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      Los supervisores USA quieren fomentar otro tipo de capital imperfecto: la deuda convertible en acciones    
    BASILEA II PLUS Y LAS DUDAS DE DISEÑO    
      EN DICIEMBRE EL COMITÉ DE BASILEA PLANTEÓ UN NUEVO PAQUETE DE REFORMAS, QUE CARECE DE CONCRECIÓN PORQUE CARECE DE CONSENSO. PERO APUNTA A UNA DEPURACIÓN DEL CONCEPTO DE CAPITAL Y A UN NUEVO COEFICIENTE DE SOLVENCIA, A OTRO DE LIQUIDEZ Y A UNA RATIO DE APA    
         
 
 

TEXTO: RAIMUNO POVEDA

La crisis financiera de 2007-2008 ha puesto en evidencia fallos graves en el modelo internacional de regulación del sistema bancario. Ese modelo todavía no era Basilea II, pero hay fundada sospecha de que Basilea II no lo hubiera hecho mejor, porque sus exigencias de capital son insuficientes. Además la crisis ha recordado sus viejos defectos: un uso excesivo de sucedáneos de capital, un clamoroso descuido del riesgo de liquidez, demasiada confianza en los rating externos, y un posible refuerzo de la natural tendencia de los bancos a comportarse procíclicamente.

Los standards setters internacionales emprendieron inmediatamente una revisión del modelo. Tras Lehman Brothers, el G20 añadió urgencia y orientación política a sus trabajos. Ya se han introducido algunos refuerzos en los estándares vigentes. En diciembre de 2009 Basilea ha publicado un paquete de propuestas, importantes pero incompletas, que espera cerrar en 2010. En el campo contable se ha iniciado a regañadientes una revisión de normas para hacerlas menos procíclicas. Es pues un buen momento para revisar el camino recorrido y mostrar el que falta por recorrer.

Refuerzo de la solvencia
Las insuficiencias en los requerimientos de capital son de dos órdenes. Existe una insuficiencia general manifestada en el hecho de que Basilea II no logra mantener el nivel de exigencias de Basilea I. Y existe una insuficiencia puntual en determinadas actividades bancarias, cuyo nivel de riesgo se ha revelado muy superior al previsto.

Las actuaciones más enérgicas hasta la fecha de Basilea se han centrado en este segundo tema. En julio pasado se endurecieron fuertemente los estándares aplicables a la cartera de negociación, las retitulizaciones, y las líneas de apoyo a las titulizaciones. Las exigencias de capital cómo mínimo se duplicaron. Un refuerzo considerable, que deja en el aire la pregunta de si tiene sentido seguir basando los métodos avanzados de cálculo del riesgo de mercado en unas estimaciones estadísticas (los VAR) a las que hay que aplicar unos factores de seguridad de 6 o más.

El paquete de diciembre trae otros dos refuerzos puntuales. La cobertura del riesgo de contraparte (el riesgo de los productos derivados) se incrementará sustancialmente. También lo harán (entre un 25 y un 35%) las exigencias de capital impuestas a los riegos interbancarios. El motivo de este recargo es el mayor riesgo que se le supone a la banca ante sacudidas financieras como las vividas en 2007 y 2008. La medida sólo se aplicará a los bancos grandes1, y solo se prevé en los métodos avanzados que utilizan los bancos sofisticados, no en el método estándar. Son limitaciones discutibles, pues ni los bancos pequeños están libres de sufrir en las sacudidas sistémicas, ni los bancos, grandes o pequeños, son clientes menos peligrosos para sus congéneres “estándar” que para sus congéneres avanzados. Se explican por una discutible decisión política de centrar los esfuerzos en la gran banca, que es la que acumuló los problemas en esta crisis financiera.

Una omisión notable. La burbuja de las crisis se formó en el crédito inmobiliario subprime, que no respetaba los mejores criterios bancarios. Algunos supervisores nacionales tienen en estudio refuerzos de esos criterios (por ejemplo, la relación entre el préstamo y el valor del inmueble) subiendo los requerimientos de capital a las hipotecas que no los cumplan. Basilea no ha tocado el tema.
 
Si ha habido, o están en el taller, refuerzos puntuales del coeficiente de solvencia, no los hay por el momento para su nivel general. Puede que no haya voluntad política para ello. O, de haberla, quizás se esté en un compás de espera obligado. En efecto, como los refuerzos puntuales son importantes, al menos para la gran banca internacional, habrá que hacer números sobre su impacto antes de proceder al recalibrado general del coeficiente. Pero además Basilea ha planteado en diciembre una depuración del capital que podría cambiar sustancialmente el cuadro.

Hacia una depuración del capital
La definición del capital preocupa al Comité desde que en Basilea I (1988) cometió la debilidad de aceptar los híbridos, unos instrumentos de capital imperfectos, e incluso instrumentos de deuda (deudas subordinadas) que no son en modo alguno capital, y cuyo único mérito es incrementar un poco la parte de la masa de la quiebra destinada a los acreedores ordinarios. Trató de frenar su expansión con unos límites que no han logrado impedir su proliferación. La calidad del “capital” oficial se ha deteriorado hasta el punto de que los analistas están dejando de lado las ratios de Basilea a favor de otras más ortodoxas.

Un gran mérito de las propuestas de diciembre es que por fin el Comité se encara con un problema que él mismo creó. El problema es cómo hacerlo. La propuesta considera tres bloques de instrumentos. El primero estaría formado por el capital en sentido clásico, esto es, las acciones ordinarias (o sus equivalentes en bancos que no sean sociedades anónimas) y las reservas generadas; ese bloque de “capital común” soportaría el grueso de las deducciones prudenciales impuestas por la regulación. En el segundo contarían otros instrumentos de menor calidad pero que también pueden absorber pérdidas en una empresa en funcionamiento (going concern). El tercero, los instrumentos que solo soportan pérdidas en caso de quiebra (gone concern). Habría una ratio sobre capital común, otra sobre el capital común más el segundo bloque, y una tercera sobre la suma de los tres bloques.

Evidentemente la clave de la reforma está en esas tres ratios. Pero sobre ellas el Comité todavía no dice nada útil. Un esquema débil de ratios dejaría las cosas como están; incluso podría empeorarlas. Un esquema fuerte traería el refuerzo general del coeficiente de solvencia que se echa de menos en Basilea II. Habrá que reunir información para completar el calibrado, probablemente los supervisores nacionales ya tienen una idea bastante clara de cómo quedarán sus bancos tras la redefinición. Por tanto la falta de sugerencias lleva a pensar que el Comité ha abierto la discusión sin un principio de consenso, y que hay posturas reacias a aceptar un refuerzo serio del coeficiente de solvencia. Los supervisores americanos juegan ahora con la idea de fomentar otro tipo de capital imperfecto, la deuda convertible en acciones, pero no a discreción, sino cuando se disparen ciertos eventos desfavorables. Su encaje en el cuadro de ratios volvería a emborronar el esquema.

La propuesta de redefinición del capital incluye precisiones novedosas sobre cómo tratar varios conceptos conectados con él (por ejemplo, intereses minoritarios, activos fiscales, o fondos de pensiones internos). Todas las sugerencias del Comité están bien fundadas en la prudencia, pero algunas podrían retocar a la baja de forma significativa las cifras de capital común de determinadas entidades. Su discusión complicará el consenso sobre la definición del capital.

Si, con todo, se logra un buen acuerdo, la actual diversidad de situaciones individuales hace prever unos plazos de adaptación muy largos, que cuenten más por décadas que por años.

Ratio de apalancamiento
La imagen refleja de la insuficiencia del capital la constituyen unos niveles de apalancamiento excesivos. Esos niveles, más la complejidad técnica de Basilea II, han movido a retomar la idea de una ratio de apalancamiento no ponderada, de carácter complementario.

El bloque de diciembre trae un primer borrador de esa ratio. La propuesta base compara el capital nivel 1 con el balance total contable más las partidas de fuera de balance que son sustitutos del crédito (garantías). No es una propuesta definitiva. El Comité tantea otras alternativas. En lugar del capital nivel 1, podría ser el capital común, o tal vez el capital total. En todo caso, no sería el concepto contable de capital, sino una elaboración procedente de la regulación prudencial. El otro término de la ratio, el balance, podría sufrir correcciones que lo acercarían a un balance ponderado. Podrían omitirse los activos líquidos. Las partidas fuera de balance podrían incluirse no por su nominal, sino valoradas con los factores de corrección que se emplean en el coeficiente de solvencia. Podrían admitirse algunos neteos dentro del balance. Podrían recuperarse para el cálculo las carteras dadas de baja por titulización. Los derivados, siempre difíciles de valorar, quizás se netearían, quizás no.

Con tales dudas de diseño, no es extraño que la propuesta tampoco aventure una cifra tentativa para la ratio de apalancamiento. Sin ella no sabemos si lo que salga dentro de unos meses tendrá mordiente para controlar los excesos del sistema, o solo servirá para frenar alguna posición individual aberrante.

Un estándar para la liquidez
La supervisión de la liquidez es un tema importante pero descuidado por la regulación. Basilea sacó hace diez años una guía de buen gobierno de este riesgo. Sin ser su guía más lograda incluía las recetas básicas: tener establecidos procedimientos de control, seguir atentamente el riesgo (también desde la alta administración) hacer pruebas de tensión, tener planes para contingencias. No sirvió para nada cuando llegó la crisis. Los bancos no hicieron pruebas de esfuerzo, o no se las creyeron, y a la hora de la verdad el único plan para contingencias efectivo fue recurrir al banco central.

Basilea olvidó discretamente su guía anterior y publicó otra. La nueva insiste en los mismos principios de buen gobierno, trae alguna mejora técnica, y probablemente no será mucho más eficaz.  Pero en diciembre ha propuesto algo más concreto: dos estándares obligatorios relacionados con la liquidez.

El primero obligará a cubrir con activos de alta liquidez los déficits de tesorería que podrían producirse durante un mes en unas hipotéticas condiciones adversas. Los activos computables son los depósitos en el banco central y los fondos públicos, de cuya capacidad para convertirse en dinero líquido no se quiere dudar. Pero hay países en Oriente y Oceanía que apenas tienen deuda pública; naturalmente no les gusta una fórmula que obligaría a sus bancos a comprar deudas de países más propensos al déficit. Se estudia la posibilidad de añadir otros valores de alta calidad aceptables por los bancos centrales, aunque con fuertes recortes de valor. En cuanto a los déficits de tesorería a cubrir, su cálculo es complicado. Se parte de los vencimientos de activos y pasivos durante el siguiente mes. Eso basta para ciertos sectores sensibles al riesgo, que en condiciones de tensión no renovarán las operaciones. Pero hay una masa importante de pasivos sin vencimiento, y una clientela estable que renueva operaciones o mantiene saldos incluso en esas condiciones. La propuesta introduce unos supuestos convencionales, razonables pero discutibles, sobre la permanencia de los saldos de diferentes tipos de clientes.

El Comité no se contenta con el colchón de liquidez obligatorio. También propone una ratio que llama de financiación estable, para mejorar la estructura de plazos de los balances bancarios. Define unas necesidades convencionales de financiación estable, asignando a los diversos bloques de activos unos coeficientes tan razonables y tan discutibles como los factores de permanencia del coeficiente de liquidez. Y define como financiaciones estables, además del capital y los pasivos de vencimiento superior al año, una parte de los pasivos a menos de un año inspirada en dichos criterios de permanencia. Estas convencionales financiaciones estables deberían no ser menores que aquellas convencionales necesidades de financiación estable.

Ambos coeficientes tienen su fundamento. Pero, y en eso el Comité de Basilea es fiel a su tradición, no son propuestas sencillas, esconden demasiadas convenciones y parámetros discutibles, no coinciden con los instrumentos internos de gestión en los que se inspiran, no han sido probadas previamente como herramientas reguladoras, penden, en el caso de la primera, de una variable crucial (los déficits de liquidez estimados) cuyo importe y propiedades de estabilidad se desconocen, y no parecen fáciles de supervisar. Quizás dentro de unos años un público perplejo pida, para entenderse, una ratio de liquidez simple, como está pidiendo ese coeficiente de solvencia simple al que llaman ratio de apalancamiento.

   
           
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