Número 154 - Noviembre de 2019
 
REPORTAJES
 
   
     
LA CLASE MEDIA EUROPEA SE MUDA AL ESTE      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
CARLOS BALADO, DIRECTOR GENERAL DE EUROCOFIN
 

UNA EMPRESA QUE NO CONECTE CON LA CLASE MEDIA NI SERÁ DIGITAL NI SERÁ SOSTENIBLE, POR MUCHO QUE TODO ELLO SE FORMULE ASÍ EN UN DISCURSO VOLUNTARISTA.

 
   

No hay empresa que no quiera crecer, que no quiera vender más, que no desee aumentar sus beneficios. Probablemente la mayor parte del tiempo de los consejeros de las compañías, descontado el consumido para abordar específicamente los asuntos regulatorios (que es habitualmente alto) se utiliza para analizar cómo conseguirlo. Aunque no se formula nunca en estos términos, el fin último de las compañías es alcanzar a las clases medias. Esta es una aspiración que se repite en todos los países, sobre todo en Europa, donde la base de la construcción europea, de una sociedad estable y democrática, es la clase media. Precisamente la falta de protección de este grupo social en los tiempos de globalización y disrupción digital, propició que ese discurso populista y antiglobalización, propio de sociedades cerradas, se extendiera. Una empresa que analiza los mercados en busca de ese público objetivo se encuentra ante una realidad inexorable, si Europa era el 30 por ciento del PIB a comienzos del siglo pasado, hoy es menos del de 20 por ciento y descendiendo. Solo China ya es el 15 por ciento y supera a la UE en paridad de compra. Está claro que Europa no va a imponer su hegemonía en el mundo, probablemente tampoco sea necesario, pero el problema es que sean otros los que marquen ese destino.

Con el fin de saturar las heridas de las guerras que dividieron el continente europeo, se creó el Estado del Bienestar como un medio para integrar a la clase trabajadora. A partir de esta base, y de la combinación entre ese concepto asistencial de lo público y la relevancia del ahorro en el ámbito privado, la clase media crece con fuerza a finales de la década de los años 40 y 50. Sin embargo, las tensiones de hoy, aunque son muy diferentes a las de entonces, ponen de manifiesto una encrucijada histórica: el riesgo de no saber responder a las tres cuestiones que hoy presionan a la clase media y que son catalizadas por opciones políticas extremistas. La primera, mantener el crecimiento económico en un contexto de duras condiciones competitivas por la disrupción tecnológica. La segunda, que lo anterior se pueda producir sin dañar las bases de la solidaridad y la cohesión social; y la tercera, conseguirlo bajo las reglas y las instituciones democráticas. La suma de la tres obliga a un nuevo contrato social de carácter continental para “europeizar”, como dice Lamo de Espinosa, a esa población. Esta tarea es ampliamente respaldada por la clase media.

En contra de los lugares comunes que se leen y oyen, los hechos son otros. La confianza de los ciudadanos en la gobernanza de la UE, incluso en los tiempos de la crisis, nunca ha bajado del 60 por ciento, según el Eurobarómetro. En 2019 es del 68 por ciento, es decir, la UE no recibía tanto apoyo de sus más de 500 millones de europeos desde 1983. En el caso de los españoles, el porcentaje es mayor, un 75 por ciento estima que la UE ha sido beneficiosa para el país. Ahora bien, un 56 por ciento de los españoles cree que la UE no va en la buena dirección, pero este porcentaje se eleva al 68 por ciento cuando se le pregunta por el rumbo que lleva España. Por tanto, la confianza en los partidos políticos y también en la política interna es baja; pero no se cuestiona el qué, es decir, el parlamentarismo europeo, sino el cómo, las medidas que adoptan, o más bien que no adoptan, los parlamentarios electos. La clase media quiere, y así se recoge en los Eurobarómetros, una influencia decisiva de la UE que se corresponda con su potencia comercial, número uno mundial, económica y monetariamente. Su peso y compromiso con la solidaridad, también número uno, con el 65 por ciento de la distribución mundial de la ayuda al desarrollo. Quiere que ejerza como gran potencia global, haga notar sus intereses económicos y estratégicos y que se distinga de otras potencias globales, como Estados Unidos, China o Rusia. En definitiva, la ciudadanía apoya una UE que proteja en una sociedad abierta.

 
 
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