Número 140 - Julio de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
LA UNIÓN MONETARIA EUROPEA, UN CLUB NO TAN ATRACTIVO      
       
 
   
   
   
RAIMUNDO POVEDA, EX DIRECTOR GENERAL DE REGULACIÓN DEL BANCO DE ESPAÑA
 

SE HA IDENTIFICADO UME CON AUSTERIDAD, CON AUSTERICIDIO, Y ESO NO ES MUY ATRACTIVO PARA LOS NUEVE PAÍSES DE LA UNIÓN EUROPEA QUE SIGUEN FUERA DEL EURO, Y DANDO COMPRENSIBLES LARGAS.

 
   

La Unión Monetaria Europea se ha estancado. Nació en 1999 con la idea de extenderse a todos los países miembros de la Unión Europea. Solo se excluirían los dos que en el momento de su creación firmaron la cláusula opt out: Dinamarca y el Reino Unido. El euro se soñaba como la moneda común de la Unión Europea. Inicialmente hubo once adhesiones. Para entrar en la UME hay que pasar un examen mostrando que se cumplen ciertas condiciones de estabilidad económica y financiera. Los once países se lo habían preparado bien. En los años siguientes aún hubo un goteo de incorporaciones que extendieron la moneda única a diecinueve miembros. En algún caso los examinadores, en su afán por ampliar el club, miraron para otro lado si el candidato hacía trampas con los números. El goteo terminó en 2015, cuando se completó la incorporación de los tres estados bálticos. Los siete países comunitarios restantes (Bulgaria, Croacia, Hungría, Polonia, República Checa, Rumania y Suecia) mantienen el compromiso teórico de unirse al euro, y de hacer todo lo necesario para lograrlo. Pero su incumplimiento no tiene sanción. Y la realidad es que esos países no muestran intenciones de honrarlo. Algunos (Croacia, Rumania) lo van retrasando a una fecha siempre futura (2022, 2025, tras la siguiente elección…). Otro, Suecia, preguntó en 2003 a sus ciudadanos, y como los referéndums los carga el diablo, los suecos prefirieron desautorizar a sus líderes y seguir con la corona. Los demás ya ni hablan del tema. Ninguno ha aceptado siquiera el viejo “mecanismo de tipo de cambio” precursor de la UME (tipo de cambio fijo, con un pequeño margen de variación, lo que implica de facto renunciar a una política monetaria independiente). Curiosamente la opt out Dinamarca sí mantiene ese vínculo con la UME, pero es que antes ya tenía ligada su política monetaria a la del marco alemán. La propia zona euro y el Banco Central Europeo dedican ahora sus esfuerzos innovadores a otra cosa, al desarrollo de una nueva actividad, la centralización de la supervisión y resolución de los bancos, llamada Unión Bancaria. Ese desarrollo del aparato comunitario, sean cuales sean sus méritos, difícilmente puede considerarse un proyecto ilusionante para la población.

Qué ha pasado para explicar ese parón? Probablemente hubo cierta confusión en los motivos que llevaron a los países a adherirse inicialmente a la UME. El euro se presentó como parte de un proyecto político de construcción de Europa que atraía a las élites y a buena parte de la población en los años noventa. Hay quien dice que, como normalmente la moneda la emiten los estados, y no hay un estado “Europa”, con el euro se empezó a construir la casa por el tejado. Aquel impulso político ilusionante relegó a un segundo plano las consideraciones económicas, cuyas conclusiones eran más sobrias; en España apenas hubo discusión sobre la economía de la adhesión. Hubo quien pensó erróneamente que el euro era el fin de las balanzas de pagos nacionales y de sus problemas, incluidos el riesgo país y el riesgo soberano. O que un Bundesbank metamorfoseado en BCE iba a traer una disciplina monetaria que algunos países no lograban autoimponerse.

En el campo académico anglosajón se discutió si Europa cumplía los requisitos de zona monetaria óptima establecidos una generación antes por Robert Mundell (y sacralizados con premio Nobel). Los cumplía, siendo generoso, a medias. Como es sabido, una zona monetaria óptima (¿sería mejor decir sostenible?) es una zona cuyas diversas regiones se mueven cíclicamente al unísono. O, como eso suele ser imposible, una zona en la que existen mecanismos que permiten absorber o diluir el efecto de movimientos económicos dispares en las distintas regiones que lo componen (choques asimétricos): plena movilidad interregional de los factores de producción, con énfasis en el capital y el trabajo, flexibilidad de precios y salarios, y un sistema fiscal integrado o que pueda encauzar al menos las trasferencias precisas hacia las áreas desfavorecidas. Los países del euro mostraban discrepancias importantes en su comportamiento coyuntural y de desarrollo; presentaban rigideces en materia de salarios; y no tenían un sistema fiscal integrado ni esperanza de tenerlo, porque todos los estados miembros son muy celosos de sus competencias presupuestarias, y nadie está dispuesto a pagarle los subsidios de paro o los déficits de la seguridad social al vecino. Solo se cumplían la movilidad de los factores de producción y, con salvedades, la de los precios. Era insuficiente para muchos académicos, que pronosticaron solemnemente el fracaso y desaparición de la UME. Siguen haciéndolo1. Veinte años después la UME y el euro sobreviven, por supuesto. El euro no ha destronado al dólar, pero es una moneda internacional de prestigio. Y ha facilitado el comercio y el turismo interior en su área, un factor muy importante pero tan cotidiano, tan por supuesto, que desaparece del discurso político.

Cuando surgieron choques asimétricos, y la gran crisis ha producido algunos muy fuertes, hubo que improvisar alternativas a las condiciones de Mundell, o meterlas con calzador. Ha habido ayudas públicas con fondos constituidos casi ad hoc, pero entregadas no de forma fluida y natural como sucedería, digamos, en un choque asimétrico entre California y la Costa Este, sino condicionadas a unos ajustes muy duros que han recaído sobre el país de economía débil, en la vieja tradición del peor FMI. Parece que a nadie se le ocurrió que los desequilibrios son cosa de ambas partes y que la parte fuerte (de momento, Alemania) también podría haber hecho algo en la gestión de su economía, aparte de dar dinero a regañadientes. Las regulaciones laborales, tradicionalmente protectoras del trabajo, han retrocedido, lo que flexibiliza, o sea, deprime los salarios, y, sumando los efectos de la globalización y los cambios tecnológicos, fomenta la desigualdad y el estancamiento económico de extensas capas de la población. Y se han recortado gastos públicos de forma inmisericorde. Eso ha llevado a identificar la UME con la austeridad, o en neologismo emocional, con el austericidio. Eso no es un cartel publicitario atractivo para quienes siguen fuera, que tal vez consideren que el Reino Unido capeó su crisis algo mejor, y que el modelo alemán está muy bien… para los alemanes. Cabe preguntarse por qué en ese momento no hubo defecciones. En la crisis griega flotó en el aire la idea del grexit. Tenía a favor argumentos económicos no desechables y defensores apasionados, fue bandera política y logró incluso respaldo popular. Pero su referéndum, a diferencia del sueco, no fue atendido. Grecia descubrió que una vez dentro del euro es casi imposible salir, por razones que conté hace tiempo en esta revista (La trampa del mono, CONSEJEROS, junio de 2013). Hubo de plegarse a las exigencias de austeridad impuestas por la UME. Sin duda los que están fuera también tomaron nota del episodio.

 
 
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