Número 143 - Noviembre de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
LOS MÁRGENES DE LA POLÍTICA ECONÓMICA SE ESTRECHAN      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN PEDRO MARÍN ARRESE, , ECONOMISTA
 

EN UN ESCENARIO DE DESACELERACIÓN RESULTARÁ OBLIGADO PREVER UNA CONTRIBUCIÓN MÁS ACTIVA DE LA POLÍTICA FISCAL. ESO EXIGE PONER ANTES LA CASA EN ORDEN, REDUCIR DEUDA.

 
   

De un tiempo a esta parte, se acumulan factores de incertidumbre que lastran las perspectivas económicas. Un clima que ejerce un progresivo impacto sobre el crecimiento global, al retraer la inversión y eliminar incentivos para expandir la actividad. No se trata del fenómeno que suele acompañar a todo fin de ciclo. Esta vez reviste carácter más estructural. De entrada, las reglas del juego que venían configurando el orden económico desde la última contienda mundial se han visto abiertamente cuestionadas por el credo aislacionista que guía a la actual Administración estadounidense. Si las amenazas iniciales de practicar un proteccionismo radical se han amortiguado, ante la constatación del daño mutuo infligido por esta política, el riesgo latente de nuevas escaladas en el frente comercial persiste. Un peligro exacerbado por el carácter imprevisible con que se materializa este giro, ajeno a toda lógica. Por desgracia, el burdo populismo que inspira esta tabla rasa de los fundamentos de la cooperación global, se extiende por doquier sin que Europa escape a esta tendencia. El Brexit, sea cual sea la modalidad que adopte, supone una severa marcha atrás en un proceso que se suponía indestructible, alimentando de paso crecientes movimientos centrífugos. El intento de contrarrestar la salida del Reino Unido con decididos pasos para acelerar la integración se está frustrando ante el auge de un exacerbado nacionalismo. A la abierta rebeldía de buena parte de los socios del Este, se une la llegada al poder en Italia de una coalición dispuesta a desafiar toda disciplina común. Por si fuera poco, el anuncio de la renuncia de Merkel a seguir ejerciendo un liderazgo que otorgaba reforzada seguridad de mantener a flote la eurozona, por mucho que arreciara el vendaval, abre interrogantes sobre el grado futuro de compromiso alemán.

Un panorama tan incierto, al margen de ejercer efectos contractivos sobre la economía, eleva el riesgo de acentuar la volatilidad al menor pretexto. De momento, la especulación se está cebando en los países emergentes, víctimas de factores objetivos como las subidas de tipos en los Estados Unidos pero también de los movimientos erráticos asociados a tanta incertidumbre. Por eso, importa escapar lo antes posible de situaciones de vulnerabilidad susceptibles, en cualquier momento, de convertirse en inmanejables. Una amenaza que afecta, en general, a las economías que mantienen excesivos niveles de endeudamiento. Sobre todo, cuando se financian en buena parte en el exterior quedando sujetos los deudores a apreciaciones más severas e impredecibles en materia de solvencia y riesgo. Si el sector privado en la mayoría de los países europeos ha reducido sensiblemente su exposición, no ocurre otro tanto con las finanzas públicas. Se han operado notables avances en la consolidación fiscal, pero todavía persiste un importante stock de deuda por encima de lo razonable. No cabe, por ello, contentarse con reducir el déficit por debajo del umbral del 3%. Los actuales factores de incertidumbre invitan a realizar el máximo esfuerzo para acelerar el desapalancamiento minorando el riesgo de desestabilización.

Una exigencia más perentoria, si cabe, ante la incapacidad del Banco Central Europeo para aplicar ahora la potencia de fuego de que hizo gala en los momentos más críticos. Si su política de masivo laxismo monetario constituyó el factor esencial de la recuperación, su lenta marcha hacia la normalización le impedirá en un horizonte previsible jugar un papel similar. No en balde, mantendrá por prolongado tiempo tipos cercanos a cero, reduciendo así la eficacia de su arsenal de cambiar las tornas. Si demoró actuar hasta constatar el serio riesgo que corría el euro, ahora difiere en exceso la retirada de las medidas no ortodoxas. No se atrevió a eliminar unas tasas negativas que pesan como una losa sobre la rentabilidad y solvencia de las entidades de crédito. Ahora, posiblemente resulte demasiado tarde para enderezar esta anomalía monetaria. La sensible reducción en los niveles de actividad en la eurozona no invita a operar subidas de tipos. Un comportamiento que contrasta vivamente con la contundencia con que la Reserva Federal instrumentó su panoplia de medidas para salir de la crisis y la anticipación con que está normalizando su política.

Por eso, en un escenario de desaceleración, resultará obligado prever una contribución más activa de la política fiscal. Requisito que exige poner antes la casa en orden, reduciendo sensiblemente el excesivo endeudamiento acumulado. La actual situación no permite contemplar los programas de consolidación fiscal con la misma perspectiva de hace unos años. La política monetaria no ejerce de red de seguridad última con la efectividad de antaño. A su vez, los márgenes de actuación de la política presupuestaria se han estrechado, sometidos a la presión que impone el sensible incremento de la incertidumbre. En el momento más inopinado, las cosas se pueden torcer. La crisis desatada por el desafío italiano, combinada con el marcado empeoramiento en sus perspectivas económicas, podría saldarse con contagios en los países más vulnerables del Sur de Europa.

Figuramos en primera línea de fuego, al ostentar el mayor déficit de la zona euro y arrastrar elevados pasivos públicos como consecuencia de la prolongada crisis. Para colmo, con niveles elevados de financiación exterior que se traducen en una superior exposición al riesgo. En estas circunstancias, contentarse con cumplir los objetivos de déficit como garantía última de estabilidad, se antoja engañoso. Ya las cuentas de 2018 comportaron un esfuerzo de consolidación insuficiente, desaprovechando así la favorable coyuntura para atenuar de forma decidida los desequilibrios en las finanzas públicas. Un patrón que corre el riesgo de repetirse de aprobarse finalmente los presupuestos del próximo año según las líneas maestras anunciadas. Lo de menos es que se incorporen nuevos gastos, en su mayoría sociales, por un importe bastante moderado. No cabe, de otro modo, calificar a un incremento que asciende a menos de 2.000 millones. Mayor hipoteca de cara al futuro representa el acuerdo de garantizar subidas en las pensiones indexadas por los precios al consumo. Un punto donde se constata un amplio margen de convergencia en todo el arco político, pese a las evidencias de su carácter insostenible a menos de acompañarse de crecientes dotaciones presupuestarias. Por no hablar de una financiación autonómica que deberá necesariamente incurrir en superiores desequilibrios a los previstos si se materializan los propósitos de incrementar sustancialmente las principales partidas sociales. A su vez, el carácter contingente de los nuevos tributos y el excesivo peso otorgado a la recaudación asociada a la coyuntura o la lucha contra el fraude, reducen el alcance de la consolidación prevista.

 
 
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