Número 137 - Abril de 2018
 
REPORTAJES
 
“Son dos legislaturas sin capacidad de respuesta a los problemas, sin imaginación para renovar partidos, liderazgos y programas”    
     
LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA, HACIA LA TERCERA RUPTURA  
       
 
     
     
     

“LO QUE ESTORBA NO ES TANTO LA TRANSICIÓN O LA CONSTITUCIÓN COMO LA CONCORDIA. ¿CÓMO VA A HABER CONCORDIA ENTRE BUENOS Y MALOS? LA CONCORDIA ES PERCIBIDA COMO DEBILIDAD, CONTRARREVOLUCIÓN, EN SUMA, TRAICIÓN”. ASÍ QUE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA CORRE HOY EL RIESGO DE VERSE ATRAPADA EN EL DISCURSO DEL ODIO.

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: FERNANDO GONZÁLEZ URBANEJA

La reciente historia de España, la de la democracia, tuvo su momento estelar con la Constitución de 1978 (de Reconciliación y Concordia) y dos puntos de ruptura tras sendas elecciones legislativas divisorias no solo por el nuevo gobierno, sino también por un cambio de visión y estrategia: primero las elecciones de 1982, que llevaron a los socialistas liderados por Felipe González al gobierno, con abrumadora mayoría absoluta y un programa de “cambio”. Y luego las elecciones de 1996, punto final a la etapa socialista y entrada en la Moncloa del Partido Popular, liderado por José María Aznar, que también venía con una rectificación, aunque sin merma de la lealtad a la Constitución. Los gobiernos de Zapatero y Rajoy han sido etapas menores que tropezaron con la Gran Recesión que cambia las expectativas de la ciudadanía habilitando otra ruptura, que se viene fraguando desde 2015 y que se materializará en las próximas legislativas, antes del verano de 2020.

El sonido de fondo de la opinión pública, que concretan las encuestas, apunta ahora a otra divisoria con incierto desenlace. Con las próximas legislativas vendrá un relevo generacional, otro mapa parlamentario, un modelo abierto de coaliciones para gobernar, un cambio de estrategia política y, muy probablemente, una reforma constitucional más o menos ambiciosa. Sin que los paralelismos tengan lógica fatalista, sirve de referencia, o advertencia, que mientras los dilemas de la Transición y la democracia se resolvían en positivo, ahora los dilemas se enredan por la incapacidad e impotencia de políticos agotados, sin respuestas ni credibilidad.

Lo que hace cuarenta años era un círculo virtuoso ahora es un laberinto sin salidas. A diferencia de entonces, cuando el manual reclamaba equipararse con los vecinos europeos, ahora las propuestas de reforma llenan bibliotecas, pero no traspasan las puertas de los partidos y del Parlamento, empantanados en debates de poco vuelo y baja calidad. Como muestra sirve la actual legislatura que más parece un guirigay tabernario que una conversación política seria, serena y a la altura de las circunstancias. Para más detalle basta con seguir el debate sobre pensiones y el desdén de los parlamentarios, y de sus partidos, ante la extensa y valiosa panoplia de propuestas que han hecho los expertos que, hasta ahora, no han merecido la menor atención. Propuestas hay de sobra, lo que no hay es voluntad y talento político para implementarlas, para movilizar, ilusionar y convencer a una ciudadanía cada día más desengañada e irritada.

Las elecciones europeas de 2014 mandaron una señal muy clara de lo que se venía cociendo en la sociedad (aquellos resultados se parecen bastante a lo que apuntan hoy las encuestas). Los electores concedieron a los viejos partidos de gobierno (PSOE y PP) una oportunidad para regenerarse, que no han aprovechado durante dos legislaturas (la XI y la XII) cortas y estériles, enfangadas en querellas partidistas, con pésima gestión de la corrupción y, finalmente, confrontadas con la crisis catalana que amenaza la arquitectura de la democracia española y la propia vigencia de la Constitución.

Todo apunta ahora hacia una tercera ruptura que vendrá con las próximas legislativas (antes de verano de 2020) para abrir la puerta a un cambio de gobierno y de personajes, quizá a una reforma de la Constitución que puede ser para enmendarla con continuidad o para un viaje aventurado hacia un nuevo régimen que cuestione la forma de Estado, la de gobierno, e incluso la integridad territorial.

Calendario electoral incierto

El fracaso de las legislativas de 2015 condujo a unas nuevas elecciones un año después, alterando el calendario informal de elecciones bianuales, primero generales y dos años después autonómicas y municipales, con algunas ventanas intermedias para las europeas (preceptivas cada cinco años) y algunas autonómicas singulares que no permiten extrapolaciones fáciles. Ahora el calendario conduce a una supercita electoral en mayo de 2019 (más que unas primarias), con la incertidumbre de la fecha que elegirá Rajoy para convocar legislativas, facultad exclusiva del presidente, que tendrá en cuenta los intereses de su partido, el momento menos desfavorable. ¿Le interesa a Rajoy pasar primero por las urnas previstas para mayo de 2019 o por unas legislativas previas o incluso simultaneas? Si el PP se descompone en mayo de 2019 (o antes) llegaría agonizante a las legislativas, aunque tampoco me parece infundada la secuencia contraria.

Previamente votarán los andaluces (su legislatura acaba en marzo de 2019) que sin ser decisivos mandarán señales interesantes sobre la fortaleza de los nuevos y los viejos partidos. Sin olvidar el caso catalán, donde nadie quiere nuevas elecciones pero tampoco se percibe capacidad para formar gobierno en plazo, o que, si se llega a formar, pueda durar. Frente a la previsibilidad de los últimos cuarenta años (diez legislaturas) la democracia española ha entrado en fase de inestabilidad desde finales de 2015 y lleva más de un bienio con dos legislaturas inanes, sin capacidad de respuesta a los problemas y sin imaginación para renovar partidos, liderazgos y programas, sin oferta electoral y sin capacidad de gobierno.

A lo largo de los próximos meses, antes de otoño, los partidos tienen que decidir sus candidatos y las listas electorales, lo cual implica conflictos internos e incertidumbres sobre las alianzas pre y pos electorales. Es probable que aparezcan nuevas ofertas electorales con posibilidades de obtener algún escaño y también trasvases de candidatos de unos a otros partidos en función de sus necesidades y de los vientos que indiquen las encuestas. Tanto PP como PSOE van a renovar sus listas, con inevitables tensiones internas. Ciudadanos necesita una gran leva de candidatos con los riesgos que ello comporta de selección adversa y perversa. Y en Podemos y sus confluencias tienen que gestionar unas alianzas que se complican con la experiencia, cuando tienen que repartir porciones de poder (en retroceso) y no las ingenuas expectativas de hace pocos años. Un panorama muy abierto, lleno de riesgos, que justifica la tesis de la descomposición de algunos partidos y la oportunidad para otros.

El discurso del odio

Entre los factores más inquietantes de la actual conversación/guirigay político español cabe señalar la extensión del llamado “discurso del odio”, que se percibe en buena parte de las declaraciones de los políticos y también en la retórica desparramada por las redes sociales que fragmenta, enfrenta y dualiza la sociedad y la opinión pública. Ignacio Sánchez Cuenca sostenía hace pocos días: “Lo que estorba no es tanto la Transición o la Constitución como la concordia… ¿Cómo va a haber concordia entre buenos y malos? La concordia es percibida como debilidad, claudicación, contrarrevolución, en suma, traición. La pócima mágica contra la concordia es el odio”; el filósofo reclamaba a renglón seguido: “una terapia basada en la recuperación de la concordia, que es cosa de dos, aunque romperla es cosa de uno”.

En estos momentos el espacio y la oportunidad para la “concordia” es escaso, falta práctica y ganas, y sobran discursos del odio, de la intolerancia y la confrontación, de los míos frente/contra los otros. Dice la filósofa alemana Carolin Emcke en su libro “Contra el odio” que: “odiar requiere certeza absoluta, si se duda del odio no es posible odiar”, una advertencia interesante para identificar a los sembradores de odio, gentes muy seguras de sus visiones. Y añade: “el odio no se manifiesta de pronto, se cultiva, se fabrica”, otra advertencia para prevenir tolerancias o complacencias tan insensatas como cómodas. Indica: “…que se pueda vociferar, ofender y agredir sin freno no me parece ningún avance para nuestra civilización, no quiero que el nuevo placer de odiar libremente se normalice”. Para concluir reclamando a la conciencia ciudadana para “impedir que quienes odian puedan fabricarse un objeto a su medida”.

¿Está la sociedad y la democracia española en el riesgo de verse atrapada en el “discurso del odio”? Si analizamos los argumentos del “proces” catalán y de sus “hiperventilados”, la respuesta es sí, que hay odio con todo lo que ello comporta. Pero el resto de la política española también rezuma “odios” y discursos “contra” que cierran la puerta a la concordia y el entendimiento, a abordar la tercera ruptura del modelo democrático con razonables garantías de acierto.

Ni estabilidad, ni previsibilidad

Uno de los valores reconocidos de los últimos 40 años de la política española, los que van del fin de la Transición (Constitución de 1978) hasta la actualidad, ha sido la estabilidad y previsibilidad de la misma. Los actores de la Transición y los constituyentes conocían la Historia y habían aprendido de los fracasos de la Restauración (un siglo antes) y de la II República (medio siglo después). Pretendieron, entre otros objetivos, que el nuevo régimen político fuera estable y previsible, una democracia al modo europeo de la postguerra. La II República, tan cacareada ahora desde la ignorancia y la emoción, discurrió a lo largo de ocho agónicos años con 26 Gobiernos y la peor guerra (in) civil de nuestra Historia. Antes, durante la Restauración (1874-1931) se sucedieron 53 gobiernos a lo largo de 57 años, el más largo (6 años) la dictadura de Primo de Rivera. Una Restauración con un balance bastante pobre para los españoles y, finalmente, fallida.

 
 
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