Número 147 - Marzo de 2019
 
REPORTAJES
 

“Cuando el presidente de la Fed compareció en febrero, republicanos y demócratas le apremiaron a tomar medidas para que suban los salarios”

 
     
ESTADOS UNIDOS: SOCIALISMO MONETARIO  
           
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  Foto: Archivo RC  
   
   

EL SOCIALISMO SE HA COLOCADO EN EL CENTRO DEL DEBATE POLÍTICO GRACIAS A LA ESTRELLA DEL PARTIDO DEMÓCRATA, Y PARADÓJICAMENTE EMPIEZA TAMBIÉN A SER CONSIDERADO POR UNA INSTITUCIÓN COMO LA RESERVA FEDERAL.

   
   

TEXTO: PABLO PARDO (WASHINGTON)

 

Si en algún país la palabra “socialista” es un insulto es en los Estados Unidos de 2019. “Socialismo” se ha convertido e el grito de guerra del Partido Republicano contra la oposición demócrata que controla la Cámara de Representantes, en buena medida porque la estrella mediática de ese partido, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, se autodefine como “socialista democrática”. El concepto de “socialismo democrático” fue inventado en la campaña electoral de 2016 por el senador Bernie Sanders, que estuvo muy cerca de amargarle la nominación a la presidencia a Hillary Clinton. Sanders no es demócrata, sino independiente, porque se sitúa a la izquierda de ese partido. Pero cuando compite por la presidencia se registra como demócrata para poder así participar en las primarias.

Nadie sabe lo que es un “socialista democrático”. Pero llamar “socialista” al rival obra maravillas entre los republicanos, que tienden a hacer que esa palabra sea seguida por otra: “Venezuela”. En realidad, Sanders u Ocasio-Cortez están más cerca del Estado del Bienestar europeo que en España defienden todas las fuerzas políticas, desde Vox hasta Podemos, que del experimento hiperinflacionario bolivariano. Pero los votantes estadounidenses no saben eso. Ni, en muchos casos, lo quieren saber. La idea de que “Europa está en quiebra” es una frase muy extendida, aunque luego se combina con quejas acerca de la invasión – peligrosa, según Trump – de coches alemanes o la competencia de Airbus.

Paradójicamente, el socialismo está empezando a ser considerado por una institución que, en teoría, no tiene nada que ver con eso: la Reserva Federal. Durante casi cuatro décadas – desde la llegada de Paul Volcker a su presidencia, en 1980 –, la Fed representó, desde un punto de vista teórico, el monetarismo, con diferentes variantes. Y, en el terreno práctico, sus objetivos primordiales fueron, primero, la contención de la inflación y, después, ayudar a los mercados financieros. Evidentemente este último concepto nunca se puso en negro sobre blanco. Pero el famoso Greenspan put – el ´put’ de Greenspan, en referencia a las opciones de venta de un activo a un precio determinado no era más que una forma sofisticada de decir que la Reserva Federal intervendría siempre que la renta fija o la variable tuvieran problemas. Hoy, casi una década y después de la marcha del que entonces era llamado “Maestro” (en español) de la presidencia de la Reserva Federal, el banco sigue prestando por lo menos tanta atención a los índices financieros que a otros indicadores económicos.

Pero el entorno económico y político ha cambiado. Y, paradójicamente, la Fed de Donald Trump está siendo presionada para meter en su monetarismo algunas dosis de socialismo. Así quedó claro la última semana de febrero, cuando el presidente del banco central, Jerome Powell compareció ante el Senado y la Cámara de Representantes, respectivamente. Aunque muchas de las preguntas de los legisladores se centraron en cuestiones financieras y macroeconómicas, una parte significativa del debate se centró en cómo Powell y sus colegas de la Fed pueden enfocar la política monetaria en aumentar los salarios y reducir la brecha entre trabajadores e inversores.

¿Qué ha pasado?

A pesar de la total y absoluta división de la política estadounidense en dos partidos irreconciliables, las preguntas procedieron de ambos lados de las cámaras. El senador demócrata por Ohio, y muy probable candidato a la Casa Blanca, Sherrod Brown, explicó a Powell que cree que “la Reserva Federal tiene la autoridad y el deber de ser creativa, de ayudar a los trabajadores a compartir la prosperidad que crean”. Y el senador Tom Cotton, republicano de Arkansas y uno de los mayores defensores de Donald Trump, demandó al presidente de la Fed explicaciones acerca de por qué “en este país estamos viendo más ingresos en manos de los propietarios y menos en manos de los trabajadores”. Luego aclaró que quería “más de ese pastel económico en manos de nuestros trabajadores”.

Lo primero, oportunismo político. Brown tiene un fuerte tirón entre la clase media y media-baja blanca, frecuentemente empleada en el sector industrial, de los estados del Medio Oeste. En otras palabras: los votantes que en 2016, al darle la espalda a Hillary Clinton y votar por Donald Trump, le dieron la victoria a éste. De modo que el senador tiene un incentivo claro a la hora de mostrarse duro con el banco central.

Lo mismo, pero a la inversa, para con Cotton. Este es un congresista conservador incluso para los parámetros estadounidenses. Y eso, durante la presidencia de Barack Obama, significaba criticar a la Reserva Federal por su política de tipos de interés cero y sus programas de compra de deuda pública y privada. Esos argumentos no tenían ninguna base. Tan solo se trataba de atacar indirectamente al Gobierno de Barack Obama y de anunciar la llegada de una explosión de inflación que jamás se produjo.

Es la misma línea argumental que los republicanos emplearon para amenazar con llevar a Estados Unidos al borde de la suspensión de pagos en 2011, cuando se negaron a aumentar el límite máximo de endeudamiento del país. La razón era que EEUU había disparado su deuda pública como consecuencia de la crisis y del presunto “despilfarro” de Obama. Pero son los mismos republicanos que en marzo van a votar por un aumento del endeudamiento de Estados Unidos, pese a que Donald Trump ha aumentado los pasivos del país en 2,2 billones de dólares (19,5 billones de euros) desde que llegó a la Casa Blanca.

Presión

Pero hay también un argumento económico. La economía de Estados Unidos se está empezando a parecer cada vez más a la de Japón antes de las Abenomics. En otras palabras: es un país sin inflación y con crecimiento bajo. Los salarios están completamente estancados a pesar de que haya pleno empleo. Y, ahí, es donde la Reserva Federal está empezando a sentir presión.

 
 
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