Número 157 - Febrero de 2020
 
REPORTAJES
 
   
     
“LOS HEDGE FUNDS SON SALUDABLES, PORQUE NO SON, AL CONTRARIO QUE LOS BANCOS, DEMASIADO GRANDES PARA QUEBRAR”  
       
 
     
     
     
SEBASTIAN MALLABY, INVESTIGADOR SENIOR DEL CONSEJO DE RELACIONES EXTERIORES DE LOS EEUU
 

“AHORA MISMO ESTAMOS ASISTIENDO A UNA ‘JAPONIZACIÓN’ DE LOS MERCADOS MUNDIALES, CON UNA INFLACIÓN INCREÍBLEMENTE BAJA PARA EL MOMENTO DEL CICLO EN EL QUE ESTAMOS. GRAN BRETAÑA ES UN EJEMPLO EXTRAORDINARIO DE ESO. HEMOS TENIDO EL ‘BREXIT’, QUE ES UN SHOCK DE OFERTA, TENEMOS PLENO EMPLEO Y UNA DEPRECIACIÓN DEL TIPO DE CAMBIO. TODO ESO DEBERÍA HABER PROVOCADO INFLACIÓN ¡PERO LA INFLACIÓN ESTÁ POR DEBAJO DEL OBJETIVO DEL BANCO DE INGLATERRA!”.

   
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: PABLO PARDO (Washington)

Durante tres cuartos de siglo, desde que Arthur Winslow Jones – un personaje de película que, entre otras cosas, condujo una ambulancia en el bando republicano durante la Guerra Civil española – fundó el primero, los hedge funds han sido las grandes estrellas del firmamento financiero mundial. Para bien o para mal, estos fondos no regulados, dirigidos frecuentemente por personajes admirados u odiados –como George Soros, Robert Mercer, Paul Singer o Julian Robertson– han protagonizado muchas de las historias de las finanzas de las últimas décadas.

La salida de la libra del Sistema Monetario Europeo en 1992 – que acaso sentó las primeras bases del Brexit al aniquilar las posibilidades de que Gran Bretaña entrara en el euro – fue obra del hedge fund de George Soros. El propio Soros o su rival Julian Robertson –según a quien se crea– fue quien desencadenó la crisis de los mercados emergentes en 1997, cuando lanzó un ataque especulativo contra el baht tailandés. Un año después, Tailandia estaba hundida en una depresión, en Indonesia había una revolución, Corea del Sur había tenido que reestructurar su deuda y Rusia habia sufrido una devaluación y un colapso económico sin los que Vladimir Putin probablemente nunca hubiera llegado al poder. Fue entonces cuando el Long Term Credit Management (LTCM), otro hedge fund que contaba con dos Premios Nobel en su consejo de administración –Robert Merton y Myron Scholes– quebró y estuvo a punto de llevarse por delante al sistema financiero mundial.

Los hedge funds siempre han atraído titulares gigantescos. Como sus beneficios. O como sus apuestas. Soros ganó mil millones en una semana en 1992. John Paulson, más de 2.000 millones en 2008 apostando por el colapso del mercado inmobiliario estadounidense que iba a poner al mundo muy cerca de una reedición de la Gran Depresión. Y, con esas operaciones, llega el poder político. George Soros es para la ultraderecha mundial y para la Rusia de Putin el enemigo ‘número uno’, mientras que una parte de la socialdemocracia se ha rendido a los pies de este hombre al que hace 25 años acusaba de ser el ariete de EEUU contra la Unión Europea. Pero las acciones de Soros han sido más que compensadas por su rival Robert Mercer, el ‘número dos’ del hedge fund Renaissance Technologies, propietario de la web de ultraderecha Breitbart News, cuyo máximo responsable, Steven Bannon, dirigió la carrera triunfal de Donald Trump hacia la Casa Blanca.

Ahora, sin embargo, el mundo de los hedge funds se está viniendo abajo. La razón es, sobre todo, una: hay demasiada liquidez. La volatilidad y los spreads han desaparecido. Y, sin ellos, el modelo de operaciones de los hedge funds es mucho más difícil. Pocos conocen la historia de estos vehículos de inversión mejor que Sebastian Mallaby, investigador ‘senior’ del Consejo de Relaciones Exteriores de EEUU, ex directivo de The Economist, columnista de Financial Times y The Washington Post, y biógrafo oficioso de Alan Greenspan (The Man Who Knew) y Paul Wolfensohn (The World’s Banker). Hace diez años, Mallaby publicó su monumental historia de los hedge funds More Money tan God (Más dinero que Dios, una frase que, precisamente, dirigió un congresista estadounidense a los gestores de varios hedge funds que testificaban ante el Legislativo tras la crisis de 2008).

¿Cómo ha cambiado el sector de los hedge funds desde que usted escribió su libro?

Yo diría que de dos maneras fundamentalmente. Una es la proliferación de los hedge funds activistas. La otra, la distribución geográfica de los hedge funds. En 2010, un año después de que el libro fuera publicado, una persona de origen chino que había trabajado en un hedge fund en Estados Unidos me llamó por teléfono y me dijo: “He leído su libro y voy a abrir el primer hedge fund en China”. Más tarde fui a China, porque el libro había sido publicado allí y di varias conferencias, y noté que había gente que estaba empezando a montar sus propios hedge funds. Eso era en 2011. Ahora, por lo que sé, es un sector grande en el país. Hay firmas como Hillhouse, fundada por Lei Zhang, y respaldada por David Swensen [el gestor del fondo de la Universidad de Yale], a la que le ha ido increíblemente bien. Yo creo que hubo una oleada de estadounidenses de origen chino que se plantearon en un momento dado repetir el modelo de hedge funds de Estados Unidos. La crisis de 2008 jugó probablemente un papel importante en esa decisión.

 

Mi libro tiene dos tesis fundamentales. Una es que el conjunto de la industria de los hedge fund da alfa, es decir, retornos positivos después de las comisiones. Roger Ibbotson [de la Universidad de Yale] lo había demostrado, aunque no sé si ha vuelto a repetir ese análisis. Sería algo interesante, porque ahora, en un mundo de spreads comprimidos, acaso haya dejado de ser cierto, y los hedge funds no den alfa. La otra tesis es que los hedge funds son sistémicamente saludables, porque no son, al contrario que los bancos, demasiado grandes para caer.

Muchos dicen que las cosas han cambiado para peor, para mucho peor, en Occidente para los hedge funds en general, y en particular para los que siguen una estrategia long – short porque las rondas de QE han acabado con la volatilidad.

Creo que pueden hacerse dos observaciones al respecto. Una es que la lógica de la estrategia long–short sigue siendo tan válida como siempre. La otra, que los retornos reales son menores de lo que han sido tradicionalmente. A ese respecto, habría que mirar las cifras agregadas de la industria de los hedge funds. Pero, en teoría, los long– short deberían seguir funcionado bien.

Con los tipos de interés en cero, cuando no negativos, y sin volatilidad, los hedge funds parecen haber caído en desgracia frente a los private equity.

Yo sigo pensando lo que digo en el libro, es decir, que los hedge funds son en general buenos instrumentos para gestionar el dinero, ya que los gestores tienen dinero en el fondo, lo que les da incentivos para no hundir el vehículo, y, al mismo tiempo, con la estructura de comisiones de 2–20 [2% del capital invertido por el cliente y 20% de la apreciación de éste] tienen buenos motivos para no ser complacientes. Los hedge funds tienen flexibilidad en los instrumentos financieros que emplean, de modo que pueden eludir el riesgo de seguir objetivos múltiples, como les puede pasar a los bancos de inversión, y, también, pueden tener el apalancamiento bajo control. Todas esas herramientas son buenas para gestionar recursos financieros, y eso parecen indicar los clientes de los hedge funds.

Pero los resultados no acompañan como antaño.

Es cierto que ésa es solo una parte de la historia. Los datos agregados del conjunto del sector revelan una débil performance. La cuestión es saber si los hedge funds han reaccionado a esa dinámica escondiéndose, adoptando un perfil bajo, y esperando que ésta sea solo sea una fase temporal, y ofreciendo a sus clientes de manera individual bajar las comisiones, o si verdaderamente han asumido que es posible que esta situación dure.

 
 
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