Número 142 - Octubre de 2018
 
REPORTAJES
 

“Para lograr el control del senado, el partido demócrata debería ganar 28 de los 35 escaños en liza, algo que parece virtualmente imposible”

 
     
ESTADOS UNIDOS: ESPERANDO EL IMPEACHMENT  
           
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  Foto: Archivo RC/BIS  
   
   

Oiremos hablar mucho del voto de no confianza a Trump antes de las elecciones de noviembre, pero la opción de impeachment es remota: su respaldo entre los votantes republicanos es del 90%, más que a Reagan.

   
   

TEXTO: PABLO PARDO (WASHINGTON)

En la mitología periodística y política mundial, la palabra ‘impeachment’ – que significa juicio político – está cargada de sentido.En la ciudad de Washington, donde se da esa curiosa figura política, su importancia es mucho menor. En la práctica, el ‘impeachment’ no es más que un voto de no confianza al presidente de EEUU por la Cámara de Representantes, una de las dos que constituyen el poder legislativo de ese país. Ni más ni menos. Bill Clinton fue sometido a un ‘impeachment’ en 1998 por el archifamoso caso Lewinski. No pasó nada. También Andrew Johnson. Ninguno vio terminada su carrera política. Y, en el caso de Clinton, dejó la Casa Blanca con un nivel de popularidad récord. Nixon... dimitió antes.

¿Por qué el ‘impeachment’ es tan irrelevante? Porque, a pesar de lo grandilocuente de su formulación – solo se puede producir cuando el jefe del Estado y del Gobierno ha cometido “graves delitos y faltas” – no tiene consecuencias políticas o institucionales. Puede tenerlas, pero es necesario que el ‘juicio político’ pase al Senado, y que éste lo apruebe por una mayoría de dos tercios. Y es sencillamente imposible que haya 67 senadores que voten a favor de echar al Presidente. Por el contrario, en la Cámara de Representantes, el ‘impeachment’ solo necesita mayoría absoluta.

La palabra ‘impeachment’ puede empezar a aparecer en los titulares de manera masiva a partir del mes que viene. La razón son las elecciones legislativas del 6 de noviembre. Ese día, los estadounidenses eligen a los 535 miembros de la Cámara de Representantes, más 35 de los 100 miembros del Senado, 39 de las 56 gobernaciones de EEUU. Además, nombrarán a miles de cargos políticos de importancia institucional menor. Pero donde está la atención concentrada es en la Cámara de Representantes y, en menor medida, en el Senado. Estas van a ser las elecciones que marquen la política de la primera potencia mundial hasta las presidenciales de 2020.

Artimética electoral

Cuando se celebran unas elecciones legislativas en el segundo año del primer mandato de un presidente, el partido al que éste pertenece siempre es derrotado. En esta ocasión, no parece que Donald Trump, que rompió todas las leyes de las encuestas en 2016, vaya a escapar de esa suerte. Los mercados de apuestas políticas dan a la oposición demócrata un 70% de posibilidades de recuperar el control de la Cámara de Representantes, aunque ese porcentaje se desploma al 27% en el caso del Senado. La razón es un factor de calendario: de los 35 escaños del Senado que salen a elección, 26 están en manos demócratas. A su vez, 10 de esos escaños demócratas están en estados en los que ganó Donald Trump en 2016. Para lograr el control del Senado, el Partido Demócrata debería ganar 28 de los 35 escaños en liza, algo que parece virtualmente imposible.

En la Cámara, las cosas son diferentes. Los sondeos les dan a los demócratas una ventaja de unos 6 o 7 puntos porcentuales. En realidad, esa es una herramienta muy basta para saber lo que va a suceder en las elecciones, porque estos comicios son como 535 elecciones simultáneas. Además, los republicanos controlan 28 de los 50 estados, y han diseñado cuidadosamente los distritos de manera que perjudiquen al máximo a los demócratas, empleando para ello desde GPS hasta algoritmos.

Aun con todos esos condicionantes, el Partido Demócrata parece destinado a ganar la Cámara. Y ahí se presenta la gran cuestión: ¿va a iniciar los trámites para realizar un ‘impeachment’ de Donald Trump? La respuesta oficial es no. La respuesta entre bastidores es: por supuesto. Salvo que los demócratas consigan una mayoría muy exigua – otra posibilidad – parece claro que se van a lanzar a por el ‘impeachment’. Tienen artillería de sobra. Por de pronto, los republicanos, que controlan ambas cámaras, han bloqueado sistemáticamente – a veces, de forma coordinada con la Casa Blanca, lo que plantea incluso sospechas de delito entre dos ramas del Gobierno que teóricamente deben ser totalmente independientes – todos los esfuerzos para investigar los múltiples escándalos de Donald Trump. Eso afecta de forma muy particular al que más titulares ha acaparado, que es la ‘trama rusa’. Pero también al que puede ocasionar más problemas políticos al presidente: su actividad como empresario antes de entrar en política. A fin de cuentas, Trump no fue solo un promotor inmobiliario que contaba “con una parte desproporcionadamente grande de rusos” entre sus inversores (tal y como dijo su propio hijo), sino que debe de ser el único empresario que entre 2008 y 2016, con tipos de interés cero, pagó 400 millones de dólares en metálico en diferentes operaciones inmobiliarias. A cualquier Hacienda del mundo eso le hubiera sondo a posible blanquero de capitales. A la de EEUU, aparentemente, no.

Hacer más ruido

Si los demócratas toman la Cámara de Representantes, ya podemos ir preparándonos para una oleada de testigos declarando ante diferentes comités acerca de la ‘trama rusa’ (aunque no parece que la ‘trama israelí’, tan o más importante que esa, vaya a merecer atención) y las finanzas de Trump y de su familia, un área que ya está investigando la Fiscalía del Sur de Manhattan y el fiscal especial de la trama rusa, Robert Mueller. También cabe esperar una ley que obligue a los candidatos a cargos públicos – o, al menos, la Presidencia – a hacer pública su Declaración de Hacienda, una tradición que Trump rompió. Y, finalmente, el ‘impeachment’.

 
 
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