Número 160 - Mayo de 2020
 
REPORTAJES
 
   
     
CONTAR LOS DAÑOS      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
ENRIQUE BADÍA Y LIBERAL, ENSAYISTA
 

"EL RECUENTO DE DAÑOS ACARREARÁ DELIMITACIÓN DE RESPONSABILIDAD. NI DESCALIFICACIONES GENÉRICAS NI AUTOCOMPLACENCIA DESMESURADA. ESTA SOCIEDAD MERECE EXPLICACIONES CLARAS, SOLVENTES Y CREÍBLES".

 
   

Además de ir restableciendo la normalidad -veremos cuál-, llega la hora de contar los daños: los de verdad, coincidan o no con la propaganda que, a uno y otro lado, ha rebasado no pocos límites durante las largas semanas de interrupción. Pandemias ha habido muchas a lo largo de la historia, pero lejanas. Ésta ha surgido en un contexto en que la mayoría estaba convencida de que no podía pasar; se consideraba incompatible con el potencial científico alcanzado… estábamos discutiendo si iba superar los 100 años de vida la actual o la próxima generación. Conviene, pues, frenar la lógica tentación de prever o especular. Pronosticar requiere datos, referencias y antecedentes de los que echar mano, pero no hay. Para ir trazando un balance, en cambio, hay materia. Ha bastado la propagación inadvertida de algo cuyo tamaño se mide en minúsculos nanómetros1 para poner patas arriba el planeta. La primera víctima ha sido el sentimiento de invulnerabilidad. Se han constatado vulnerables las personas -unas más que otras-, las sociedades, el sistema… todo cuanto se creía afianzado y en cierta medida garantizado hacia el porvenir. No es que la incertidumbre se haya instalado de nuevas, pero la poca o mucha de cada uno se ha multiplicado en un par de semanas, elevada a miedo e inquietud. Salir de esto no será fácil. Acudiendo al símil médico, para que una terapia tenga posibilidades de éxito debe partir de un diagnóstico certero y atinado del mal. Uno de los dramas que han confluido para perfilar la peor evolución de la pandemia ha sido la falta de conocimiento sobre la enfermedad: un obstáculo decisivo para aplicar desde el principio un tratamiento eficaz.

El recuento de daños acarreará delimitación de responsabilidad. Sostener que no ha fallado nada, o que ha fallado todo, está siendo causa de otro gran estropicio que lega lo que acaba de pasar: se ha esfumado parte de la -ya erosionada- confianza que los ciudadanos muestran hacia las instituciones y los políticos que las dirigen o aspiran a dirigirlas. Además de los errores concretos en que cada quien haya incurrido, se han apreciado vergonzantes propósitos de aprovechar la coyuntura para desgastar al adversario. El espectáculo de unos arrojando muertos y contagiados contra los otros ha sido, si no lo más dramático, sí de lo más deplorable que ha tocado presenciar; aún peor será que haya reducido el escaso margen evidenciado para cerrar acuerdos y aunar esfuerzos, cara a afrontar todo lo difícil que está por venir. Dada la magnitud de lo ocurrido, el escapismo no se puede tolerar. Todos, los que han estado enfermos, asintomáticos, acojonados, confinados y sobre todo quienes han perdido a un ser querido, merecen, tienen derecho a que se les explique qué se ha hecho mal, quién se ha equivocado y por qué. Lo reclama también el serio destrozo causado a la economía o, citando un hecho tan incomprensible como singular, lo exigen los alrededor de 30.000 sanitarios, tanto víctimas como involuntarios propagadores del maldito virus. En el fondo, dejar claro y justificar por qué se eligió actuar de este modo y no de otro.

Más que descalificaciones genéricas o autocomplacencia desmesurada, lo que esta sociedad merece es explicación clara, solvente y creíble para despejar todas las incógnitas que se han suscitado. Tan cierto como que el virus no ha discriminado fronteras para extenderse, es que ha habido relevantes distinciones en el balance de su impacto, país a país. El citado récord de propagación en la red sanitaria, la hecatombe en las residencias de ancianos, los dispares índices de contagios y mortalidad por habitante, y el efecto contraproducente de algunas medidas deben ser aclarados como requisito...

 
 
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