Número 135 - Febrero de 2018
 
REPORTAJES
 
“El 34% de las pymes de EEUU no logra cubrir vacantes. Los márgenes a la baja no permiten ofrecer salarios atractivos"    
     
UN AÑO INTERESANTE PARA LA FED  
       
 
     
     
     

“EL BANCO CENTRAL DE EEUU HARÁ TODO LO POSIBLE POR MANTENER LOS DELICADOS EQUILIBRIOS EXISTENTES. ESO SÍ, DE EMPEORAR EL ESCENARIO DE RIESGO CREEMOS QUE LA FED SACRIFICARÍA UNA DE LAS TRES SUBIDAS DE TIPOS, SABIENDO QUE LOS MERCADOS ESTÁN MÁS ATENTOS A ESTA CUESTIÓN QUE AL PROPIO BALANCE DE LA ENTIDAD”

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: FRANCISCO VIDAL (INTERMONEY)

Los últimos indicadores conocidos confirman el buen final de 2017 y la continuidad de la inercia positiva global en el comienzo de 2018. Luego, teniendo en cuenta el efecto arrastre de la actividad, más de la mitad del año “estaría hecho” desde el punto de vista del crecimiento, pero esta solo será una pequeña parte de la historia para los mercados este año.

La inflación volverá a estar en el centro de todas las miradas en un escenario en el que se cotizará con más fuerza la menor generosidad de los principales bancos centrales, desde el BoJ hasta el BCE, aunque en esta ocasión nos centraremos en la Fed. En el caso de la autoridad estadounidense, su referencia en el campo de la inflación, el PCE central, se situaba en 1,5% en diciembre y, desde el pasado marzo, se ha alejado de la meta de la Reserva Federal, dando lugar a un debate que entremezcla factores puntuales con otras cuestiones estructurales.

Desde la perspectiva de los factores puntuales, el lastre derivado de los precios de las telecomunicaciones y el enfriamiento de los vinculados al ámbito sanitario en EEUU quedará atrás, en especial, a partir de la primavera. Por lo tanto, se allanará el camino para que el PCE central se sitúe en 1,9% en la parte final de 2018, en línea con las previsiones de los consejeros de la Fed. No obstante, el verdadero cambio en la percepción de los inversores vendrá de la mano de salarios, algo más dinámicos en términos nominales.

Pleno empleo

El escenario estadounidense, con una tasa de paro del 4,1% y 6,68 millones de parados frente a un número de empleos vacantes próximo a los seis millones, debe ser considerado acorde con el pleno empleo. De hecho, los mencionados puestos vacantes representan cerca del 4% del sumatorio del número de empleos y posiciones disponibles. Sin embargo, el salario nominal por hora trabajada avanza a un ritmo del 2,9% interanual frente a las tasas del 3,6% de algunos momentos entre 2006 y 2009.

Las anteriores cifras esconden situaciones muy diferentes y son más valiosos los datos actuales desde el punto de vista del consumo, pues implican avances de los salarios reales del 1,1% (promedio cuatro trimestres) frente a una media del 0,2% desde 1981. En otras palabras, los salarios reales respaldan la capacidad de consumo de los hogares y el avance de su gasto. No obstante, en cuestiones vinculadas a la inflación, el interés se desvía hacia las variables nominales y, a este respecto, la explicación de su desempeño se torna compleja al convivir aspectos coyunturales y estructurales.

La tipología de los empleos creados en EEUU durante los últimos años y aspectos como el peor desempeño de la productividad han tenido un papel importante para explicar esta situación. Por ejemplo, a pesar de la mejora de la productividad laboral estadounidense hasta avanzar un 1,2% en 2017 (promedio anual), esta dista de su media de 2,1% desde 1948. Los cambios tecnológicos vividos han hecho que el escenario actual no sea comparable con lo ocurrido décadas atrás, si bien no deja de ser una referencia a tener en cuenta.

En lo concerniente a la tipología de empleos creados en EEUU, cabe destacar la polarización con importantes avances de los perfiles de más baja y alta cualificación. En ambos casos, estamos ante perfiles más difíciles de automatizar, bien sea porque los costes exceden a los beneficios o, simplemente, a lo abstracto y complejo de sus labores que todavía demandan el factor humano. Entre la sombra de la costosa automatización y la solidez actual del mercado laboral, son los anteriores perfiles los que están concentrando las alzas salariales en EEUU ante la oferta menguante de mano de obra que, indirectamente, explica ciertas dificultades para cubrir determinados puestos de trabajo por parte de algunas empresas.

De hecho, resulta muy significativo que el 34% de las pequeñas empresas estadounidenses reconozca su incapacidad para cubrir los puestos vacantes y, en línea con ello, el 31% apunta el avance de las remuneraciones a sus trabajadores y el 24% de las retribuciones distintas a las salariales. El problema es que esta situación coincide con la realidad de un 15% de las pequeñas empresas, que señala la tendencia a la baja de los beneficios. Luego, cabe plantear que, simplemente, los problemas de estas compañías americanas para cubrir los puestos vacantes están vinculados a un estrechamiento de márgenes que limita su capacidad para ofrecer salarios atractivos.

Los datos expuestos, a su vez, sacan a la luz otra cuestión clave como es la importancia al alza de las retribuciones diferentes a los salarios. Los salarios nunca perderán su papel central en el campo retributivo, si bien tampoco puede negarse que la mayor importancia asignada por las nuevas generaciones a la flexibilidad o la demanda de formación, por ejemplo, están originando ciertos cambios en la estructura retributiva. En esta línea, los debates en el seno de la Reserva Federal tienen muy presente la importancia al alza de los planes de beneficios y acuerdos laborales no tradicionales en detrimento de los aumentos de sueldos.

Llegado este punto, se impone plantear otro aspecto de gran importancia en EEUU y otras economías desarrolladas: la forma en que se afrontan las negociaciones salariales. En este sentido, la primera cuestión a tener en cuenta son las expectativas atesoradas por los propios trabajadores de cara al futuro próximo y no tan próximo, siendo la realidad que, en el pasado reciente, estas sufrieron un importante deterioro.

Uniendo los puntos

El último informe de Perspectivas Globales del FMI de octubre de 2017 apuntaba muy correctamente que “el reducido crecimiento del salario nominal y los cambios en la naturaleza del empleo han tenido lugar en un entorno de: crecimiento potencial decreciente, cambios en los procesos de producción global (relacionados con la automatización y la integración comercial) y cambios en las instituciones del mercado laboral”. Asimismo, el organismo señalaba que las menores expectativas de crecimiento a medio plazo habrían influido en los avances salariales; cuestión que no es baladí al marcar hasta qué punto quieren llegar los responsables empresariales y los trabajadores en las negociaciones.

En el periodo comprendido entre 2000 y 2007, las expectativas de crecimiento para las economías desarrolladas se aproximaban al 3,5% tanto a un año como para un horizonte de cinco años, evolucionando dichas cifras hasta el 2,25% a 1 año y 2,5% a 5 años entre 2012 y 2016. Luego, el empeoramiento de las perspectivas condicionó los objetivos en las negociaciones laborales y, además, este fenómeno coincidió con una menor capacidad de negociación de los trabajadores, vinculada a la pérdida de importancia de los sindicatos. Esta circunstancia ha sido esgrimida por Draghi en el caso de la Eurozona y es muy real, aunque en estos días el logro del sindicato IG Metall de una subida del 4,3% para los trabajores de la industria del suroeste de Alemania o el papel central de los sindicatos galos en las negociaciones de las reformas de Macron parezcan indicar lo contrario.

En los países desarrollados, la densidad sindical, definida como la proporción de afiliados a los sindicatos respecto al total de asalariados, ha pasado de cifras del 26% en el año 2000 a valores por debajo del 23%. Un descenso de la afiliación sindical que ha sido especialmente visible en la construcción y manufacturas frente a la estabilidad en el 45% del sector público. Con independencia de interesantes debates sobre el papel de los sindicatos y el impacto de sus acciones sobre la competitividad y la capacidad de crear empleo de las economías, cabe poco debate sobre el hecho de que la menor sindicalización debilita el poder de negociación de los trabajadores en su conjunto. Un fenómeno que se ha visto reforzado por el avance de las negociaciones a nivel empresa que ya se dan en el 50% de los países desarrollados.

 
 
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