Número 127 - Mayo de 2017
 
REPORTAJES
 
Las cinco opciones planteadas por Juncker    
     
REVISIÓN ESCÉNICA EN LA UNIÓN  
       
 
     
     
     

MUCHOS EUROPEOS DESCONOCEN EL PAPEL DE LA UNIÓN, O DUDAN DE SU CAPACIDAD GESTORA EN UN MUNDO QUE EXPERIMENTA PROFUNDAS TRANSFORMACIONES. EN SU LIBRO BLANCO, LA COMISIÓN OFRECE CINCO HORIZONTES ALTERNATIVOS PARA EL FUTURO DEL CONTINENTE, Y RECUERDA QUE LOS PROPIOS GOBIERNOS SE DESENTIENDEN A MENUDO DE LOS PROYECTOS EN DIFICULTADES... ASÍ QUE LA UNIÓN ES HOY OBJETO DE LA MISMA DESCONFIANZA QUE MUESTRA LA SOCIEDAD EUROPEA HACIA SUS DIRIGENTES: FUERZAS NEGATIVAS, POPULISMOS DESINTEGRADORES, CUESTIONAN LOS STATUS QUO POLÍTICOS Y SOCIALES, Y EN EL CASO DEL PROYECTO EUROPEO, LO ASOCIAN CON ELITES ILUMINADAS, CREADORAS DE SUS PROPIAS INSTITUCIONES TECNOCRÁTICAS. LA ALTERNATIVA QUE OFRECEN ES EL ANTI-PROYECTO, DESHACER LO HECHO Y VOLVER ATRÁS.

   
     
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: LUIS MARTÍ

 

Trivializar es un expediente sencillo. Dadas ciertas facultades para la ironía, puede desacreditarse cualquier agenda y asegurarse de paso algunas risas en la concurrencia. Así fue como en una charla política reciente (de nivel más que respetable), el presentador aireó su escepticismo ante el ‘White paper’ de la UE hecho público días antes, y declaró superflua tanta propuesta, salvando únicamente el par de páginas que describen el llamado Escenario 3. A su superior juicio, era el único viable y sobraba el resto. Risas con cargo a Juncker y a la Comisión, provocadas en una concurrencia seria que cabía suponer pro-europea (y algo informada).

Y sin embargo, las pocas páginas del que (eso sí, algo pomposamente) denominamos en castellano ‘Libro’ constituyen un documento de auto-reflexión interesante. Muchos europeos desconocen el papel de la UE, o dudan de su capacidad gestora en un mundo que experimenta profundas transformaciones sociales y tecnológicas. La Comisión, discretamente, recuerda que los propios gobiernos se desentienden a veces de programas o proyectos en dificultades, exponiendo a Bruselas a una crítica que, sin duda, solo debiera aplicarse parcialmente (el irresponsable fenómeno de ‘lack of ownership’, comentado ya en estas páginas). Pero la UE es objeto de la misma desconfianza que muestra la sociedad europea hacia sus dirigentes. Fuerzas negativas, populismos desintegradores, cuestionan los status quo políticos y sociales, y en el caso del proyecto europeo, lo asocian con elites iluminadas, creadoras de sus propias instituciones tecnocráticas, lejos y por encima de la gran masa de ciudadanos. La alternativa que ofrecen es el anti-proyecto, deshacer lo hecho y volver a los orígenes. En definitiva, algo muy grave: retorno a los nacionalismos, o sea, al punto de partida que pretendíamos superar.

Hay motivos para la confusión: muchas torpezas han contribuído a defraudar la esperanza de Monnet, los neofuncionalistas y otros, en que ‘positive spillovers’ de las iniciativas europeas harían ver a los ciudadanos la eficacia y ventaja de soluciones supranacionales, de modo que sucesivamente podrían seguir encadenándose nuevos proyectos intereuropeos. De manera espontánea, se crearía así la dinámica interna necesaria para que el proceso europeo fuese irreversible. Razonamientos ideales, lejos, lamentablemente, de las turbulencias realmente vividas.

Ambiciones y realismo

El documento de la Comisión ofrece ideas para compatibilizar ambiciones europeas y realismo político, mediante la definición esquemática de una serie de áreas de acción en forma de escenarios posibles. Se trata de suscitar un debate serio y de conseguir un acuerdo entre países miembro que permita superar la incertidumbre actual. Afortunadamente, aprendemos de los errores propios, y se está muy lejos de las ambiciones que en su día alentaron los pretenciosos objetivos de la Agenda de Lisboa (2000). Cada escenario no se identifica con una determinada política económica. Tampoco siguen una escala cualitativa, de inmovilismo a dinamismo, de pequeños pasos a la ‘ever closer union’ (tan denostada por los Brexiters), ni de peor a mejor, sino que cada uno debe analizarse en términos de objetivos (continuistas, de modesto progreso, ambiciosos) y de factibilidad. En definitiva, es un prudente planteamiento de trabajo, abierto, que invita a ponderar cuidadosamente valores y disfuncionalidades de cada escenario. El propósito del presidente de la Comisión es aprovechar su discurso sobre “el estado de la UE” (septiembre de 2017) para impulsar el proceso, conseguir “primeras conclusiones” del Consejo Europeo, y después una línea de acción definitiva que coincida con las elecciones al Parlamento Europeo en junio de 2019.

Un primer escenario se describe en términos de “seguir como hasta ahora”, ‘carrying on’ en el original, sobreescrito despectivamente como ‘muddling through’ por voces poco amistosas. Sería algo más que mera inercia. Algunas actividades complejas, apenas iniciadas hoy, se irían completando en toda su dimensión a lo largo de los próximos años; por ejemplo, inversiones en infraestructura digital o energías limpias, reforzamiento de fronteras exteriores, o acuerdos de libre comercio. Pero los logros se medirían, como actualmente, por el irregular grado de visión y compromiso de los países miembro.

Mercado único

Otros dos escenarios se califican como “extremos”. Uno viene definido por la concentración de esfuerzos sobre el mercado único. Es un intento de llevar a buen término aquella Single European Act que está asociada (quién lo recuerda ya en Reino Unido) a una vigorosa iniciativa de Margaret Thatcher, y cuyo principio general con sus cuatro libertades establece hoy el art 26 (2) del TFUE. El documento parece sugerir a los países miembro que vuelquen sus esfuerzos y su capacidad de colaboración en la consecución definitiva del mercado único: no faltan motivos para lamentar amargamente que este objetivo esté todavía inconcluso. Naturalmente, otras áreas de acción conjunta se verían difuminadas, perderían relevancia, y quedarían a expensas de acuerdos bilaterales entre países afectados. Criterios divergentes sobre nuevos problemas tendrían que abordarse bilateralmente. En ocasiones, la capacidad de acción colectiva podría resultar decepcionantemente limitada para lo que esperasen los ciudadanos.

 
 
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