Número 130 - Septiembre de 2017
 
REPORTAJES
 

“¿Cómo reaccionarán los no independentistas pero sí ‘desafectos’ desde la sentencia del TC, que se interpretó como una bofetada de la derecha al autogobierno catalán?”

 
     
ESPAÑA: Y DESPUÉS DEL CHOQUE, ¿QUÉ?  
           
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  Foto: Archivo RC  
   
   

TEXTO: JOAN TAPIA (BARCELONA). NO HABRÁ INDEPENDENCIA DE CATALUÑA, AL MENOS A CORTO PLAZO, PERO PESE AL RIDÍCULO DEL SEPARATISMO Y AL DISPARATE QUE SE HA MONTADO, LA SACUDIDA POLÍTICA SERÁ CONSIDERABLE. Y TENDRÁ CONSECUENCIAS.

   
   

Han pasado meses, años, durante los que algunos analistas hemos avisado del cada vez más posible choque de trenes entre el gobierno de España y el de Cataluña. Advertimos de que el independentismo catalán era un fenómeno relativamente reciente -su apoyo en la opinión pública saltó de cotas inferiores al 25% en 2004 al 47,8% en las elecciones catalanas de 2015-, pero relevante y que había adquirido mucho impulso tras la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de 2006 que no llegó hasta 2010.

El establishment madrileño no debía minusvalorarlo, el PSOE no podía seguir atenazado por el temor a ser acusado de “poco patriota”, y el PP, que se equivocó mucho con la campaña contra el Estatut y con el recurso de inconstitucionalidad a algo ya aprobado en referéndum, no aprovechaba su mayoría absoluta del 2011 para poner mercromina en la herida de la desafección catalana, de la que ya avisó el president José Montilla. El único no nacionalista, junto a Pasqual Maragall, que había accedido a dicha responsabilidad desde la recuperación de la Generalitat.

Cartas sobre la mesa

Ahora ya estamos en el choque de trenes. Cierto que Rajoy -y la vicepresidenta- se han ocupado más del conflicto (y con un enfoque más pragmático) desde la investidura del pasado año y que han intentado tender puentes. Pero ha sido demasiado tarde: el independentismo ya había tomado carrerilla y no ha querido, o no ha sabido, rectificar o modular su actitud. Ha preferido el choque de trenes.

El separatismo no tiene las mejores cartas. La última encuesta del CEO (el CIS de la Generalitat) cifra su apoyo en un 41%, mientras que los no independentistas están en el 49%. Habría así, según una entidad nada sospechosa de “españolismo”, un retroceso moderado respecto a las elecciones de 2015. Además las dos leyes de ruptura -la del referéndum y la de desconexión- han sido aprobadas sólo con el voto de 72 diputados (los de Junts pel Si y los de las CUP) y el rechazo radical de otros 52 diputados que al final optaron por ausentarse de la votación. Indica la pérdida de sentido de la realidad de los dirigentes separatistas porque están no solo saltándose la Constitución española -y las advertencias del Constitucional- sino el propio Estatut, que establece una mayoría cualificada de dos tercios (90 diputados) para su reforma. ¿Para su derogación -algo bastante más relevante- bastarían 72? Un disparate.

Pero han optado por el choque y puede tener cierta virulencia. El separatismo ha votados las dos leyes en el Parlament -no sin cierto ridículo, pues los letrados de la cámara advirtieron de su ilegalidad- y la Generalitat ha pedido ya a los ayuntamientos los locales para el referéndum del 1 de octubre. Por su parte el Tribunal Constitucional ha suspendido, a instancias del Gobierno, las leyes y la convocatoria. Además, la Fiscalía ha abierto diligencias contra el gobierno catalán (todos los Consellers firmaron la convocatoria) y contra la mesa del Parlament. A la hora de escribir esta crónica todavía no se ha celebrado la manifestación independentista de 11 de septiembre que se prevé nutrida. Los organizadores predicen incluso que más que otros años.

Tras el pulso

¿Cómo acabará el conflicto? A largo plazo es imposible predecir porque -lo decía Keynes- todos estaremos muertos. A corto, el Financial Times titulaba así el análisis de su acreditado editor europeo, Tony Barber: “La independencia de Cataluña sigue siendo un sueño lejano”. Barber lo argumenta señalando las armas legales y financieras del gobierno de Madrid, la ausencia de complicidades visibles en los países europeos, la división de la población que confirma el ya citado estudio del CEO y la ausencia de entusiasmo del mundo empresarial.

Es un buen análisis. Pero que no haya independencia a corto, no quiere decir que a medio plazo el choque no vaya a tener consecuencias. El gobierno español se ha comprometido a impedir el referéndum y si los medios utilizados son juzgados excesivos por la población -no digamos si hubiera violencia que se pudiera atribuir a la actitud de Madrid-, es posible que la causa independentista ganara adeptos, lo que tendría consecuencias. Es quizás lo que esperan algunos dirigentes separatistas con el cálculo, siempre peligroso, de “cuanto peor, mejor”.

También es cierto que si el independentismo no solo no logra hacer el referéndum sino que las protestas puntuales -aunque fuertes- no alteran la normalidad, el movimiento perdería credibilidad. Se habría visualizado que era un tigre de papel. Este debería ser un motivo de preocupación en Madrid. El independentismo ha quemado las naves y no puede permitirse el ridículo, luego…

¿Qué va a pasar? La Generalitat va a intentar seguir con el referéndum y el gobierno de Madrid no puede sobrepasarse (o equivocarse) en lo que siempre será pintado como “actos de represión”. Muchos ayuntamientos –en especial de ciudades no demasiado pobladas- ya han confirmado que pondrán urnas. ¿Serán retiradas? ¿Cómo? ¿Qué pasará con la campaña publicitaria del referéndum, incluida TV3, que aunque tiene una cuota de mercado del 12%, influye mucho en el mundo nacionalista? ¿Cómo reaccionará la población que no es independentista pero sí “desafecta” desde la sentencia del Constitucional que se interpretó como una bofetada de la derecha española al autogobierno catalán? ¿La protesta contra el PP se apuntará al referéndum?

 
 
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