Número 144 - Diciembre de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
APUNTES ÉTICOS PARA LÍDERES DE ESTE SIGLO      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN JOSÉ ALMAGRO, VICEPRESIDENTE DE UNICEF ESPAÑA
 

LEY Y TRANSPARENCIA; Y EJEMPLO Y COMPROMISO. MÁS QUE EN ÉPOCA DE CAMBIOS ESTAMOS EN UN CAMBIO DE ÉPOCA QUE HACE PATENTE LA NECESIDAD DE GESTIONAR LAS ORGANIZACIONES DE OTRA MANERA.

 
   

De eso hablo, de la responsabilidad. No solo el derecho sino el deber del hombre de ser responsable, la necesidad del hombre de ser responsable si desea permanecer libre; no solo responsable ante otro hombre y de otro hombre sino ante sí mismo; el deber de un hombre, el individuo, cada individuo, todos los individuos, de ser responsables de las consecuencias de sus actos, pagar sus propias cuentas, no deberle nada a otro hombre..." Son palabras del premio Nobel de Literatura William Faulkner, pronunciadas el 15 de mayo de 1952 en el Delta Council, Cleveland, Estados Unidos de América. Desde la responsabilidad así entendida, deberíamos reflexionar acerca de una ética práctica para líderes y dirigentes políticos, empresariales o institucionales, que tanto monta. Aristóteles nos enseñó que el mejor tratado de moral es siempre un tratado de razón práctica. La ética no es otra cosa que cumplir, desde la dignidad y el compromiso, con lo que deba hacerse en cada momento. La búsqueda inagotable de normas relativas a un "aquí" y "ahora", que se engarzan con los valores cuyo ejercicio también nos legitima: democracia, libertad, decencia, igualdad, fraternidad, solidaridad... Difícilmente pueden ilusionarse y dirigirse personas sin comportamientos éticos que no se basen en relaciones de confianza. No habrá porvenir para nadie sin una conducta empresarial, personal o institucional capaz de exigirse, de cumplir sus compromisos y de dar cuenta cabal de sí misma.

Es sabido que quien tiene el poder tiene también la responsabilidad. Y esa afirmación, probablemente del Mahatma Ghandi, cobra en el mundo actual una importancia capital al amparo de las nuevas organizaciones y, sobre todo, de la institución más decisiva de la sociedad moderna, la empresa, una organización relativamente joven que tiene la necesidad de justificarse cada día y, ante los ojos de una opinión pública que, legítimamente, exige sin descanso, debe ser capaz de dar resultados económicos y de ganarse el respeto de los propios ciudadanos, que han visto como empresas e instituciones se han convertido en poco más de un siglo en referentes de la propia sociedad. Cuando hablo de empresas, me refiero a las pymes (más del noventa y cinco por ciento del tejido productivo en el mundo), a los modernos emprendedores que huyen de malos ejemplos y a las grandes empresas. A todas les alcanza su cuota parte de responsabilidad. Las multinacionales son hoy más grandes que un buen número de países y han canibalizado la palabra empresa, pero se han hecho más vulnerables a medida que crecían en tamaño y complejidad. No se discute que las empresas, todas las empresas, son hoy motores de innovación y agentes del cambio que se está produciendo, pero también responsables de los más notorios fracasos; son protagonistas principales de un mundo globalizado y digital y, precisamente por ello, se les demanda -en un escenario que debiera ser más humano y habitable- que cumplan con sus deberes (dar resultados, crear empleo, ser eficientes, innovadoras y competitivas) y velen para que la desigualdad no se instale en su seno y en la propia sociedad. La desigualdad, escribe el Nobel Angus Deaton, "corrompe la democracia".

En medio de un cambio de época -no de una época de cambios- seguramente más profundo de lo que aparenta, cuesta creer que empresas e instituciones, y sobre todo sus dirigentes, puedan mantenerse en el futuro sin compromisos externos. En este tiempo, más de intemperie que de protección, hay un fondo de trascendencia histórica y las instituciones y, sobre todo, sus líderes van a tener que jugar un rol central y protagonista en el desarrollo económico y en la propia estabilidad social. Se ha hecho patente la necesidad de gestionar las organizaciones de otra manera: estricto cumplimiento de la ley, transparencia, lucha contra la corrupción y la desigualdad, ejemplo y compromiso con los derechos humanos y la responsabilidad social con el adobo de un actuar sostenible, solidario y ético. Una tarea que nos corresponde a todos, pero singularmente a los dirigentes, porque la empresa y todas las organizaciones del porvenir deben estar atentas a los cambios sociales y, si quieren sobrevivir, deben ser capaces de ofrecer soluciones y de transmitir a la opinión pública y a sus respectivos grupos de interés su sincera preocupación por los temas que también preocupan e inquietan a los ciudadanos.

La primera y principal obligación del directivo es, además de ser competente y capaz, respetarse a sí mismo. Hemos de proceder con naturalidad, de tal manera -escribe Baltasar Gracián- "que no nos sonrojemos ante nosotros mismos". Pero no siempre ocurre así. Hay dos frecuentes manifestaciones de la falta de respeto del dirigente consigo mismo. Me refiero al endiosamiento narcisista y a la dejadez que, en el caso del que manda, se traduce y se concreta en no tomar decisiones, o en hacerlo mal o tarde, a destiempo. El jefe narciso, por imbécil, tiene generalmente un final poco afortunado, pero el directivo que no toma decisiones es más peligroso, si cabe. En el mundo en el que vivimos, empresas e instituciones, acuciadas y acosadas por la competitividad, deben desarrollar sus estrategias y sus planes de actuación con velocidad, criterio y rigor. Y para eso hacen falta estructuras no piramidales, muy coordinadas, perfectamente ensambladas, y dirigentes que puedan dar respuestas contundentes en un breve lapso de tiempo. Pero, además, por encima de cualquier otra tarea, el jefe debe ser respetuoso con las personas que de él dependen; con todas y con cada una. Debemos tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros. Ni más ni menos. Y esa exigencia, que no otra cosa es el respeto, integra dos obligaciones: − La consideración a las personas/empleados tiene que alcanzar, sobre todo, a su dignidad: el directivo no puede apropiarse de las ideas de su equipo sin citar la procedencia y, en su caso, sin premiar su eventual implantación. − El jefe autoritario es, siempre, un mal jefe, un jefecillo. Ser autoritario es abusar del poder, del rango y de la superioridad formal que se ostenta.

 
 
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