Número 133 - Diciembre de 2017
 
REPORTAJES
 
   
     
QUÉ PUEDE FRENAR EL CRECIMIENTO      
       
 
  Foto: Archivo RC  
   
   
JUAN PEDRO MARÍN ARRESE, ECONOMISTA JEFE DE ALLIANZ
 

ESTAMOS EN PLENO CICLO DE CRECIMIENTO, Y EN LA TENTACIÓN DE CEBARLO ARTIFICIALMENTE, COMO PRETENDE LA ADMINISTRACIÓN TRUMP, RESIDE EL MAYOR RIESGO

 
   

Que la economía global se recupera a un ritmo satisfactorio constituye una impresión ampliamente compartida. Si su salida de la crisis se acompañó de una prolongada debilidad y sucesivas recaídas, ahora parece gozar de notable resistencia frente a todo tipo de contratiempos, síntoma indudable de buena salud. No es de extrañar. Cuando se encadenan factores positivos, el círculo virtuoso que generan contribuye a superar sin excesivas tensiones las inevitables dificultades de recorrido. La confianza juega un papel clave, al acoger con alborozo toda nueva favorable al tiempo que aplica sordina a cuanto desentona. Justo lo contrario del comportamiento observado en épocas de vacas flacas, donde cualquier mínimo revés tiende a magnificarse mientras se relativiza todo signo de mejoría.

Los Estados Unidos vienen manteniendo desde hace tiempo un razonable ritmo de crucero, cercano ya a su crecimiento potencial. El caótico comienzo de la Administración Trump está cediendo lugar a una política menos imprevisible, diluyéndose poco a poco los peores temores que se abrigaban. Europa parece superar su larga convalecencia y registra una sostenida recuperación por moderada que resulte. Tan solo preocupa la incógnita de un Brexit que todavía presenta riesgos de acabar en divorcio sin acuerdo. Cabe confiar, sin excesivo optimismo, en que los elevados costes de esta opción contribuyan a evitar la tentación de romper la baraja. Con todo, sea cual sea la solución alcanzada, el proceso se cerrará con una elevada factura para todos. Mejores perspectivas presentan los países emergentes al recuperar una directriz netamente alcista. Atrás quedan los sucesivos vaivenes experimentados, ya por culpa de la brusca revaluación del dólar o el hundimiento en las cotizaciones de la energía y otras materias primas. China, en particular, tras amagar con una desestabilización de envergadura, ha recobrado el pulso, operando con menores sobresaltos de los anticipados su transformación hacia un modelo más centrado en el consumo interno.

Si existe práctica unanimidad en considerar que estamos instalados en pleno ciclo de crecimiento, algunos observadores se afanan ya en poner fecha a su finalización. Siempre tomando por referencia obligada a la primera economía mundial y principal motor del actual clima positivo. Un vaticinio nada original basado en el carácter oscilante que caracteriza a la evolución de la actividad. También en la constatación de que sostener sine die un ritmo en el entorno de la máxima capacidad potencial resulta en la práctica imposible. Aunque solo sea por la acumulación de factores de fatiga que acaban forzando un cambio en las expectativas. Concediendo al pronóstico mero valor de apuesta, crece el número de quienes señalan al año 2019 como testigo de la conclusión de la presente racha.

Qué factores pueden generar una pérdida generalizada de la confianza pues, en esencia, a eso se reduce el inicio de un ciclo bajista? En la esfera política, solo se atisba como elemento de amenaza que las provocaciones de Corea del Norte acaben provocando una espiral difícil de controlar. Descontando periódicas alarmas, no parece que este factor pueda pesar sobre la actividad. Sí lo haría una involución en el comercio mundial de materializarse la agenda proteccionista de Trump. Cabe confiar en que la tentación rupturista se reduzca a meros gestos de limitado contenido, encargándose el tiempo y el Congreso de amortiguar el alcance de los daños efectivos. La tentación aislacionista solo cobraría fuerza de revertirse la relativa fortaleza de que goza la economía, actuando así de acelerador de la contracción. Cobra, en este sentido, especial relevancia el indudable gap entre las expectativas inmoderadamente optimistas de la Casa Blanca y la previsible realidad. Un sentimiento que ha contagiado a la mayoría republicana en el Congreso, a juzgar por el enfoque con que está configurando una reforma fiscal que incrementará sustancialmente el margen empresarial sin reducir sensiblemente la carga impositiva de la inmensa mayoría de las familias. En suma, más dinero para dividendos ante las limitadas expectativas de un incremento sustancial del consumo, las ventas y la inversión. Mucho dependerá del nivel de déficit que acompañe a esta reforma. Aunque los cálculos varíen según quien formule el pronóstico, el propio Comité Tributario del Senado anticipa un agujero superior a un billón en el próximo decenio, siempre contando con un crecimiento sostenido. Más realista resulta pensar que el desfase se acreciente notablemente.

Al tomar el Congreso las riendas del proceso se han recortado, al menos, los peores excesos de una propuesta inicial que conducía a un desajuste desbocado. Con todo, no se eludirá una amplia insuficiencia de ingresos que lastrará las arcas públicas. Aunque no se produzca una degradación sustancial del rating soberano, la estabilidad financiera experimentará los vaivenes asociados a un brusco incremento de la deuda. Un movimiento que, al coincidir con el adelgazamiento de la cartera mantenida por la Reserva Federal, podría multiplicarse. No tanto por el desapalancamiento aplicado por la Fed, cuyo suave ritmo descarta todo riesgo de deriva. Afectará bastante más la retirada de estímulos a la banca para acumular títulos en su balance. El gigantesco mercado de bonos, con volúmenes superiores a 14 billones, podría inducir efectos de amplio espectro ante la estrecha dependencia del resto de activos financieros. De experimentar severas pérdidas o fuertes oscilaciones, la crisis de confianza estaría servida. Un escenario así podría obligar a la Reserva Federal a revertir su política de progresiva normalización monetaria. Con el agravante de partir de niveles tan acomodaticios que su impacto resultaría de bastante menor contundencia que en el pasado. Bastaría una congelación de sus actuales planes para desatar una tormenta al asentar la creencia generalizada que pintan bastos. Toda marcha atrás monetaria provocaría un desplome de la confianza al ratificar los temores de una posible recesión en ciernes, amplificando así su impacto. Se insiste con la fe del carbonero en que la actual solidez de las entidades de crédito, dotadas de niveles históricos de capitalización y moderado apalancamiento, evitaría la repetición de una crisis como la de finales de la pasada década. No cabe, sin embargo, confiar en exceso en la resistencia de unos balances que, sometidos a una fase de debilidad económica con su corolario de rápido deterioro de la rentabilidad y solvencia, se podrían erosionar antes de lo que se piensa. Sobre todo, si se materializan los aires de desregulación que soplan.

 
 
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