Número 135 - Febrero de 2018
 
REPORTAJES
 
   
     
LA ECONOMÍA DEL DINERO DIGITAL      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN PEDRO MARÍN ARRESE, ECONOMISTA
 

LA TECNOLOGÍA PERMITE HOY LO QUE PARECÍA UNA UTOPÍA: UN NUMERARIO ELECTRÓNICO, AUNQUE PREOCUPA SU IMPACTO SOBRE EL CRÉDITO Y LA ACTIVIDAD ECONÓMICA.

 
   

Suele asociarse esta noción al bitcoin, aunque no cumpla con ninguno de los requisitos de una auténtica moneda. Ni sirve de medio de pago generalmente aceptado, al circunscribirse al círculo de iniciados. Ni actúa de depósito de valor, ante la elevada volatilidad de su cotización, factor que de paso lo invalida como hipotética unidad de cuenta. Solo basta reparar en que su utilización reposa en la capacidad de transformarse en dólares o euros, contantes y sonantes. Hoy el único numerario está constituido por los billetes y monedas emitidos por los bancos centrales, que gozan de capacidad ilimitada para responder incondicionalmente de su valor. Un monopolio compartido con la banca que acapara la práctica totalidad del dinero en circulación, en forma de depósitos. La promesa de obtener efectivo acudiendo a ventanilla basta para que todos confiemos en estas anotaciones. Esta pirámide invertida, cuyo vértice reposa en las seguridades que ofrece el banco central de preservar la solvencia y liquidez del sistema, no deja de plantear elevados peajes. Desde garantizar los depósitos hasta ejercer un elevado intrusismo en la actividad bancaria. Control justificado por el latente riesgo que comporta la sensible desigualdad en la maduración de ambos lados del balance, por no hablar de la exposición a abultadas pérdidas de soplar vientos desfavorables en la economía. Supervisión que se completa con un acceso casi ilimitado a las fuentes primarias de liquidez.

Esta panoplia de cautelas prudenciales no impide periódicas crisis que obligan a cubrir los agujeros con cargo al contribuyente. El perpetuo temor a una catástrofe se traduce en un trato de favor a la banca en disciplinas como la competencia, privilegiando concentraciones y tolerando prácticas de indudables costes en términos de asignación de recursos. No en balde, el privilegio de acceso al balance del emisor permite practicar amplios márgenes entre intereses activos y pasivos. Sin estas muletas, solo elevadísimos ratios de capital, inalcanzables con los beneficios generados, permitirían asegurar la solvencia de las entidades. Lejos de limitarse a la intermediación, los bancos generan dinero fresco casi a voluntad. Les basta con otorgar créditos que nutren nuevos depósitos y engordan la liquidez del sistema. Eso obliga a las autoridades monetarias a vigilar estrechamente la evolución de la masa monetaria, utilizando el palo y la zanahoria para cercenar alegrías en fases de recalentamiento o incentivar la financiación cuando pintan bastos. Una voluntad de anclar la estabilidad con frecuencia truncada por la tendencia a apurar la bonanza más allá de lo razonable y actuar con retraso cuando se perfilan épocas de vacas flacas. La tentación de no perjudicar el crecimiento suele saldarse con más platos rotos.

No es de extrañar que tamaño rompecabezas condujese en la Gran Depresión a proponer a Roosevelt la asunción por la autoridad monetaria del monopolio del dinero. Una idea teorizada en 1935 por Irving Fisher en su famoso '100% Money', a la que se han adherido economistas como Milton Friedman. La revolución tecnológica, al permitir gestionar ingentes volúmenes de anotaciones en cuenta, transforma ahora en factible lo que antes parecía una utopía. A grandes rasgos, el esquema implica que los bancos centrales otorgarían acceso universal a su balance, emitiendo dinero digital. Se blindaría así al sistema de pagos y los depósitos de valor frente a cualquier riesgo, no resultando de paso indispensable preocuparse en exceso de la actividad bancaria ni dispensarle un trato especial. Se podría también ofrecer respuesta a la sustitución de empleos por la robotización, o solventar el excesivo endeudamiento público, aliviando unas finanzas sometidas a creciente presión por cargas como las pensiones. Todo parece traducirse en ventajas y bancos centrales como el de Inglaterra analizan ya, a fondo, sus implicaciones. Con todo, nadie dispone todavía de respuesta convincente para asegurar una transición ordenada, evitando una acelerada fuga de depósitos de la banca capaz de colapsar al sistema financiero. Por ello, el manto protector debería mantenerse durante un prolongado calendario. Si este cuidado se reduce a extremar la prudencia al operar el cambio de modelo, mayor entidad cobra el debate de su impacto sobre el crédito y la actividad económica. Por no hablar del interrogante que plantea cómo asignar la creación del nuevo dinero necesario para acompañar la expansión de la economía. Unos se decantan por distribuirlo igualitariamente. Otros privilegian su cesión gratuita al Estado, minorando así la carga impositiva y el recurso al endeudamiento. Lo esencial reside en determinar si las ventajas del esquema superan los posibles inconvenientes, ejercicio en gran medida especulativo pues la realidad siempre nos sorprende.Imaginemos cómo reaccionaría el mercado de crédito. Al no disponer la banca de sus ventajas en la captación de pasivos, cabría aventurar un sustancial encarecimiento en la financiación. Los partidarios de la idea argumentan que un entorno plenamente competitivo y exento de barreras de entrada se traduciría en ahorros de costes y estrechamientos de márgenes, superando a término toda dificultad inicial. Si toda liberalización acarrea indudables mejoras en mercados propensos a incorporar transformaciones tecnológicas, no parece desempeñar este factor un papel determinante. Cabe más contar con los beneficios de asociarla a una amplia gama de servicios, campo más propicio para los entrantes que para los incumbent. Al acentuarse la inestabilidad bancaria, especialmente en Europa donde constituye la primordial fuente de financiación, la factura puede resultar elevada, obligando a mantener significativos niveles de soporte público durante largo tiempo. Problemas de adaptación que se solventarían con una transición ordenada, según los defensores del enfoque. Pero la objeción esencial se centra en erigir como objetivo primordial el control de la masa monetaria, cuando no pasa de constituir una mera palanca para influir en el volumen crediticio, auténtico termómetro y pulmón de la actividad económica. ¿De qué serviría este afán por domeñar una variable instrumental si resulta incapaz de asegurar una adecuada oferta de financiación?

 
 
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