creación de crédito con seguros o avales; y titulizar créditos. La primera función, que incluye MMF, fondos de rentabilidad fija, y fondos inmobiliarios, entre otros, supone más del 70% de la Medida Estrecha.

 
 
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