Número 147 - Marzo de 2019
 
REPORTAJES
 
   
     
TRAS LAS ELECCIONES: ¿HABRÁ GOBIERNO… QUÉ GOBIERNO?      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
FERNANDO GONZÁLEZ URBANEJA , DIRECTOR DE CONSEJEROS
 

SI YA RESULTÓ FALLIDA LA XI LEGISLATURA TRAS LAS ELECCIONES DE DICIEMBRE DE 2015, EL GOBIERNO PROVISIONAL DE SÁNCHEZ PODRÍA EXTENDERSE HASTA LA ETERNIDAD.

 
   

Sobre la España de 2019 se ha precipitado un tornado electoral sin precedentes. En el corto espacio de cuatro semanas los españoles podrán colocar en, al menos, cinco urnas otras tantas papeletas con sus preferencias electorales para componer Congreso, Senado, Parlamento Europeo, Ayuntamientos, Cabildos y buena parte de los Parlamentos autonómicos. Supercita electoral de primavera que volteará buena parte de la estructura del Estado. Hace tres meses (Consejeros nº 144, diciembre 2018) les proponía una lista de riesgos para 2019 (incertidumbres políticas e inestabilidad institucional) y señalaba: “en mayo elecciones municipales, autonómicas y europeas y en cualquier momento (probablemente marzo) generales… la política española ha entrado en fase de inestabilidad e imprevisibilidad”. En esas estamos. Las generales serán en abril, no en marzo, que tanto da. Y en vísperas de la supercita las incertidumbres son mayúsculas. Casi nada es seguro. Desde 2014 (últimas elecciones europeas) el mapa político y social de España (y de muchos otros países liberales, democráticos) está en crisis, alterado, en búsqueda de nuevos equilibrios improbables. El bipartidismo imperfecto que caracterizó las diez primeras legislaturas de la democracia (de 1977 al 2014) ha dado paso a un pluripartidismo asimétrico, con partidos constitucionales y otros que hacen lecturas alternativas de la Transición y de la Constitución y que simpatizan con otros modelos de Estado que van del centralismo a la confederación; que recelan del europeísmo y que cuestionan el sistema de monarquía parlamentaria y constitucional con un Rey como jefe de Estado sin poderes efectivos.

El precedente de 2016-17. La XI legislatura (2016), salida de las elecciones de diciembre de 2015, resultó fallida. Llegaron a constituirse las cámaras, con mucha emoción, conforme a los plazos y trámites preceptivos, pero el Congreso no fue capaz de investir al Presidente del gobierno. Los partidos no fueron capaces de pactar la investidura, con un intento fallido y la insólita renuncia a intentarlo del candidato ganador. Ni una brizna de política de Estado, de estrategia democrática, solo cálculo táctico partidista. Rajoy estiró seis meses un gobierno provisional estéril que debía haber durado dos meses. Las forzadas elecciones en julio de 2016 (XII legislatura) dibujaron otro mapa con muy pocos cambios, para llegar a una agónica investidura de Presidente de gobierno en diciembre (tras una profunda catarsis en el Partido Socialista) evitando una nueva convocatoria electoral que amenazaba con inquietante abstención. Rajoy consumió otros seis meses de gobierno provisional hasta conseguir la investidura merced a la abstención del primer partido de la oposición (PSOE), y gracias a una alianza de mínimos con Ciudadanos, partido al que el presidente Rajoy no otorgó la más mínima oportunidad y consideración. Despreció a sus socios desde el primer minuto, ni siquiera disimuló su desdén. El Partido Popular pudo haber abierto su propia crisis y renovación tras los sucesivos fracasos electorales (perdieron tres millones de votos) pero el señuelo del poder inmediato, de seguir en el gobierno, con cargos y nóminas, retrasó al crisis, que llegó por causas externas. Rajoy compuso un gobierno monocolor, débil, sin proyecto, agobiado por los casos de corrupción que entraban en fase de sentencias, y acosado por la crisis catalana, por el “procés” que desbordó el marco constitucional, precisamente por la debilidad del gobierno de España. Con un gobierno firme, con convicciones, el “procés” no hubiera despegado. Pero despegó y arrastró al país a una crisis adicional, precisamente cuando la recuperación económica aportaba oportunidades para hacer frente al desgarro social, a las desigualdades acentuadas por la crisis, y a las ansiedades que las nuevas tecnologías y la globalización desazonaban a buena parte de la ciudadanía, a los que se sentían perdedores de los cambios y la crisis. El año 2016 fue perdido, malgastado, con un gobierno provisional sin autoridad ni proyecto; se conformaron con durar, ni buscaron aliados ni se propusieron una renovación que sus bases (no solo Aznar) pedían a gritos. Rajoy fue investido presidente y gobernó (?) al viejo estilo, comprando votos (del PNV) para aprobar, a destiempo, los Presupuestos 2017 renunciando a principios, sin proponer nada, sin contener el “proces”, y abriendo un boquete en su propio electorado que no comprendía la inapetencia y la incompetencia del presidente. Rajoy fue despedido de forma fulminante en junio de 2018 con una moción de censura que nadie había imaginado. Ni se enteró de lo que se le venía encima, ni reaccionó, no hizo nada. Llegó el nuevo gobierno para la misma XII legislatura, con Sánchez a la cabeza, un gobierno tan débil como el anterior, sin alianzas parlamentarias de fuste, bien envuelto por el marketing del “gobierno bonito”, pero con corto recorrido, no ha llegado a nueve meses. En un plazo inferior a tres años se ha agotado la legislatura más convulsa de la historia democrática, desembocando en unas elecciones que se presentan muy inciertas.

Incierta investidura. ¿habrá gobierno? La primera incógnita que habrá que despejar tras las elecciones del 28 de abril deberá responder y despejar la pregunta: ¿habrá gobierno? Lo que dibujan las encuestas es un mapa parlamentario más fragmentado que el anterior e igual de polarizado y confrontado. Las líneas, siquiera de puntos, entre los líderes y los partidos, esas que hacen posible los consensos, están borradas; las incompatibilidades no solo entre extremos, también en la zona central, complican las inevitables alianzas. En política los contadores tienden a ponerse a cero cada poco tiempo, abundan las prescripciones y los olvidos, de manera que las declaraciones contundentes de un momento se disuelven en agua al poco tiempo. El testimonio más elocuente en ese sentido lo dio la vicepresidenta Carmen Calvo hace pocas semanas cuando distinguió ante los periodistas entre las afirmaciones de Pedro Sánchez como secretario general del PSOE y Pedro Sánchez como presidente del gobierno. ¿Serán dos seres distintos legitimados para la incoherencia? Si fue muy difícil alcanzar la investidura durante las dos legislaturas anteriores (2015 y 2016) no será menos complicado en la próxima. Sobre todo porque apenas han cambiado los personajes (Casado por Rajoy); ha aparecido una nueva fuerza política VOX que ha radicalizado los discursos; y la evolución del “procés” independentista ha complicado las estrategias y las alianzas. De manera que no hay que descartar que la duración del gobierno provisional de Sánchez llegue a superar la de Rajoy y se aproxime a la experiencia belga: más de un año sin gobierno. Para complicar la situación, el sistema político español carece de plazo para iniciar el proceso de investidura, que es la condición necesaria para que corra el plazo de disolución de las cámaras. El gobierno provisional podría extenderse hasta la eternidad si nadie acepta la oferta del Rey para lograr la investidura. ¿Inverosimil? Ya hemos conocido más situaciones que parecían inverosímiles hasta que ocurrieron. Un factor nuevo que complica los calendarios es que un mes después de la primera cita en las urnas está convocada otra: autonómicas, municipales y europeas, que acentuará las tensiones entre los partidos y bloqueará las negociaciones para la investidura. A partir de junio, con los resultados de todas las elecciones conocidos, empezará una “supernegociación” a varias bandas entre todos los partidos. La alianza razonable y posible en un ámbito territorial (ciudad o autonomía) puede ser inviable a nivel nacional, y al revés, lo cual puede bloquear todos los acuerdos.

 
 
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