Número 140 - Julio de 2018
 
REPORTAJES
 

“No se necesita ser un populista para reconocer que la UME es disfuncional y necesita más reformas que las propuestas por Alemania y Francia”

 
     
UNIÓN EUROPEA: LA FRAGMENTACIÓN, UN PROBLEMA ENDÉMICO  
           
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  Foto: Archivo RC  
   
   

SEGÚN LA COMISIÓN, 12 PAÍSES EUROPEOS PRESENTAN DESEQUILIBRIOS MACRO, INCLUYENDO NUEVE SOCIOS DEL EURO. CADA VEZ MÁS ECONOMISTAS EURÓFILOS PIDEN REFORMAS MÁS HONDAS, MÁS PRESUPUESTO Y CAPACIDAD FISCAL EUROPEA.

   
   

TEXTO: ALEXANDRE MATO (BRUSELAS)

La UE y la zona euro han dejado atrás la crisis económica, justo en el décimo aniversario de la quiebra de Lehman Brothers y con el cierre exitoso del tercer programa de asistencia financiera de Grecia. Europa, dicen en la capital comunitaria, debe consolidar la expansión.

Este optimismo está caracterizado por “algunos sucesos atípicos”, reconocen en la propia Comisión, porque la inflación subyacente sigue siendo “débil”, “el crecimiento de los salarios no refleja la mejoría de los mercados laborales” y persisten “largos superávits por cuenta corriente”. Las divergencias dentro de los países del euro en renta per cápita y de desempleo se mantienen. En Bruselas, sin embargo, no todos analizan con tanta precaución o mesura estos desequilibrios y con frecuencia importantes voces económicas se elevan para alertar de problemas estructurales perennes. “Cuando el sol brilla, es tiempo de arreglar el tejado”, dijo Jean Claude Juncker. Pero el tejado, la moneda única, acumula importantes grietas desde hace dos décadas.

“Los líderes de Italia están en lo cierto al decir que la eurozona necesita desesperadamente una reforma”, alerta el Premio Nobel Joseph Stiglitz, criticando la pertenencia al área monetaria europea como origen de parte de los problemas económicos de Italia al sustraerle de “dos mecanismos de ajuste claves: el control sobre los tipos de interés y los tipos de cambio”.

Stiglitz denuncia problemas estructurales en esta arquitectura monetaria, con la misma política en este frente pero diferentes mercados laborales y sistemas fiscales donde “se introdujeron estructuras rígidas en las deudas y los déficits, obstáculos futuros para la recuperación económica”.

Por si fuera poco, los éxitos de los alumnos aventajados agravan los problemas de sus socios. Alemania acaba de recibir un nuevo toque de atención por sus desequilibrios presupuestarios. Si incurrir en grandes déficits reduce la capacidad para contrarrestar imprevistos económicos hipotecando el margen futuro con endeudamiento a largo plazo, un superávit excesivo lastraría el crecimiento potencial, al no exprimir la capacidad inversora ni las oportunidades económicas de empresas y trabajadores.

Por datos como este, por los doce países de la UE con desequilibrios macroeconómicos, según los propios análisis de la Comisión, incluyendo nueve del euro con sus grandes economías al frente (Alemania, Francia, Italia, España, Países Bajos e Irlanda) las voces económicas disconformes con la eurozona no callan. “Las cosas no funcionan bien hoy”, interrumpió visiblemente contrariado Jacques de Larosière, presidente en 2009 del Alto Grupo para la Supervisión Financiera de la UE, a John Berrigan, todo un subdirector de Estabilidad Financiera en la Comisión, hace apenas unas semanas en el Parlamento Europeo. De Larosière acababa de desmontar con datos de la balanza por cuenta corriente y las posiciones fiscales de los países del euro la integración económica comunitaria, desde el nacimiento de la moneda única hasta la actualidad.

¿El origen de los desequilibrios?

Alemania disfruta de niveles de empleo récord mientras que el desempleo sigue por las nubes en Grecia, 20,1% según los últimos datos de Eurostat frente al 3,4% germano. Mientras que en los Países Bajos o Francia se paró la llegada al poder de partidos políticos euroescépticos y nacionalistas, en Italia las últimas elecciones dejaron como vencedoras a dos formaciones eurófobas.

Los economistas Raymond Torres y Miguel Otero-Iglesias escribían recientemente en una tribuna en Politico que “no se necesita ser un populista para reconocer que la Unión Monetaria de Europa es disfuncional y que necesita reformas más sustanciales que las propuestas por Alemania y Francia” en la reciente Declaración de Meseberg. A su juicio, no basta con un presupuesto de la eurozona de 10.000 millones de euros, debería ser al menos diez veces más grande, y existir una capacidad fiscal manejada por una autoridad europea para “compensar shocks específicos en un país”. Centralizada la política monetaria en Frankfurt, condicionada la presupuestaria por la vigilancia de la Comisión, las únicas herramientas en manos de los países del euro ante crisis económicas son las devaluaciones internas mediante reformas que moderen los salarios o flexibilicen las condiciones de despido. Y embarcarse en una guerra impositiva, como llevan haciendo Irlanda, Luxemburgo o los Países Bajos para atraer a multinacionales en detrimento de las haciendas nacionales española, francesa o alemana. Una estrategia que desde el escándalo de la evasión fiscal de los Luxleaks la Comisión está desmontando al considerarla ayuda de estado ilegal a empresas concretas.

“La heterogeneidad en la eurozona desde la creación del euro no se ha reducido, y ha aparecido una seria variedad de desequilibrios macroeconónicos”, denunció Jacques de Larosière. Durante los primeros diez años de la moneda única, las divergencias económicas aumentaron en salarios, déficits fiscales o desequilibrios por cuenta corriente. El argumento de De Larosière se basa en que una unión monetaria “siempre tiende a acentuar el fenómeno de la especialización”. Las regiones o estados líderes en productividad y con firmas de alto valor añadido incrementan su competitividad gracias a unos tipos de cambio fijos frente a sus socios monetarios con menores productividades.

 
 
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