Número 149 - Mayo de 2019
 
REPORTAJES
 
   
     
¿Y QUÉ ESTÁS HACIENDO AHORA? (PRÓLOGOS)  
       
 
    Foto: Archivo RC  
     
     
JAIME CARUANA y RAIMUNDO POVEDA
 

POR VISIÓN, POSICIÓN, COMPROMISO, POCOS COMENTARISTAS PUEDEN OFRECER UNA PERSPECTIVA MÁS INTERESANTE DE LOS PROBLEMAS QUE ENCIERRAN EL SISTEMA FINANCIERO, Y SU REGULACIÓN, QUE RAIMUNDO POVEDA, EX DIRECTOR GENERAL DE REGULACIÓN DEL BANCO DE ESPAÑA. SUS ARTÍCULOS LLEVAN AÑOS PUBLICÁNDOSE EN ESTAS PÁGINAS Y, COMPENDIADOS EN UN LIBRO, SALDRÁN A LA VENTA CON OCASIÓN DE LA FERIA DEL LIBRO. SU PROPIO PRÓLOGO, Y EL QUE PARA LA OCASIÓN LE HA ESCRITO QUIEN FUERA SU COMPAÑERO, JAIME CARUANA, EXPLICAN BIEN CÓMO SE SUCEDIERON LOS HECHOS.

   
     
       

La satisfacción y responsabilidad que lleva consigo prologar un libro se ven amplificadas porque pocas personas pueden escribir acerca de la regulación financiera y su impacto en el sistema bancario con más autoridad que Raimundo Poveda. Algo que el lector de este libro podrá apreciar desde las primeras páginas. Durante muchos años, como Director de Regulación en el Banco de España lideró los cambios de normativa bancaria, analizó sus implicaciones y fue testigo de la evolución del sistema bancario, lo que da un valor especial a su análisis de lo sucedido en los últimos años.

Raimundo Poveda ha decidido, acertadamente, recopilar en un libro sus contribuciones a la revista CONSEJEROS durante trece años. El periodo se inicia en 2006, un año antes de la gran crisis financiera (GCF), y termina en 2019. Comprende, por tanto, una etapa de profunda transformación del sistema financiero, de su marco regulatorio y de su arquitectura institucional, tanto a nivel global como en el complejo entramado de instituciones europeas. A lo largo de esta recopilación se analizan con rigor y claridad todos estos cambios y sus consecuencias. Aunque el peso de la regulación en los artículos es evidente, el análisis es de perspectiva amplia, lo que le permite entrar en temas como el problema de las pensiones o la gran recesión, y plantearse cuestiones como ¿se puede salir del euro? Aunque los temas tratados no son sencillos, el tono de los artículos es divulgativo y su lectura será útil e interesante a un amplio espectro de lectores. Incluso aquellos que han trabajado en estos temas encontrarán reflexiones, perspectivas y aspectos interesantes a los que quizás no habían prestado suficiente atención, posiblemente debido a la amplitud de los cambios. Esta ha sido mi propia experiencia al leer el libro.

Los cambios han sido profundos y en muchos aspectos todavía inacabados. Las discusiones, en los foros internacionales, fueron difíciles, agravadas por un entorno económico decepcionante, pese a las medidas excepcionales aplicadas por los bancos centrales. La salida de una crisis tan intensa como la GCF no es fácil. La búsqueda de respuestas es dolorosa y suele derivar en soluciones con un sesgo proteccionista nacional que, más que ayudar, tienden a fragmentar mercados, a complicar el saneamiento de balances y a retrasar la recuperación. Esta gran crisis no ha sido una excepción, aunque en algunos aspectos los procesos de colaboración internacional han logrado moderar este sesgo de proteccionismo nacional.

La arquitectura institucional, que apoya los acuerdos internacionales en materia de regulación financiera, se vio reforzada por la involucración directa y el apoyo político del G20, que se hace más explícito tras la crisis. Pero a pesar de todos los esfuerzos, lo cierto es que la tentación proteccionista se ha manifestado en ocasiones y se han vivido episodios de profunda fragmentación de los mercados. Todavía existen restos relevantes en muchas partes, incluida Europa.

La «historia interminable» de la regulación bancaria, lo evolutivo e inacabado de la transformación del sistema financiero global, hacen que la lectura de este libro sea conveniente no solo para entender el pasado, sino para fundamentar reflexiones sobre el futuro. Los elementos importantes de la nueva regulación bancaria, su marco institucional, los debates relevantes, los argumentos, las soluciones adoptadas, sus fragilidades y sus implicaciones están analizadas en el libro. A pesar de que los artículos están escritos en momentos diferentes, el libro mantiene una coherencia conceptual derivada del claro criterio del autor en los temas abordados. Aunque comparto sus inquietudes y muchos de sus comentarios, no puedo decir que esté de acuerdo con todas sus valoraciones, pero sí puedo decir que todo merece leerse y que el lector encontrará una buena base para reflexionar y sacar sus propias conclusiones. De hecho, sería preocupante que hubiese unanimidad en los diagnósticos, conclusiones y diseño regulatorio tras una crisis tan compleja como la que hemos vivido. En ella, se evidenció que el marco analítico existente antes de la crisis no era adecuado y seguimos sin haber alcanzado un nuevo marco conceptual que sea capaz de explicar, simultánea y satisfactoriamente, tanto los procesos de formación de crisis sistémicas, como sus persistentes y costosas consecuencias. Se requeriría una mejor integración conceptual de «lo financiero», la economía real y sus complejas interacciones. Conceptos generalmente aceptados —antes de la crisis—, probaron ser profundamente erróneos.

Detrás de grandes crisis financieras suele haber lo que Robert Shiller denomina «falsas narrativas» o «falsos modelos», que suelen ser ampliamente aceptados, pero muchas veces poco contrastados empíricamente. Estas falsas narrativas pueden hacer que no se preste suficiente atención o se minusvaloren riesgos sistémicos. Antes de la GCF, la falsa narrativa consideraba que la estabilidad financiera era un derivado natural de la estabilidad monetaria. Si había estabilidad de precios y los mercados financieros eran razonablemente eficientes la estabilidad financiera estaba garantizada. Se consideraba que el resultado agregado de bancos gestionando sus riesgos individualmente, en un entorno de estabilidad monetaria y mercados eficientes, daba como resultado la estabilidad financiera. Si los grandes bancos estaban seguros, el sistema estaba seguro.

Esta narrativa, obviamente demasiado esquematizada en el párrafo anterior, se mostró falsa y se vio desbordada por la crisis que evidenció que la estabilidad monetaria no garantiza la estabilidad financiera; más bien, puede generar complacencia que dificulte una valoración adecuada de los riesgos. Se evidenció que los mercados no son eficientes, al menos a un precio que la sociedad esté dispuesta a tolerar, y que no es sencillo para los bancos, en la gestión de sus riesgos, internalizar adecuadamente los riesgos sistémicos. En consecuencia, la estabilidad individual de instituciones financieras no es suficiente: si el sistema en su conjunto no es seguro, no hay banco que esté seguro.

Es justo mencionar que, aunque la mencionada falsa narrativa era ampliamente aceptada, también había buenos ejemplos de discrepancias. El Banco de Pagos Internacionales (BIS), algunos bancos centrales de países emergentes y también el Banco de España (BdE), tenían una visión divergente, más proactiva, acerca de lo necesario para mantener la estabilidad financiera. Pero el punto importante es que detrás de grandes crisis hay problemas que van más allá de la pura regulación prudencial. Las crisis suelen tener raíces más profundas, aunque la regulación sea muy importante para reducir su probabilidad y coste.

La perspectiva sistémica o macroprudencial se incorporó al aparato regulatorio tras la crisis. Los países emergentes venían aplicando medidas macroprudenciales con anterioridad a la crisis, aunque sin usar este término. Tenían experiencias relativamente recientes de crisis y sabían que la estabilidad financiera requiere mucho más que políticas microprudenciales.

Un buen ejemplo de preocupación macroprudencial fue la del BdE ante la rápida caída de tipos de interés, como consecuencia del acceso a la unión monetaria, y el consiguiente rápido proceso de endeudamiento de las familias para la compra de viviendas. Consecuencia de estas preocupaciones fueron las provisiones anticíclicas, que Raimundo Poveda lideró en el Banco en 1999. En aquel momento, ambos éramos directores generales del Banco de España, Raimundo Poveda de regulación y yo de supervisión. Ambas direcciones generales trabajaron conjuntamente en el diseño de unas provisiones que, ancladas en la experiencia pasada, pudiesen estimar las pérdidas que podían esperarse en el futuro, para el conjunto de la cartera de crédito, aunque fuese imposible su asignación a activos concretos. El concepto era novedoso, claramente macroprudencial, pero no bien recibido ni por la banca ni por la comunidad reguladora internacional. Recuerdo haber defendido la noción anticíclica en el Comité de Basilea cuando su presidente era Bill McDonough, quien me había invitado a presentar al comité las medidas anticíclicas tomadas por el Banco de España. La recepción de mi presentación fue tan cortés como fría. Con la excepción de un par de bancos centrales, que mostraron un descriptible interés, el resto de los colegas de bancos centrales y en especial los supervisores se mostraron escépticos acerca de la idea y no interesados en introducirla en Basilea II, que se estaba discutiendo en aquel momento.

Los problemas de la prociclicidad del sistema financiero habían sido analizados en profundidad por el BIS, pero no fueron considerados por el Comité de Basilea como merecedores de tratamiento regulatorio antes de la crisis. Posiblemente, detrás de esta resistencia se encontraba que el comité estaba en aquel momento constituido por representantes de países avanzados, básicamente del G10 con alguna adición, con un recuerdo lejano de crisis financieras y donde el falso modelo mencionado tenía una mayor aceptación. De hecho, lo macroprudencial no ganó adeptos hasta la GCF. Si alguien hubiese buscado en Google la palabra macroprudencial en el periodo 2000-2007, hubiese obtenido unos 5.000 resultados. Inmediatamente después de la crisis, este número subió por encima de los 100.000 y en la actualidad los resultados de la búsqueda se situarían en torno al millón.

Hasta la GCF, el destino de las provisiones anticíclicas del Banco de España siguió siendo muy complicado por el rechazo de las autoridades contables internacionales y de la SEC americana, y requirió una defensa cerrada y a contracorriente por parte del BdE. La crisis mostraría que la contabilidad tradicional había permitido distribuir como beneficios algo que en realidad eran pérdidas que podían esperarse y que no habían sido contabilizadas adecuadamente. El defecto de las provisiones anticíclicas fue haberse quedado cortas al haber sido calibradas en función de crisis pasadas, con unos ciertos ajustes que trataban de reflejar la evolución del sistema financiero. Obviamente, las crisis pasadas no habían alcanzado la intensidad ni la globalidad de la GCF; ni es el papel de las provisiones hacer frente a las pérdidas mayores de lo esperado por una crisis que vendría ocho años después. Para las pérdidas no esperadas había que contar con capital, pero la regulación anterior a la crisis no tenía ningún colchón de capital anticíclico.

Como es sabido, es en Basilea III cuando se incorpora la noción anticíclica al establecer un colchón de capital con este nombre. Finalmente, «lo macroprudencial» ganaba la batalla de las ideas y era adoptado regulatoriamente. El lector puede encontrar un análisis más detallado en la Parte II del libro, dedicada a la provisión de riesgos esperados. Allí se analiza la tradicional rigurosa política contable del BdE y su relación con la solvencia. Se estudia el debate sobre pérdidas esperadas y pérdidas incurridas, así como las tensiones con las normas contables internacionales hasta la llegada en 2018 de las nuevas normas IFRS 9. Coincido con Raimundo Poveda en que, si bien la nueva norma es una solución pragmática que, con carácter general, acelera y aumenta las provisiones, lo cierto es que tienden a ser procíclicas y en este sentido se ha perdido una de las virtudes de las provisiones anticíclicas españolas diseñadas 19 años antes.

Mi relación con Raimundo Poveda empieza cuando, él como director de regulación del BdE y yo en la Dirección General del Tesoro, tuvimos ocasión de discutir regulaciones del sector financiero. Ya entonces tuve ocasión de apreciar su gusto por el rigor y la profundidad de análisis. Pero fue en 1999, cuando me incorporé al BdE como director de supervisión, cuando tuvimos ocasión de trabajar de forma estrecha...

“¿Y qué estás haciendo ahora?” sale al mercado con ocasión de la Feria del Libro y estará disponible para los suscriptores a partir del número 150 de la revista CONSEJEROS

1 Sobre la confección de este libro (R. Poveda)

Mi colaboración con la revista CONSEJEROS comenzó en 2006. Me la propuso Luis Alcaide, una mañana en la que nos encontramos en nuestro madrileño barrio de Huertas, él paseando a su perro, yo paseando mi jubilación. Acababa de publicar mi libro BASILEA II, en el que había trabajado cuatro años. Aliviado de esa carga, acepté la sugerencia, sin comprometerme demasiado. Era un momento de descanso en el campo de la regulación bancaria, sin otros problemas a la vista que los que fueran surgiendo en la implementación de aquel gran proyecto del Comité de Basilea, más algunos cabos sueltos que no se habían atacado en él. El cisne negro de la gran crisis financiera no había levantado el vuelo, por más que tantos hayan asegurado luego que ya percibían su aleteo.

Por otra parte, entre 2005 y 2008 fui miembro de los Comités de Auditoría del Banco Europeo de Inversiones y del Fondo Europeo de Inversiones, lo que ocupaba parte de mi tiempo, y en cierto modo mataba el gusanillo del interés que nunca me ha abandonado por mi antigua profesión de regulador bancario (si tal profesión existe), ejercida durante tres décadas en el Banco de España. Fue precisamente durante una reunión del Comité de Auditoría del FEI, en la primavera de 2007, cuando llegó la noticia de que aquella misma mañana una gran agencia de calificación había procedido al downgrading masivo de miles de titulizaciones. Mis dos compañeros de Comité, auditores en activo, se pasaron el resto de la sesión colgados de teléfono, recabando datos y previendo problemas. Era, en efecto, el comienzo de las turbulencias financieras que terminarían generando la Gran Recesión. A su debido tiempo, la crisis forzó al Comité de Basilea a rehacer profundamente su reciente propuesta, y a mí a actualizar y alargar en casi cien páginas mi libro, reescrito a medida que el G20, el Financial Stability Board y el Comité de Basilea producían papeles consultivos, propuestas definitivas, y revisiones de las propuestas definitivas. En 2012 el diseño de la reforma, aunque no totalmente cerrado, ni menos aún implementado, parecía lo bastante completo para permitirme publicar la segunda edición de Basilea II. No lo estaba. Alegaré en mi descargo que en algún momento había que cerrar un trabajo escrito por contrato con FUNCAS. Pero enseguida comprobé que Basilea II mutaba en Basilea III, con un primer bloque de importantes novedades que trasformaban radicalmente la propuesta. Luego al plan original de la reforma se le añadieron más temas, como la revisión de las ponderaciones del coeficiente de solvencia, y surgieron otros nuevos, como todo lo derivado de la idea del bail in. Por otra parte la política bancaria española estaba generando una cosecha propia de novedades que no me dejaban indiferente. Había mucho sobre lo que seguir escribiendo, como narrador de lo que estaba pasando, y para dar mi opinión sobre ello, por lo que pueda valer.

Todo eso explica el ritmo de mis colaboraciones en CONSEJEROS. Entre 2006 y 2012 se limitaron a una, dos, o lo sumo tres apariciones anuales, sobre temas dispersos. Yo estaba en otras cosas. Luego se aceleraron a una media docena por año, y así han seguido hasta 2018. CONSEJEROS me dejó total libertad para elegir los temas y, hasta cierto punto, la extensión de mis artículos. Mis enlaces habituales con la revista hicieron algún intento de sugerirme asuntos sobre los que escribir que cayeron en saco roto; pronto desistieron. Y nunca pude ceñirme a las mil doscientas palabras que hubieran convenido a los editores. De mil quinientas no bajo, y a veces puedo necesitar dos o tres veces esa extensión para medio contar lo que quiero contar. Un artículo se fraccionó en dos números de la revista. En otros se suprimieron puntos y aparte, o notas de pie de página. Pero mi indisciplina no fue castigada con otras podas del editor. En una ocasión, escribiendo sobre la masacre de las cajas de ahorros, la extensión se me fue tanto de las manos que me ofrecieron como solución publicar en papel una versión recortada por mí del artículo, y el texto completo en la publicación digital de la revista. Perfecto. Si no fuese porque la versión digital se mantuvo poco tiempo en la red. Aquí recupero la versión larga.

Este libro recopila el medio centenar de artículos publicados hasta 2018. La naturaleza predominantemente periodística de CONSEJEROS hace que resulte difícil encontrarlos para quien pudiese estar interesados en releerlos. No muchos, me temo, pero nunca se sabe.

Los artículos se reproducen aquí casi en su versión original.

Casi porque el corrector de pruebas de Word tiene sus ideas sobre la puntuación, que suelo respetarle; el gobernador Rojo también discrepaba de mi forma de poner las comas y, naturalmente, tampoco le discutía sus correcciones. Además Word me descubre erratas, lo que es de agradecer; soy, me temo, el peor mecanógrafo que he tenido en toda mi carrera profesional. Casi porque algunos tiempos verbales utilizados para contar lo que estaba pasando coetáneamente, leídos años después pueden resultar desorientadores para quien no se fije en la fecha de publicación de los artículos. Casi porque en la relectura hay cosas que me parecen mal expuestas, consecuencia tal vez de los esfuerzos por acercarme a la extensión pedida mediante la eliminación de palabras o de frases aclaratorias, y conviene retocar un poco la redacción para mejorar su comprensión. Casi porque se recuperan los puntos y aparte originales, dormidos en la memoria de mi ordenador, que tenían su razón de ser. Casi, finalmente, porque, como bien saben quienes trabajaron conmigo, soy un corrector patológico. No puedo evitar modificar un texto cada vez que lo releo, y solo paro cuando ya hay que entregar, o cuando percibo que las correcciones vuelven a una versión anterior del texto.

Pero todo eso son revisiones menores que, creo, respetan la esencia de lo publicado en su día. Por supuesto aquí y allá he añadido nueva información sobrevenida relevante, algunas citas bibliográficas o legales que no encajaban bien en el formato de la revista, y algunas consideraciones sugeridas por hechos posteriores a la publicación de los artículos. Ese material figura en notas de pie de página con la indicación NA. En esas notas añadidas incluyo también el reconocimiento de errores míos. Los que he identificado, pues seguro que habrá más.

 
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