Número 144 - Diciembre de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
“CUANDO LOS TIPOS ESTÁN A CERO HAY QUE USAR LA POLÍTICA FISCAL PARA INCENTIVAR LA ECONOMÍA”  
       
 
     
     
     
WILLIAM NORDHAUS
 

"EN LOS AÑOS TREINTA NO HABÍA ECONOMETRÍA Y LOS ECONOMISTAS NO PODÍAN DAR NINGÚN CONSEJO EN POLÍTICA MONETARIA O FISCAL. EN LA ÚLTIMA CRISIS LOS ECONOMISTAS PODÍAMOS DAR IDEAS, DECIR COSAS, COMO QUE CUANDO LOS TIPOS ESTÁN A CERO HAY QUE USAR LA POLÍTICA FISCAL PARA ESTIMULAR LA ECONOMÍA. ESO NO QUIERE DECIR QUE NOS HICIERAN CASO. EN EUROPA, POR EJEMPLO, NOS IGNORARON BASTANTE. PERO ESA ES UNA GRAN IDEA EN MACROECONOMÍA. LA GENTE DE OBAMA LA ESCUCHÓ, Y FUNCIONÓ".

   
    Foto: Archivo RC

TEXTO: PABLO PARDO (New Haven, Connecticut)

Soy de Nuevo México, así que tal vez tenga sangre española”, bromea William Nordhaus en una sala de la Escuela de Economía de la Universidad de Yale. El nuevo Nobel de Economía –compartido con Paul Romer, de la Universidad de Nueva York– lleva viviendo más de cuatro décadas en la fría Nueva Inglaterra. ¿Ha cambiado el clima en ese tiempo? ¿O lo ha hecho en los sitios en los que vive su familia, en el desierto, en Santa Fe y Las Vegas, (pero no de Las Vegas de Nevada, la de los casinos, sino de la de Nuevo México, que no llega a los 15.000 habitantes)? “No, en absoluto. El clima cambia más en media hora de lo que ha cambiado en décadas”, replica Nordhaus. “Si no habláramos del cambio climático, nadie se habría dado cuenta de que existe”, concluye.

La observación de Nordhaus es sorprendente. A fin de cuentas, en octubre ganó el Nobel por sus investigaciones sobre el cambio climático. Este economista de 77 años es pionero en la medición del impacto económico del llamado ‘efecto invernadero’, una línea de investigación que empezó a desarrollar en 1975 con su entonces ayudante de investigación, el también Nobel y columnista del ‘New York Times’ Paul Krugman. Nordhaus, pese a su aparente tranquilidad, es el mayor defensor de un impuesto pigoviano (es decir, inspirado en el economista británico Arthur Pigou) que grave las emisiones de CO2 y otros gases que provocan el cambio climático.

Usted es muy pesimista en materia de lucha contra el cambio climático.

Sí. Europa está progresando, pero Europa es una parte relativamente pequeña de la economía mundial y, además, su papel en cuanto a emisiones es limitado. En China no acaba de estar clara su política, aunque parece que están avanzando en la dirección correcta. Y en Estados Unidos estamos retrocediendo.

¿Por qué todos los acuerdos –Kioto, París– han fracasado?

Porque incumplir los acuerdos de emisiones no tiene ninguna consecuencia. Debería ser como el comercio. ¿Por qué los países no imponen más acuerdos comerciales? Por el temor a represalias. A eso se suma otro problema: para mí, el punto uno, dos, tres, cuatro, y cinco en este campo es elevar el coste de las emisiones. O sea, un impuesto. Así es como se crea un sistema que desincentiva las emisiones, que crea un marco jurídico claro, y que permite unos ingresos fiscales estables para los gobiernos, que, a su vez, pueden reducir la presión fiscal en otras áreas de la economía por esta nueva fuente de ingresos. Lo que no me gustan son los subsidios.

¿Por qué?

En primer lugar, porque crean distorsiones e ineficiencia. En EEUU hemos subsidiado el etanol de maíz. Pero el etanol debe ser mezclado con gasolina, y ése es un proceso industrial. Debe ser transportado, lo que además genera emisiones. Antes, el maíz es cosechado por medio de sistemas de agricultura industrial, en los que se usa maquinaria que consume combustibles fósiles. Al final se acaban generando tantas emisiones como al principio.

Por no hablar de la enorme transferencia de renta de las zonas urbanas a las agrícolas, en las que se cultiva el maíz, y que luego votan a candidatos republicanos que dicen, precisamente, que van a cortar el gasto público.

Ese era más un problema antes. Ahora esas subvenciones se han reducido mucho. Pero hay otro factor. Si se subsidia, ¿qué se subsidia? ¿Damos las subvenciones a las energías renovables? Si es así ¿a cuáles? ¿A la industria de la bicicleta? ¿A la del calzado, porque si la gente camina no usa el coche?

Usted ha sido presidente de la Asociación Estadounidense de Economistas, un cargo que ahora ejerce el ex economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, y que va a ir después a Ben Bernanke. Han pasado 10 años desde la crisis financiera, desde su perspectiva ¿qué responsabilidad han tenido los economistas en ella?

Bueno, lo primero es que sabemos que en Estados Unidos hay un declive en la confianza en las instituciones. Esto es algo que lleva pasando desde hace tiempo y, dado que Donald Trump basa su política en denigrar las instituciones, el proceso se ha acelerado. Creo que Obama fue un buen presidente. El que tenemos ahora, no. Ese es un elemento del debate, porque, al denigrar las instituciones, se denigran las instituciones académicas, a las que pertenecen –pertenecemos– muchos economistas, se denigra a los centros de estudio, y también a partes del Gobierno, como la Reserva Federal. Otra cuestión es la relativa a la ética...

¿Otra cuestión? ¿A qué se refiere?

Ahí yo creo que antes de la crisis sí había problemas serios. Los investigadores eran, por decirlo suavemente, ambiguos, y no desvelaban claramente sus conflictos de intereses como, por ejemplo, ser consultores de instituciones financieras privadas que tenían un interés económico en el resultado de sus investigaciones. Creo que eso es algo que hemos mejorado. Hoy en día hemos garantizado que en las revistas científicas no se oculten los conflictos de intereses. Y luego está el elemento político. A los republicanos no les gustaban las políticas de Obama porque era demócrata. Y de ahí vino su rechazo a su paquete de estímulo económico y a la política monetaria de la Reserva Federal. Pero yo creo que eso es una posición política, ayudada, en parte, por la ignorancia. Estoy seguro de que muchos republicanos del Congreso no saben cómo funciona la Reserva Federal.

Otro elemento es lo que su colega de Harvard Dani Rodrick llama “mathiness” (la “matematicidad”), que viene a ser el uso exagerado de modelos matemáticos para explicarlo todo, para así tener apariencia de rigor científico.

Bueno… ¿quiere que vayamos a la década de los treinta, cuando no había Econometría y los economistas no podían dar ningún consejo en política monetaria o fiscal? En la última crisis los economistas podíamos dar ideas, decir cosas como que, cuando los tipos están a cero, hay que usar la política fiscal para estimular la economía. Eso no quiere decir que nos hicieran caso. En Europa, por ejemplo, nos ignoraron bastante. Pero esa es una gran idea en Macroeconomía. La gente de Obama la escuchó. Y funcionó. No todo el mundo en Economía está obsesionado con las matemáticas o la Econometría. Pero las matemáticas son una excelente herramienta.

Usted también defiende la idea de los precios hedónicos.

Por supuesto.

Eso le llevó a defender los resultados de la Comisión Boskin (que toma su nombre del ex asesor de George Bush ‘padre’, Michael Boskin), que en 1995 decidió que la inflación en Estados Unidos era más baja que lo que decían las cifras oficiales porque no tomaba en consideración la mejorías de calidad derivadas de los avances tecnológicos en áreas como, por ejemplo, los ordenadores.

Sí, estábamos teniendo medidas absurdas de los precios. No estábamos midiendo, por ejemplo, el aumento de la velocidad de los ordenadores.

Para algunos, es solo una forma de recortar la revalorización de las pensiones o de los salarios. Además, siempre se cita el aumento de la productividad en los ordenadores o en los teléfonos móviles. Pero la fontanería, la construcción de viviendas, o incluso los medios de transporte – coches, trenes, aviones – apenas han tenido avances tecnológicos. Y la electrónica es muy importante. Pero la fontanería lo es todavía más.

Eso nos lleva a otra cuestión: ¿Deberíamos emplear índices de precios diferentes para revalorizar las pensiones u otro tipo de prestaciones sociales? Esa podría ser una opción, pero yo creo que emplear los precios hedónicos en toda la economía es mejor. Además, hay un problema adicional: los impuestos se ajustan a la inflación; si los precios que se emplean para ajustar, por ejemplo, las retenciones, suben más despacio que los precios que se emplean para subir las jubilaciones, el sistema de pensiones puede encontrar más problemas que los que ya tiene para autosostenerse.

 
 
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