Número 144 - Diciembre de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
DE LA MUERTE DEL LIBERALISMO      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
MIGUEL NAVASCUÉS, ECONOMISTA JEFE PARA ASIA PACÍFICO DE NATIXIS E INVESTIGADORA EN BRUEGEL
 

EL LIBERALISMO ES EL MENOS MALO DE LOS SISTEMAS Y DEFENDERLO NO ES CERRAR LOS OJOS A SUS DEBILIDADES PARA CONFIAR EN PLANTEAMIENTOS UTÓPICOS Y AUTOMATISMOS.

 
   

El liberalismo, como pensamiento que nunca fue dominante, está retrocediendo ante ideologías peligrosas por culpa de la crisis. Podría decirse que está muriendo del éxito que le confirieron Reagan y Thatcher, quienes en la década de los ochenta impulsaron medidas liberales, algunas de las cuales fueron claramente las causas de la crisis. La crisis de 2008 fue causada por los excesos financieros que rompieron las barreras de seguridad que se habían erigido tras la Segunda Guerra Mundial. Me refiero, sobre todo, a la desregulación financiera mundial, que al principio parecía funcionar tan bien, exhibida con orgullo infantil por Wall Street y sus cohortes. La liberación financiera trajo la mundialización de los mercados, la igualación de los tipos de interés -primas de riesgo aparte -, lo que se consideraba más transparente e impedía la independencia monetaria de los países, más disciplina impuesta por la sumisión a los mercados. Un país no podía, y se suponía bueno, tener plena autonomía monetaria, pues o su tipo de interés o su tipo de cambio reaccionarían y anularían sus intenciones. Si estas eran aumentar la inflación para reducir la tasa de paro, siguiendo una curva de Phillips propia, encallaría irremediablemente en una subida de tipos de interés y una devaluación de su divisa que impulsaría al alza la inflación.

Desde luego, las cosas no fueron tan automáticas, pero sí que hubo un estrechamiento de los límites, e incluso un prurito de países por autocontrolarse, fijando su tipo de cambio para así someterse a la política monetaria de un país “serio”, como la Europa del Sistema Monetario Europeo y Argentina con su Currency Board. Todo esto se fue al garete porque no se quería aprender la lección de que restringir la flexibilidad haría salir los demonios por sitios impensables, como la fuga de capitales que estaba libérrimamente permitida. En suma, se pasó de un mundo regulado financieramente, con libertades acotadas, a un mundo pretendidamente libre financieramente. Esto exigía una fe en la racionalidad de los sujetos que distaba de ser realista. Pero el modelo de las expectativas racionales era el que imperaba, y lo hacía como un dogma indiscutible, con gran descrédito del economista que no lo abrazara: ese estaba fuera del circuito, sobre todo si no sabía matemáticas para demostrar sus propuestas.

El resultado fue el que predijo Minsky, un economista -marginado por no ser miembro de la secta de las expectativas racionales -. O sea, carrera cada vez más frenética hacia la acumulación de deudas que financiaban especulación, en vez de financiar inversiones productivas rentables que podían hacer frente a la devolución de las deudas. Lo describe John Balder en RWE: “La desregulación financiera y el cambio a las políticas neoliberales impulsaron ciclos financieros que antes estaban inactivos durante la era de la posguerra (1945-1980). Es importante destacar que la apreciación del precio de los activos no da lugar a la creación de valor. Si el precio de un activo aumenta, las ganancias para el vendedor se compensan con el aumento del costo para el comprador. Por ejemplo, si Susan obtiene una ganancia de $40.000 por la venta de su casa, el comprador debe pagar el precio más alto. Una transacción financiera necesariamente tiene un comprador y un vendedor. Si el precio de la casa aumenta, el vendedor se beneficia, pero el comprador paga el precio más alto. Desde una perspectiva de creación de riqueza, esta transacción es necesariamente de suma cero (suma negativa, una vez que se incluyen las tarifas). En resumen, la riqueza ha sido redistribuida, no creada. Esta distinción entre la creación de riqueza y la distribución de riqueza está en el corazón de las crisis financieras, dado que los aumentos de precios de los activos inducidos por el crédito en última instancia no son sostenibles (aunque hay que reconocer que el momento preciso de la reversión es altamente incierto, dado lo que Keynes describió como espíritus animales).

Desde 1980 hasta 2007, el rápido crecimiento del crédito impulsó principalmente las transacciones en activos ya existentes (en su mayoría inmobiliarios), no el crecimiento productivo real. Además de los extensos préstamos a hogares durante este período, los préstamos otorgados por las firmas financieras a otras firmas financieras aumentaron de $0,5 billones en 1980 a más de $18 billones en 2008, o del 20% al 123% del PIB. Esta actividad reflejó el proceso de titulización y el crecimiento de interconexiones extensas entre instituciones financieras que aumentaron el riesgo sistémico”. Todo ello en una fase de euforia especulativa, en la que cuanto más se separan los precios de los fundamentos más cree la gente que “esta vez es diferente" y que nunca va a dejar de subir el valor de las cosas. Hasta que estallan las burbujas; pero la intervención salvadora del banco central hace que el proceso alcista vuelva a reiniciarse. Ahora estamos, según Balder, en la burbuja de la liquidez del banco central. El buen funcionamiento exigía, pues, cada vez más especulación o subida de valor de los activos financiados, porque un cambio de sentimiento produciría el proceso contrario, pero más perverso por su velocidad imparable (como explica John Balder en RWE, son las dos fases Minskyanas, una de financiación de inversión productiva y otra de especulación). Esa visión rosácea de los mercados autoregulados que además frenaban cualquier exceso como la inflación, ha fracasado estrepitosamente. El paso de una fase de financiación especulativa a otra de caída sin freno puede verse -como se ha visto– en el segundo ciclo.

 
 
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