Número 146 - Febrero de 2019
 
REPORTAJES
 

“Solchaga, ex ministro socialista, cree que el éxito de las exportaciones tiene mucho que ver con la recuperación industrial que ha traído la reforma laboral”

 
     
ESPAÑA: ¿DEBEMOS TENER MIEDO AL ACCIDENTE?  
           
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  Foto: Archivo RC  
   
   

TEXTO: JOAN TAPIA (BARCELONA). LA ECONOMÍA VA BASTANTE BIEN, PERO EXIGE CAUTELA. ES MÁS GRAVE LA CRISPACIÓN POLÍTICA -EN ESPECIAL SOBRE CATALUÑA- QUE ESTÁ DISPARANDO TODAS LAS ALARMAS. SÁNCHEZ NO ES MADURO Y CASADO NO DEBE SER SALVINI.

   
   

La fuerte tensión política y los profetas que anuncian el fin de la recuperación y el inicio de otra recesión -a veces los mismos que hace poco decían que no habíamos salido de la crisis- están empezando a afectar -incluso trastocar- a la sociedad española. El Índice de Confianza del Consumidor (que oscila entre 0 y 200) repuntó algo en enero, pero se situó en 93,8 (zona negativa) con un descenso de 8,5 puntos sobre los 102,3 (zona positiva) de enero del 2018. Quizás lo más revelador es que el índice se encaramó a 107 puntos tras la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa. Luego…

Y lo mismo pasa con los índices de confianza del CIS (que oscilan entre 0 y 100). El de confianza económica ha caído en enero un 9,8%, hasta el 39,5, respecto a enero del 2018 y el desplome del subíndice de expectativas es todavía peor (15,2%). El de confianza política está todavía mas bajo, en el 31,4.

Que el índice de confianza económico esté tan bajo es exagerado, pero que está algo por encima del de confianza política es comprensible. Una de las últimas previsiones acreditadas -la del BBVA- dice que el PIB del 2019 crecerá un 2,4%, solo una décima menos que el del 2015. Y las perspectivas de invierno de la Comisión de Bruselas, que confirman una desaceleración de la economía europea ya que bajan la previsión de crecimiento seis décimas, del 1,9% al 1,3%, solo la reducen para España una décima y la dejan en el 2,1%. Casi un punto por encima de la europea.

Horizonte

El BBVA dice que España puede crecer este año un 2,4% (el 2018 lo hizo un 2,5%) y un 2% en el 2020. Se crearían así 800.000 puestos de trabajo entre los dos años con lo que la tasa de paro caería al 12,6% frente al 15,3% del 2018. ¿Horizonte rosado? No porque el BBVA avisa de que se incrementa la probabilidad de un accidente.

El crecimiento español se basa ya mucho en las exportaciones de bienes y servicios, que han pasado del 26% del Pib al 34% entre el 2007 y el 2018. Si el aterrizaje suave de la economía mundial fuera menos armónico, el PIB español lo notaría. Además, está la incertidumbre sobre la política económica española que se ha acentuado con la discusión sobre el proyecto de presupuestos del 2019. El BBVA cree que el déficit -incluso si los presupuestos se aprueban- no cumplirá el objetivo del 1,3% del Pib sino que llegará al 2 o al 2,3%. En mi opinión no es nada grave -a corto plazo- siempre que no se acerque al 3%, que es el límite que marca la UE y que afectaría a la confianza internacional. Aunque es poco aconsejable olvidar que la deuda pública española -resultado de la acumulación del déficit anual casi permanente- es doce puntos superior a la media del euro y roza el 100%. El BBVA también cree que la economía crecerá más por la política presupuestaria expansiva y por el aumento del salario mínimo, pero que los efectos a medio plazo serán negativos.

En este sentido hay que prestar atención a unas recientes declaraciones de Carlos Solchaga. El antiguo ministro de Economía de Felipe González no ataca la política económica, pero sí hace dos advertencias. Una, la subida de un 22% del salario mínimo es un disparate que puede hacer perder 40 o 60.000 empleos de empresas que subsisten con salarios bajos. Aunque advierte que hoy no le preocupa demasiado porque a nivel mundial los salarios están casi atascados, incluso en países como Estados Unidos con tasas de paro inferiores al 4% durante un lustro: “en este contexto, subir el SMI, con todo lo que supone de ortodoxia pobre, puede tener algún sentido”.

Reforma laboral

La segunda advertencia de Solchaga es más profunda. Cree que el éxito de la exportación española tiene mucho que ver con la recuperación industrial que ha permitido la reforma laboral y que tocarla demasiado sería un error: “A los sindicatos no les falta razón cuando se quejan de que se les ha debilitado, pero la situación anterior era de excesiva protección. Una muestra era la ultraactividad de los convenios. Si no se alcanzaba un acuerdo, se mantenía vigente el anterior. “Oiga” decía el empresario, “es que me hundo”. “Es igual” le decían, “la ley es la ley”, y se hundía. Esto se ha eliminado y sería un error restaurarlo. Y sigue: “La prevalencia del convenio de empresa sobre el del sector ha dado tranquilidad a los empresarios y ha hecho posible que durante la recuperación se hayan creado muchos más puestos de trabajo que antes”.

Interesantes las declaraciones (Actualidad Económica del 4 de febrero), que sería bueno que no fueran arrojadas al cubo de la basura. Sin embargo, el miedo al accidente que empieza a dominar en la sociedad española no se debe tanto a la economía como al creciente enfrentamiento político. La crispación no es nueva. Pero tras las elecciones andaluzas -que han facilitado un gobierno del PP y C´s con apoyo de Vox- toda la acción de la derecha -se ha visto con Venezuela y todavía más con Cataluña- va destinada a expulsar, como sea y en el tiempo más corto posible, al “okupa” de La Moncloa.

Es una estrategia discutible y peligrosa porque es poco compatible con una democracia estable. Pero es mucho más peligrosa cuando la crisis catalana se convierte en el arma principal para derribar al Gobierno y cuando se recurre a las movilizaciones. En el 2011, cuando Rajoy llegó al Gobierno, el voto independentista era inferior al 15% y ahora ha crecido hasta el 47%. La situación catalana es explosiva porque representa el 16% de la población y el 19% del PIB. Y abordarla exige responsabilidad, no excitación de las pasiones por cálculos electoralistas y un consenso básico de los dos grandes partidos (como mínimo).

¿Demasiado lejos?

Este consenso se dio con los pactos con el PSOE de Pedro Sánchez en los últimos meses del gobierno Rajoy y llevó a la aplicación -prudente y con relativo éxito- del 155 para evitar con costes no excesivos la independencia unilateral de Cataluña en el último cuatrimestre del 2017. Desgraciadamente este consenso hoy ha desaparecido.

 
 
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