Número 133 - Diciembre de 2017
 
REPORTAJES
 

“La gran diferencia entre la Guerra Fría y 2018 son los medios de comunicación e internet: las campañas, que antes duraban seis meses, ahora son eternas”

 
     
ESTADOS UNIDOS: 2018 DE INFRAESTRUCTURAS  
           
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  Foto: Archivo RC  
   
   

A PARTIR DEL 1 DE ENERO LOS CONGRESISTAS ESTADOUNIDENSES ESTARÁN PENSANDO EN LA REELECCIÓN, DE AHÍ SU PRISA POR SACAR LEYES COMO SEA. ESO PUEDE FACILITARLE A TRUMP APROBAR SU ANSIADO PLAN DE CONSTRUCCIÓN.

   
   

TEXTO: PABLO PARDO (WASHINGTON)

Para las dictaduras, uno de los problemas de las democracias es que no son predecibles. Eso, en principio, suena como un factor a favor de las últimas, no de los regímenes democráticos. A fin de cuentas, si un gobierno no sabe si le van a aprobar los presupuestos, o si ni siquiera va a seguir siendo gobierno el mes que viene, debería ser un problema para ese gobierno, no para sus rivales.

Sin embargo, los hechos demuestran lo contrario. Las dictaduras temen la incertidumbre, porque no suelen tener burocracias estatales que sean capaces de seguir gestionando el país si el “querido líder” de turno no recibe esa semana. Durante la Guerra Fría, por ejemplo, los diplomáticos soviéticos se quejaban constantemente de que, una vez cada cuatro años, la política de EEUU caía en lo que ellos llamaban “suspensión activa” por mor de las elecciones. El hecho de que EEUU pasara a perder la iniciativa política (a pesar de que en ese país el presidente saliente no está en funciones después de las elecciones, y mantiene todas sus prerrogativas hasta que su sucesor jura el cargo) suponía, paradójicamente, un problema mayor para el Kremlin que para la Casa Blanca. De hecho, si se revisa la lista de crisis de la Guerra Fría, se ve que ninguna de ellas se produjo en los dos meses y medio que suelen pasar entre las elecciones estadounidenses y la jura del cargo por un nuevo presidente.

Contrarreloj

La gran diferencia entre la Guerra Fría y 2018 son los medios de comunicación e Internet. Las campañas, que antes duraban seis meses, ahora son eternas. Y el margen de actuación de los presidentes de Estados Unidos se ha reducido de manera dramática. Hoy en día, el jefe del Estado y del Gobierno de la primera potencia mundial solo tiene aproximadamente 11 meses para poner en práctica su programa: desde que jura el cargo, el 20 de enero, hasta el 31 de diciembre de ese mismo año. La razón es que cada dos años se celebran elecciones legislativas en las que se renueva aproximadamente el 86% del Congreso, que es quien aprueba las leyes. Eso significa que a partir del 1 de enero los legisladores están pensando en la reelección.

Eso es lo que va a pasar en 2018 en Estados Unidos. Y eso es lo que explica la locura del mes de diciembre, con el debate de una reforma fiscal absurda, en la que los republicanos llegaron a forzar el voto de un borrador con textos escritos a mano porque no les daba tiempo a teclearlos en el ordenador.

El objetivo era evitar que en 2018 la oposición demócrata les acusara de ser “un Congreso que no hace nada” (“do-nothing Congress”). Es lo que les llamó el presidente – también demócrata – Harry Truman en las elecciones de 1948. El resultado fue una catástrofe electoral republicana.

El hecho de que los congresistas estén en campaña, sin embargo, abre una ventana de oportunidad para un elemento del programa de Donald Trump que ha quedado siempre postergado: un plan de infraestructuras.

Hay varias razones para ello. Por un lado, como explica un trader y economista de uno de los mayores bancos de Wall Street, “Trump quiere inaugurar cosas de cara a su reelección. Es políticamente útil, y, además, totalmente en su estilo, salir junto a autopistas, puentes, o lo que haga falta”. Para conseguirlo, Trump necesitará que el Congreso apruebe algún tipo de legislación en 2018 que entre en vigor en el año fiscal que comienza el 1 de octubre próximo.

No será fácil

Otra cosa, claro está, es que lo consiga. Por un lado, como se ha explicado más arriba, los republicanos del Congreso van a estar centrados en su reelección. Por otro, está la cuestión del déficit. Esto último, sin embargo, no es un problema para el votante medio. El Partido Republicano es el que se desgañita hablando del déficit y de la deuda cuando está en la oposición, pero luego se olvida de eso cuando llega al Gobierno. Ronald Reagan y los dos Bush – padre e hijo – fueron presidentes que gobernaron con masivos desequilibrios de las cuentas públicas. Los únicos presidentes en las últimas cuatro décadas que han tenido superávit fiscales han sido dos demócratas: Jimmy Carter y Bill Clinton.

George W. Bush lo logró en su primer año en el cargo, pero sus descomunales bajadas de impuestos y su aumento del gasto en Sanidad para la tercera edad – para que le votaran en la reelección – y en Defensa – después del 11-S – hicieron que el agujero presupuestario resucitara y no volviera a desaparecer nunca más. A fin de cuentas, fue el muy venerado semanario The Economist quien dijo que Bush gastaba “como un socialista francés” lo que, viniendo de quien viene, se supone que es una crítica. El vicepresidente con Bush, Dick Cheney, lo resumió de una manera simple al entonces secretario del Tesoro y ex presidente del gigante del aluminio Alcoa: “Reagan demostró que los déficit no importan”.

 
 
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