Número 141 - Septiembre de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
JEROME POWELL SE PROPONE VIVIR AL DÍA      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN PEDRO MARÍN ARRESE, , ECONOMISTA
 

EL ACTUAL POLICY-MIX SE ANTOJA BIEN POCO APROPIADO PARA LA COYUNTURA; Y QUE LA FED SE PONGA DE PERFIL PARA NO INCOMODAR A LA CASA BLANCA ES PREOCUPANTE.

 
   

La principal tarea de un banquero central suele consistir en insuflar confianza. No parece que el Presidente de la Reserva Federal se guiase por este principio en su intervención en Jackson Hole. Una comparecencia que suele aprovecharse para avanzar reflexiones de fondo sobre la política económica y los factores que la condicionan. Existía cierta expectación por desentrañar alguna pista más certera que los lugares comunes y parquedad analítica que suelen rodear sus declaraciones ya sea ante la prensa o el Congreso. Su esperado discurso, lejos de disipar dudas, se centró en exponer la tesis, nada original, de la menguada fiabilidad que cabe otorgar a las predicciones y modelos económicos.

Tirando de ironía, asimiló la conducción de la política monetaria a navegar basándose en estrellas de rumbo impredecible. Toda una puesta en cuestión del debate alentado por Janet Yellen en torno a los niveles naturales o de equilibrio de las principales variables, tales como el crecimiento, el desempleo o los tipos de interés. Variables que, por convención, se expresan orladas de sendos asteriscos, formando así auténticas constelaciones estelares. Al apuntarse a la escuela de los escépticos, Powell no descubre nada inédito. Bien es sabido que la capacidad predictiva de la ciencia económica no supera a la que muestra la meteorología. Para determinar cómo salir debidamente pertrechados a la calle, lo más seguro reside en mirar por la ventana en lugar de fiarse a ciegas de los pronósticos. Con todo, la confesión de impotencia y orfandad del principal responsable de gestionar la estabilidad financiera global, no se reduce a un mero rasgo de inusual sinceridad, siempre de agradecer en un entorno tan asfixiante de medias verdades y hueras declaraciones. Se traduce en implicaciones de alcance para la conducción de la política monetaria. En un entorno de referencias engañosas, qué mejor que emular al incrédulo Santo Tomás renunciando a aceptar por verdadero nada que no pueda palparse. Si traducimos a términos monetarios esta conducta, la conclusión obvia consiste en abstenerse de cambiar de rumbo antes de constatar fehacientemente que la economía muestra síntomas inequívocos de enfriarse o calentarse en exceso. En suma, caminar por detrás de la curva en abierta contracción con el papel de guía que uno tiende a asignar a quien corresponde dictar las condiciones del dinero, previniendo a tiempo potenciales desequilibrios.

El propósito de vivir al día, implícito en las palabras de Powell, constituye un posicionamiento nada banal. Que denuncie la imposibilidad de anticipar acontecimientos en un entorno de referencias tan engañosas, equivale a transitar a remolque de la coyuntura, aplicando un wait and see más radical de lo que aconseja la prudencia. En el momento actual, esta actitud se traduce necesariamente en una extrema cautela a la hora de subir tipos, a menos que se produzca una súbita y poco probable llamarada inflacionista. No faltan analistas que alaben este nuevo enfoque de gradualidad. Los mercados, más pragmáticos se han apresurado a alcanzar nuevos máximos bursátiles, estrechar significativamente el spread de intereses, amén de debilitar al dólar. No es para menos. Incluso al formular el tópico recordatorio de que mantendrá el actual rumbo hacia la normalización, Powell rodeó este propósito de tal cúmulo de salvedades que neutralizaron cualquier atisbo de firmeza en el mensaje. Afirmó, sin ambages, que solo se abriría la posibilidad a una escalada de tipos de constatarse serias presiones inflacionistas asociadas a fuertes incrementos en las rentas y el empleo. Tanto como reconocer que no cabe esperar más de tres subidas hasta finales del próximo año. Se explica así la euforia de los mercados ante manifestaciones en apariencia insulsas.

El forward guidance, instrumento privilegiado de sus antecesores inmediatos, se erige en destacada víctima colateral del nuevo enfoque. Powell la entierra sin más responso que su escasa fe en la predicción económica. ¿Qué valor añadido aportaría mostrar el camino y trazar una estrategia cuando tan abiertamente se desconfía de sus fundamentos? Solo serviría de estorbo, de factor perturbador, cuando se pretende reducir la gobernanza a esperar lo que pueda deparar la coyuntura. Constituye, a no dudarlo, la postura más sensata y responsable cuando uno confiesa desconfiar en la capacidad de anticipar mínimamente cómo evolucionará la economía. Sin restar un ápice a esta muestra de coherencia intelectual, abrazar la acatalepsia como doctrina cuadra más a quien retirado del mundo practica la filosofía que a un banquero central. Sobre todo si preside la Reserva Federal. Un cierto escepticismo y buenas dosis de humildad resultan siempre saludables en este oficio. Pero renunciar a toda actuación preventiva por temor a equivocarse suele deparar a la postre mayores disgustos.

No están las cosas para dedicarse a la contemplación. La economía estadounidense muestra síntomas de indudable fortaleza pero también registra indudables factores de riesgo. Goza de una envidiable pujanza en la creación de empleo que no se traslada, al menos de momento, a incrementos salariales como sería de esperar en condiciones tan favorables. Sin duda, ante el profundo cambio estructural, fruto de la crisis, que ha inclinado la balanza del poder negociador netamente en detrimento de la fuerza de trabajo, sin contar con la legión de desempleados que desesperanzados renuncian a buscar un empleo. Otros banqueros de red federal analizaron este fenómeno en Jackson Hole, aportando elementos sensiblemente más valiosos a este debate que el máximo responsable. La inflación se encuentra ya en línea con el objetivo a medio, tras años de acentuada debilidad. Un estado de cosas inmejorable, al menos a primera vista. Pero la autocomplacencia no resulta buena consejera. Menos, cuando se afrontan fuentes de potencial desequilibrio, que nunca faltan.

 
 
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