Número 146 - Febrero de 2019
 
REPORTAJES
 
   
     
UNOS PRESUPUESTOS DISEÑADOS PARA NO EJECUTARSE      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN PEDRO MARÍN ARRESE, , ECONOMISTA JEFE PARA ASIA PACÍFICO DE NATIXIS E INVESTIGADORA EN BRUEGEL
 

DESDE HACE AÑOS, LAS CUENTAS DEL ESTADO SE LIMITAN A ERIGIRSE EN UNA VASTA CAJA DE COMPENSACIÓN DE CCAA Y AYUNTAMIENTOS, AMÉN DE CUBRIR GASTOS OBLIGATORIOS.

 
   

Es hora de realizar una lectura desapasionada de los Presupuestos presentados por el Gobierno. Han merecido desde gruesas descalificaciones a ditirámbicos elogios. Unos vaticinan la ruina inminente de nuestra economía de ponerse en práctica. Otros predican que blindará el Estado del Bienestar, virtud curativa que figura en su prospecto o Libro Amarillo. Cuando las opiniones tanto difieren y se formulan de forma tan tajante, no cabe aspirar a encontrar la verdad en una zona equidistante. Solo buceando en las cifras, podremos efectuar un diagnóstico mínimamente objetivo.

Obviamente, el debate no ha superado el umbral de las meras generalidades y eslóganes preconcebidos. Sin duda, por las serias dudas de que las cuentas superen la admisión a trámite, apostándose más bien por su devolución al corral sin más preámbulo. Que resultará tarea harto difícil recabar suficientes apoyos, no resulta secreto alguno. En gran parte, por razones por completo ajenas a consideraciones presupuestarias. Desde el legítimo propósito de forzar una convocatoria de elecciones hasta el chantaje ejercido por los soberanistas para influir en el juicio de algunos de sus más significados dirigentes. Dicho esto, no cabe olvidar que el rechazo exigiría un voto mayoritario de la Cámara baja, uniendo bajo idéntica bandera a partidos situados en las antípodas. Por mucho revés que pudiera representar la correspondiente devolución, un escenario así otorgaría al Ejecutivo granada munición para reprochar a la Oposición que sabotee las ventajas sociales que incorporan las cuentas para millones de votantes. Desde pensionistas a funcionarios, pasando por los perceptores de las más bajas rentas. Eso, sin contar con el riesgo de unas elecciones a la vuelta de la esquina que no todos ansían. Resulta, pues, bastante más probable de lo que se piensa, que se obtenga luz verde para discutir los Presupuestos. Otra cosa es que puedan aprobarse en el actual contexto, caracterizado por serias dificultades tanto en las formaciones que, a priori, apoyan al Gobierno como en algunas de las que aspiran a sustituirlo.

Hasta la fecha, quienes se han pronunciado más abiertamente sobre las cuentas son el Banco de España y el organismo independiente encargado de velar por la disciplina presupuestaria. Ambos, especialmente Hernández de Cos, reprochan el escaso realismo con que se han estimado los ingresos. Rasgo que, cabe recordar, arrastran todas las cuentas presentadas desde el inicio de la crisis. Si durante la fase previa de sucesivos superávits, Solbes se esforzó en minimizar el margen presupuestario para evitar derroches, todos sus sucesores se han visto obligados a cuadrar las cifras hinchando las previsiones de recaudación. Constituye el único remedio, desde que se inventara la contabilidad por partida doble allá en la Italia medieval. Por lo demás, resulta siempre un socorrido subterfugio, dada la naturaleza estrictamente estimativa de los ingresos. Que la Comisión Europea haya emitido un dictamen de doble lectura en nada extraña. Su capacidad de crítica se encuentra comprometida por el afán de no incorporar elementos añadidos de preocupación a un panorama que se antoja especialmente delicado desde que Italia se echó al monte. Lo que de verdad cuenta es el epígrafe de gastos, pues la esencia intrínseca de los presupuestos reside en la autorización para gastar hasta el techo consignado en cada partida. Por eso, limitar el examen a la escasa fiabilidad de las fuentes previstas de financiación, no pasa de constituir un fácil recurso. En materia de déficit, en última instancia, lo auténticamente relevante reside en la voluntad de preservar el objetivo de desfase, recortando en caso necesario las disponibilidades. Un recurso tantas veces utilizado en el pasado. Por optimistas que resulten las previsiones de ingresos, siempre cabe poner freno a los dispendios, especialmente en un ejercicio presupuestario como el de 2019, que se antoja necesariamente menguado.

Centrándonos en los gastos, fuerza es reconocer que buena parte de los mismos viene predeterminado por acuerdos alcanzados por el anterior Gobierno. Ya sea en materia de pensiones, capítulo donde nadie se atreve abiertamente a reconocer que las larguezas de hoy preludian futuras estrecheces, o en subidas en las remuneraciones de funcionarios y clases pasivas. Ambos epígrafes, especialmente el primero, representan el grueso del incremento. Del total de 11 mil millones, las pensiones acaparan 9 mil millones, mientras las dotaciones de personal aumentan en casi mil millones. En términos netos, el peso del pasado explica una parte importante de la expansión del gasto. Los de naturaleza social experimentan crecimientos sustanciales a costa de un recorte significativo, en algo más de 8 mil millones, de los servicios generales. Una reducción del 33% que se antoja excesiva para resultar creíble. En suma, cabe pues dudar que el gasto se mantenga en sus márgenes previstos, especialmente si consideramos los incrementos en la práctica totalidad de gastos sociales e inversiones, además de las mayores transferencias a las Comunidades Autónomas. No cuadra un escenario tan idílico, especialmente cuando no se justifican los ahorros que posibilitan tal resultado. El Libro Amarillo permanece mudo a este respecto. Como mínimo, cabe concluir que de aprobarse, el proyecto de presupuestos constituiría un auténtico rompecabezas para su adecuada ejecución. No tanto por la innegable carencia de recursos para su financiación, sino por la evidente dificultad en mantener el gasto global dentro de los márgenes previstos. Da la impresión de que estos presupuestos están diseñados para no ponerse en práctica. Que constituyen un mero intento de situar el debate en términos estrictamente políticos, contando con un rechazo último de las cuentas para pasar factura a los responsables de su naufragio. Solo así cabe entender que prodiguen tanto énfasis a los epígrafes sociales sin reparar en que impiden de facto cuadrar las cifras de conjunto.

 
 
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