Número 148 - Abril de 2019
 
REPORTAJES
 
   
     
CATALUNYA… ¿PA' CUÁNDO?      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
ENRIQUE BADÍA Y LIBERAL, ENSAYISTA
 

AFLORAN TIMIDAMENTE ALGUNAS IDEAS PARA INTENTAR "PERGEÑAR ALGO PARECIDO A UNA SALIDA" A ESTE "POSO COMPARTIDO DE DECEPCIÓN, CON INGREDIENTES DE HARTAZGO".

 
   

Debería estar en primer plano de la agenda operativa… pero no aparece. Sea por falta de ideas, por temor a contraer excesivos riesgos, quizás por voluntad escasa o por convencimiento de que no tiene solución, la superación del contencioso catalán no está. Porque estar no es seguir contraponiendo unilateralismo inútil, de un lado, y exclusivo recurso al 155 de la Constitución, del otro. La realidad discurre y se percibe enquistada, cada vez más lejos de resolución. El inconveniente es que tiene costes, sean o no difíciles de evaluar. Los padece la sociedad catalana, no solo los independentistas, también afectan al conjunto de España, siquiera en términos reputacionales; esos que, antes o después, acaban traducidos en pérdida de oportunidades de progreso, riqueza, bienestar y prosperidad. Las posiciones, a juzgar por su expresión pública, parecen monolíticas e inamovibles, pero… ¿lo son? Bajo la superficie, las sensaciones no son las mismas que en el convulso otoño de 2017. Aunque la radicalización y el enroque sigan dominando su relato, en las filas del independentismo empieza a germinar la convicción, quizás resignada, de que toca buscar una salida que acabe con el tenso impasse. Podría, solo podría coincidir con lo que tienden a pensar algunos responsables políticos del Estado, pero tal coincidencia choca con un enorme obstáculo: ¿cuál es la fórmula? O, visto de otra manera, ¿existe alguna que pueda, si no satisfacer a ambas partes, al menos salvar la cara ante sus respectivas parroquias? Si existe, hasta ahora nadie la ha verbalizado, expuesto o puede que siquiera dado con ella.

A cuantos lo han jugado todo o casi todo a la carta de desgajar del Reino de España una futura República les resulta poco menos que imposible echarse atrás. Hacerlo les supondría desaparecer del primer plano y, en no pocos casos, tener que soportar hasta una suerte de exilio interior. De modo que, aun habiendo perdido la fe en ella o constatado que roza lo imposible, la vía unilateral se ha erigido en una forma de vida, mejor de supervivencia política. Abandonarla los abocaría –piensan- a la irrelevancia o quizás algo peor. Al punto que algunos han elegido reclamar, cuasi exigir al Estado que facilite una salida digna a la que han organizado, inhibidos de cualquier tipo de responsabilidad. Sin apenas traslación pública, comienzan a denotar síntomas de cierto cansancio ¿acaso preludio de convicción de que lo actual deriva de una acumulación de errores de estrategia y percepción? Sus pronunciamientos más que exaltados no significa que no barrunten, de momento sotto voce, que el Estado debería ofertar cuanto antes una salida que les permita mantener el tipo ante el sinnúmero de movilizados en pro de la separación. En frase gráfica de un veterano líder, hoy alejado de responsabilidades, sacar al genio de la botella fue fácil… lo complicado es volver a meterlo, por lo que hará falta un nuevo recipiente para que pueda entrar.

Sería, con todo, arriesgado e irreal interpretar que se está reduciendo el amplio apoyo a quienes mantienen la apuesta unilateral. Siguen fiando casi todo a la fragilidad del ejecutivo central, confundiéndolo con el Estado, sin asumir que éste va más allá. El credo secesionista sostiene que debilitar las instituciones abrirá un camino para colmar sus aspiraciones, probablemente mediando la tan ansiada internacionalización. La pauta continúa marcada por Carles Puigdemont que, se entienda o no, maneja los hilos con mano de hierro desde su exilio en la belga Waterloo. Es cierto que se aprecian grietas, pero ahí está la confección de las candidaturas al Congreso, de las que han sido apeados los dialogantes que decidieron apoyar la moción de censura y hacer presidente a Pedro Sánchez, en contra del criterio del ex president, como síntoma añadido del camino a futuro. Algo que, dependiendo de cómo quede configurado el próximo Congreso de los Diputados, puede dificultar –no poco- cualquier intento de investidura. Y, aunque distinta en el fondo, no acaba de materializarse la estrategia alternativa hacia una eventual normalización que se atribuye a Esquerra Republicana (ERC), con Oriol Junqueras a la cabeza, un político de raíces pragmático-jesuíticas que, conviene recordarlo, pudo irse, pero no se fue. De momento, nadie quiere asumir el riesgo de perder posición. Está, por cierto, sin escribir el recorrido de Convergencia i Unió (CiU) desde el catalanismo moderado al independentismo radical. Algo ha descrito Duran Lleida en sus recientes memorias, pero de forma incompleta y lógicamente parcial desde la perspectiva de la disuelta Unió. Resta por descubrir nada menos que los cómo y porqué del viraje del estamento dirigente de la sociedad catalana que da soporte, no solo financiero, al partido creado por Jordi Pujol. O cómo una parte del empresariado coopera y suscribe la vía unilateral que, entre otras cosas, pone en riesgo sus principales mercados y la pertenencia a la Unión Europea (UE). Y, en fin, qué cúmulo de factores han determinado que el poco más o menos 20 por 100 que se mostraba partidario de separarse de España en 2010 pasó a ser alrededor del 45 por 100 un lustro después. Claro que quizás lo más interesante sería expurgar a fondo las razones por las que, pese al evidente punto muerto en que ha devenido el procés, ese último porcentaje permanece cuasi inamovible según los últimos sondeos. Puede –es una hipótesis plausible- que una parte de la sociedad catalana otorgue representatividad política a los líderes independentistas como la mejor manera, si no de obtener una independencia que ya han asumido sería costosa, sí de proteger los intereses de Catalunya ante los demás poderes del Estado; también de evitar la victoria del sentimiento anticatalán que demasiadas voces proestatales exhiben, reforzando el relato victimista que alimenta el procés. Cuestión de dignidad.

Está por medir en las urnas el sentimiento de engaño o frustración en que puedan haber caído sectores independentistas, pero no menos en qué medida pueda estar inquietando el sesgo antisistema de algunos de sus apoyos y, en particular, las acciones de los llamados Comités de Defensa de la República (CDR), alguna vez alentados desde la propia Generalitat, o la violencia de grupos como Arran, rama de las Candidaturas de Unidad Popular (CUP). Algo que aparentemente no ha hecho hasta ahora la un tanto agresiva discriminación practicada hacia quienes no comparten el objetivo de la secesión. Indicio de por dónde discurren las cosas puede ser la lectura que los ámbitos más militantes están dando al juicio abierto en el Tribunal Supremo: policías, guardias civiles y funcionarios que exageran, abogados defensores limitados por una sala de particular dureza y comprensión hacia unos encausados que niegan ante los jueces la profundidad y alcance de la DUI con cuya ilusoria plasmación movilizaron a los suyos a partir de la Diada de 2012. En la mitad no independentista tampoco falta variedad. Los que creen como solución aplastar al independentismo, incluso apostando por algunas formas de recentralización, son minoría, pero los hay. Mayoritaria, en cambio, se percibe una posición favorable a una pertenencia a España distinta, que dedique mayores y mejores inversiones estatales al territorio –no pocos han comprado la tesis nos roban-, pero sobre todo con una fórmula de financiación que reduzca, aun sin eliminarla del todo, la miríada de subvenciones a otros territorios del Estado, con límites temporales a la solidaridad, tasados y cuantificados más o menos replicando el marco que rige en la UE para los Fondos de Cohesión. Entienden que urge articular un nuevo encaje de Catalunya en España que acabe con los seculares agravios sentidos por una mayoría de la población. Unos y otros reprochan, en fin, a los poderes del Estado no haber actuado con mayor contundencia, sintiéndose indefensos y, sobre todo, desasistidos frente a la presión independentista que acumula rechazo, intolerancia y discriminación frente a lo despectivamente considerado español.

 
 
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