Número 152 - Septiembre de 2019
 
REPORTAJES
 
   
     
LA POLÍTICA MONETARIA, OBLIGADA A SOBREACTUAR      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN PEDRO MARÍN ARRESE, , ECONOMISTA JEFE PARA ASIA PACÍFICO DE NATIXIS E INVESTIGADORA EN BRUEGEL
 

ANTES, A LOS BANCOS CENTRALES LES BASTABA LA PALABRA PARA MOVER LOS MERCADOS. HOY SE VEN OBLIGADOS A EMPLEAR TODA SU POTENCIA DE FUEGO PARA COSECHAR MODESTOS RESULTADOS.

 
   

Hasta hace poco, les bastaba con la palabra a los banqueros centrales para mover a los mercados en la dirección deseada. Especialmente, si dominaban una retórica mezcla de meras insinuaciones y expresiones ambiguas o ambivalentes, habilidad que desarrolló Alan Greenspan hasta convertirla en todo un arte. Sin esfuerzo aparente alguno, sin recurrir a utilizar las armas de su arsenal, se alcanzaban los objetivos. Ahora, la situación es bien distinta. Se ven obligados a disparar con toda su potencia de fuego para cosechar modestos resultados. Se objetará que Draghi con sólo comprometerse a defender al euro por todos los medios, consiguió en agosto de 2012 frenar la sangría que amenazaba con dislocar la divisa europea. Cierto. Pero, pocos reparan que lo que cortó de raíz esta caída en picado fue el brusco cambio de rumbo imprimido por los especuladores más avisados. No existe mejor antídoto en estos casos que observar cómo pierden hasta la camisa quienes se empeñan en seguir apostando por un caballo perdedor. La afirmación del presidente del BCE fue la espoleta, pero la carga estaba madura y lista para explotar. No cabe confundir el movimiento pendular que adopta la especulación de altos vuelos, siempre atenta al menor síntoma que le sirva de excusa para pillar a contrapié a la masa de los incautos, con el movimiento de fondo de la economía que constituye la ratio ultima de la política monetaria.

Que se requieren en la actualidad enérgicas actuaciones de los bancos centrales para pretender ejercer algo de influencia, resulta obvio. El BCE, sin ir más lejos, pese a inyectar ingentes dosis de liquidez no ha logrado acelerar de forma significativa el ritmo de crecimiento, al esterilizarse en buena medida la masa de dinero primario generada. Al otro lado del Atlántico, la Reserva Federal nunca consiguió convencer a los inversores de la seriedad de su propósito de elevar sustancialmente los tipos. Los mercados no se dejaron impresionar por los pronósticos del FOMC en torno a un encarecimiento sustancial de los fondos federales en un horizonte cercano. Es más. Se inclinaron por desafiar la tan cacareada normalización monetaria, reduciendo paulatinamente las tasa de interés a largo como muestra palpable de su desconfianza en la futura capacidad de la Fed para operar subidas apreciables en sus tasas de referencia. Si los tipos a diez años se recuperaron con fuerza inmediatamente después de la gran crisis financiera, como reflejo de un sentimiento de próxima vuelta a la normalidad, la prolongación de las perspectivas negativas y el recurso a la heterodoxia monetaria, desinflaron de inmediato esta primitiva reacción. Desde entonces, los intereses a largo no han frenado su caída, pese a las subidas acometidas por la Fed. El ejemplo estadounidense, al constituir el intento más elaborado de vuelta a una terapia convencional tras experimentar remedios extremos de reanimación del paciente, muestra mejor que cualquier otro las dificultades que afrontan hoy en día los banqueros centrales.

La actual incertidumbre generada por una contienda comercial errática e impredecible, ajena a toda buena práctica en la resolución de diferencias, explica en gran parte el desplome de las expectativas y el clima generalizado de pesimismo. Circunstancias que se traducen en una inversión de la curva de tipos, anunciadora de un riesgo marcado de desaceleración global. Un factor que amplifica la marcada tendencia de los mercados por decantarse decididamente a favor de un horizonte de bajos tipos. Una propensión bien enraizada mucho antes de que Trump iniciara su particular cruzada, llamada a permanecer aunque cesaran las hostilidades. No resulta difícil encontrar una respuesta a este fenómeno. Basta con aplicar el consabido principio de Arquímedes. La liquidez existente desplaza tal volumen que resulta escasamente creíble cualquier intento de endurecer las condiciones crediticias a menos de vaciar antes la bañera. Iniciativa que no se antoja nada verosímil, ni siquiera migrando a un futuro bastante alejado. Ya no cabe imaginar bruscos frenazos como los imprimidos por Paul Volcker para parar en seco la inflación que siguió al desmoronamiento del sistema de Bretton Woods. Entre otras razones, por la ausencia total de signos anunciadores de recalentamiento.

 
 
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