Número 138 - Mayo de 2018
 
REPORTAJES
 
30.000 m para mitigar crisis y 25.000 para apoyar reformas en las Perspectivas 20-27    
     
PARÍS-BERLÍN: ¿HAY PUNTOS DE COINCIDENCIA?  
       
 
     
     
     

LA COMISIÓN, MACRON... SE ACUMULAN LAS PROPUESTAS DE REFORMA, PERO EL CLIMA POLÍTICO QUE SE RESPIRA EN MUCHAS PARTES DE EUROPA REVELA OPOSICIÓN O DESINTERÉS. ASÍ QUE ACTUALMENTE NO HAY VÍAS EXPRÉS PARA FORZAR LA INTEGRACIÓN PERO SÍ VÍAS PRÁCTICAS PARA CONSOLIDAR INICIATIVAS COMUNES. Y LOS MINISTROS ALEMÁN Y FRANCÉS YA SE HAN COMPROMETIDO A LLEVAR UNA POSICIÓN CONJUNTA A LA CUMBRE DE JUNIO.

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: LUIS MARTÍ

El experimento europeo de moneda única ha sobrevivido varias fases críticas y ahora se adentra en otra. Tenemos la mesa rebosante de propuestas reformistas, varias de la Comisión Europea -insistente desde 2015-. y otras del presidente Macron -desde mediados de 2017-, ambiciosas y de realismo discutible, como luego veremos. La cumbre de junio próximo será probablemente decisiva. De momento, Francia y el primer socio de la UEM han cambiado impresiones coincidentes, pero no se han sentado aún a discutir la letra pequeña.

Principios de realismo

Viene bien recordar, ante todo, notas que no pueden pasarse por alto al interpretar las confusiones de nuestra zona euro que se destacan más adelante.

En primer lugar, el euro fue y sigue siendo un producto puramente político. Una Francia crecida aceptó, sin más, una Alemania unificada a cambio de que Alemania renunciase a su potente moneda nacional. La posibilidad de que la eurozona tuviese algún día que enfrentarse a shocks simétricos o, peor aún, asimétricos, no inspiró a sus creadores el diseño de instituciones supranacionales encargadas de gestionar crisis económicas. Lamentablemente, las crisis no han faltado, y el eurogrupo ha sido la instancia obligada a conciliar posiciones de sus miembros -a veces divergentes- a fin de paliar inmediatamente problemas de solvencia y crear de la nada mecanismos permanentes de gestión.

En segundo lugar, la UEM exigía a cada miembro la cesión de una parcela sustancial de soberanía, la monetaria. Cada parlamento nacional continúa siendo dueño y señor de la política presupuestaria y del endeudamiento público. No hay que insistir en obviedades: claro que la unión fiscal marcaría un paso definitivo hacia la consolidación de la UEM. Pero estamos hablando de una nueva transferencia sustancial de facultades soberanas, que no figura en la agenda política de los miembros. De ahí la futilidad de tantos “asesores” que argumentan encarecidamente la unión fiscal como si se tratara de una rutinaria decisión ejecutiva. La realidad es que nuestra Europa sigue siendo post-westfaliana, una Europa de naciones, por tanto, condenada a una conciliación permanente de condicionantes políticos nacionales cada vez que surgen iniciativas más integradoras.

Y finalmente, no debemos autoengañarnos. La simple gestión del actual proyecto ya exige ejercicios notables de prudencia -o paciencia- política : algunos gobiernos necesitan negociar difíciles arreglos con sus propios euroescépticos y tener en cuenta el antieuropeísmo de sus populistas. Sin embargo, los aumentos en las perspectivas 2020-27 (presentadas el 2 mayo) sugieren una Comisión dispuesta a ampliar su actividad desde Bruselas, alejada respecto de los problemas sobre el terreno que afrontan los países miembro. El clima político que se respira en partes de Europa revela oposición o desinterés. En el punto en que nos encontramos, no hay vías exprés para forzar la integración, pero sí hay vías prácticas para consolidar iniciativas comunes.

Entra Macron

La figura del presidente Macron, como político renovador y comprometido, introduce elementos de optimismo en una Europa desanimada, en la que además la potencia hegemónica acusa las señales de fatiga de su canciller. Es interesante destacar al Macron comunicador apasionado por cualquier medio, incluso mediante “contactos ciudadanos”, como el de Epinal (17 abril), verdaderos 'townhall meetings' al estilo norteamericano que no se prodigan precisamente entre políticos europeos. Macron aspira a recuperar la voz perdida de Francia, mediante iniciativas muy varias -en materia de cambio climático, por ejemplo, o en defensa del acuerdo nuclear con Irán- y tratando de reactivar el viejo dinamismo del eje franco-alemán en temas europeos. El objetivo inmediato es el de mostrar un protagonismo en Europa y en el mundo que se traduzca en el voto de sus conciudadanos. La primera cita electoral de Macron son las próximas europeas (mayo 2019).

Las propuestas francesas sobre Europa coinciden en buena medida con aspiraciones manifestadas por la Comisión Europea desde hace varios años y, con insistencia especial, durante la etapa Juncker. La Hoja de Ruta de la Comisión llega a prever la culminación de la unión fiscal en 2025. Macron es realista -en este punto- y no pretende desgastarse tratando de imponer a sus socios un calendario irrealizable.

Más recursos al común

Un primer objetivo es el de un llamado “presupuesto de estabilización”, constituido en la Comisión a fin de sacar de apuros a un país miembro ante una coyuntura negativa: por ejemplo, permitiéndole mantener partidas esenciales de gasto público, o complementando los recursos disponibles en el seguro de desempleo. Esta medida estaría inspirada por la necesidad de impulsar la “convergencia” entre países miembro. Coincide con pretensiones de la Comisión Europea para la creación de un “Ministro de Hacienda” para la eurozona, que debiera ser el propio Comisario de Asuntos Económicos a quien, de paso, se designaría presidente del eurogrupo. Impulsor, sin duda no desinteresado, de la propuesta ha sido el Comisario francés Moscovici. La agenda de Macron en Berlín -visita a fines de abril- parece que no incluyó esa aspiración a crear un nuevo cargo en la Comisión.

¿Qué recepción espera en Alemania a esta idea del presupuesto estabilizador?

Consistentemente, sus autoridades han trazado una línea divisoria entre la política de corto, cuyos errores o desfases cada país debe corregir internamente, y la crisis económica profunda que amenace la solvencia del país y quizá de la eurozona, para la que está previsto un mecanismo condicionado de financiación a largo plazo por el MEDE. En otros términos, la opinión alemana mantiene que las políticas de “convergencia” son responsabilidad de cada país, y que cada país debe hacer frente a las incidencias derivadas de su diseño o de su ejecución. Un “presupuesto de estabilización” podría servir como “caja de transferencias” principalmente a cargo del socio principal, Alemania. Este contraargumento constituye una línea roja que su opinión pública ha trazado desde hace tiempo. Ningún gobierno de Berlín se atrevería a cruzarla.

El acuerdo de coalición ha introducido, sin embargo, cierta ambigüedad en este tema. “Recomendamos recursos presupuestarios específicos para estabilización económica y convergencia social, así como para apoyar reformas estructurales en la eurozona... Estamos dispuestos a aportar una contribución superior al presupuesto comunitario...” [líneas 231-235: es un acuerdo numerado por líneas, 8.377, para facilitar las referencias]. Conviene dejar en reserva semejante entusiasmo activista que casa malamente con previas tomas de posición de políticos alemanes. Muchos medios han expresado su sorpresa. ¿A qué se debe este confusionismo? Parece ser que la sección europea del acuerdo -su capítulo primero- fue redactada como programa de acción por el malogrado candidato del PSD, Martin Schultz, pro-europeísta desenfrenado, partidario beligerante en favor del compromiso de su país con toda iniciativa comunitaria. No queda claro por qué este desideratum pasó al texto suscrito por los dos partidos, quizá absorbidos en delicadas negociaciones -no solo entre partidos, sino dentro del propio grupo conservador- sobre áreas muy calientes de política interna. Las líneas atribuidas a Martin Schulz, dentro de su vaguedad, contradicen lo que ha sido posición oficial alemana durante estos años.

 
 
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