Número 134 - Enero de 2018
 
REPORTAJES
 
La Comisión pretende ampliar sus competencias con un "ministro" económico    
     
EUROGRUPO: BIENVENIDA AL RELEVO PORTUGUÉS  
       
 
     
     
     

FUE INICIATIVA DEL GOBIERNO ALEMÁN SOMETER DELIBERACIONES Y DECISIONES DE LA CRISIS GRIEGA A NIVELES POLÍTICOS, DEJANDO DE LADO EL MÉTODO DE TRABAJO CONSAGRADO TRADICIONALMENTE COMO COMUNITARIO, EN EL QUE LA COMISIÓN ES FUENTE DE INICIATIVAS Y PROPUESTAS. EL CENTRO DINÁMICO DE ESTE MÉTODO INTERGUBERNAMENTAL ES EL EUROGRUPO, CUYA PRESIDENCIA OCUPA AHORA UN PORTUGUÉS, MARIO CENTENO.

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: LUIS MARTÍ

El ex-ministro Dijsselbloem no podía dejar su puesto como presidente del Eurogrupo sin añadir otro desliz a su denso anecdotario. Preguntado el mismo 3 de diciembre por una cadena holandesa, aclaró que su mandato terminaba el 12 de enero del año próximo; “el día 13 se hará cargo Mario Centeno”. Inmediatamente, pero ya tarde, cayó en la cuenta. Dijsselbloem hacía sus declaraciones antes de la reunión del Eurogrupo. El ministro portugués todavía no había sido votado. “¿He dicho Mario Centeno? Un lapsus linguae...” Pero dejemos a esta figura del laborismo holandés, presidente desde enero 2013 y a lo largo de los meses más duros de la crisis griega, para recibir a su sucesor.

Algunos antecedentes

Mario Centeno, hombre del sur, profesor de economía, miembro de un gobierno de izquierdas, ha sido portavoz en el Eurogrupo de noticias muy satisfactorias acerca de la economía de su país, enderezada ya a partir del trabajo de su antecesor y consolidada por él mismo a lo largo de dos años como titular de la cartera de Hacienda. Toda Europa tembló cuando el socialista Antonio Costa desbancó al gobierno conservador de Passos en 2015 a base de una coalición con los verdes y las izquierdas -comunismo y el Bloco radical-, sin sospechar que la cultura política portuguesa puede ser de difícil encasillamiento desde una lejana Europa. Aquí, por cierto, se incluye a España, donde lamentablemente tampoco sabemos interpretar las claves sociológicas y políticas de nuestro vecino.

Una ojeada al informe de país de la Comisión Europea (CE) y al anual del FMI basta para comprobar que todas las magnitudes relevantes -PIB, empleo, cuenta corriente, precios- están evolucionando de modo muy satisfactorio, sin perjuicio de que ambos informes recuerden fragilidades subsistentes en el sistema bancario o que derivan de la pesada carga de deuda heredada, más de 140% del PIB. La CE tampoco puede evitar recordar que mejoras salariales, adoptadas a pesar de los principios de austeridad establecidos desde Bruselas, pueden provocar efectos poco deseables sobre la economía... aunque ciertamente no haya sido el caso.

En definitiva, el Ministro das Finanças merece respeto, y Merkel y Macron sin duda fueron correctamente informados cuando, en un aparte en Costa del Marfil, acordaron impulsar su candidatura.

Mas allá de una agenda incómoda

Una nota (‘At a glance’) del Parlamento Europeo describe las tareas del presidente del Eurogrupo en términos terriblemente burocráticos: efectivamente, es un primus inter pares que prepara agendas, preside reuniones, explica sus decisiones y representa al colectivo. Probablemente será elegido para presidir el consejo de gobernadores del MEDE. Y es de esperar que pueda influir en la elección de quien vaya a dirigir el importantísimo grupo de trabajo, el Eurogroup Working Group, en que tendrá que apoyarse permanentemente.

Pero resulta inevitable que la dinámica del puesto genere expectativas muy superiores. El presidente del Eurogrupo no va a limitarse a registrar opiniones en acta: también buscará contactos bilaterales con sus colegas para conocer a fondo sus objeciones y poder identificar vías de compromiso que eviten atascos en la agenda. Y por otra parte, preservará su independencia profesional y política a fin de que nadie pueda identificarle como simple portavoz de miembros determinados (como ha ocurrido en el caso de algún predecesor).

El nuevo presidente abordará una agenda que ya conoce bien. Claro que ahora no podrá limitarse a emitir una opinión. Tendrá que ser el diplomático que suavice tensiones en torno a la mesa y el político de empuje que nos acerque a los objetivos de la UEM. Sin duda muchas horas de estas Navidades las habrá dedicado a imaginar cómo una presidencia efectiva de su país podrá mover a Europa hacia su histórico proyecto de colaboración.

Si esta revista tuviera que ofrecer alguna sugerencia, expondría a Mario Centeno un orden de temas -al día de hoy- como el siguiente:

Ofensiva de la comisión

En primer lugar, parece evidente que el presidente Centeno tendrá que poner fin, o al menos, contener, la ofensiva desplegada por la CE para potenciar unidad, eficiencia y responsabilidad democrática de la UEM en 2025.

Esta ofensiva no arranca en el vacío. El informe de los cinco presidentes (junio 2015) contenía ya, con cierto detalle, una hoja de ruta con el objetivo de alcanzar la “genuina” UEM en 2025. Posteriormente, la CE ha ido concretando aspectos de ese programa hasta llegar a las actuales propuestas del presidente de la Comisión y del comisario para asuntos económicos, que se resumen en la creación de un presupuesto de estabilización, la designación de un “ministro” económico -que sería al mismo tiempo vicepresidente de la Comisión Europea y presidente del Eurogrupo-, y la transformación del MEDE en un “Fondo Monetario Europeo” junto con su incorporación al acervo legal de las comunidades (CONS, oct). Un vicepresidente de la Comisión y dos comisarios han presentado finalmente en Bruselas (6 de diciembre) una hoja de ruta para dar cumplimiento a esas propuestas, en los próximos 18 meses, “a fin de profundizar la unión económica y monetaria de Europa”.

Conocido el activismo del comisario francés para asuntos económicos, no puede extrañar la coincidencia con planteamientos recientes del presidente Macron (CONS nov). Martin Schultz, cofirmante en 2015 -como presidente del Parlamento europeo-, nos ha descolocado a todos, especialmente paisanos y correligionarios, con su apoyo sin ambages a una “constitución federal europea” en 2025 (FAZ, 08-12-17). Una cosa son las ambiciones francesas de recuperar el peso que en su día tuvo Francia en Bruselas, y otra muy distinta las fantasías de Schulz que la propia política alemana se encargará de devolver al mundo real.

¿A qué se deben las reivindicaciones (francesas) de la Comisión Europea? Inevitable remontarse algunos años atrás. Fue iniciativa del gobierno alemán someter deliberaciones y decisiones sobre la crisis griega a niveles estrictamente políticos, en que propuestas, contrapropuestas, debates, compromisos, y palabra final, estuviesen íntegramente en manos de los gobiernos, dejando de lado el método de trabajo consagrado tradicionalmente como comunitario, en el que la Comisión es fuente de iniciativas, informes y propuestas. El centro dinámico de este método intergubernamental es precisamente el Eurogrupo, cuya existencia reconoce y regula mínimamente el TFUE (art 137, protocolo no.14); reuniones informales de ministros, preparación por sus representantes, asistencia de la CE, designación de un presidente. La Comisión nunca se ha sentido cómoda con un papel secundario en asuntos, a menudo críticos, de la moneda común, pero en su momento la preferencia de Merkel fue apoyada por el presidente de Francia, y los demás miembros. El método intergubernamental no representaba, en todo caso, una innovación insólita, porque es la práctica en materias de política exterior y seguridad común, e incluso de política económica, en que el Consejo desempeña papel central en detrimento de la Comisión.

La actual reivindicación no es una entretenida “controversia de métodos” -al estilo de la Methodenstreit de los economistas alemanes del s XIX- sino que persigue objetivos evidentes. La Comisión pretende ampliar su esfera de competencias, haciéndose cargo de unas funciones ministeriales por definir -aunque el presupuesto de estabilización, que no el ministro, parece haber desaparecido del último texto- de la dirección de trabajo del Eurogrupo, y del MEDE, reconvertido en flamante “Fondo Monetario Europeo”. Es un intento ambicioso de absorber cuotas mayores de poder en el ámbito económico europeo, con oportunidades para que Francia y su clase política recuperen el peso perdido en favor de Alemania, en buena parte, gracias a la inacción del Elíseo durante los seis años últimos.

No es posible aceptar, como leemos en varios documentos, que estos proyectos de la CE corregirían la falta de democracia y transparencia que se achaca a las decisiones del Eurogrupo: este es un latiguillo frecuente que algunos (Varoufakis, por ejemplo) han contribuido a difundir como hecho indiscutible. Pero los miembros del Eurogrupo son políticos elegidos que, por tanto, tienen obligación de rendir cuentas en sus países. Lo que ocurre -lamentablemente- es que en algunos países de la UEM, ni la política ni los medios son demasiado exigentes cuando sus representantes regresan de Bruselas. En otros países, en cambio, los representantes son conscientes de que tendrán que justificar sus decisiones ante el parlamento y explicarlas a los medios, además de estar expuestos a que ciudadanos responsables planteen recursos de anticonstitucionalidad. La exigencia de responsabilidad política se ajusta a prácticas institucionales que varían en cada país. Pero en todo caso el Eurogrupo lo conforman miembros de una clase política que ha sido elegida por vías democráticas, y por vías democráticas puede tener que rendir cuentas. No es el mismo caso que el de los comisarios de la Comisión.

 
 
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