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NÚMERO 47 | FEBRERO 2010 | AÑO 6
 
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      ¿PERO QUIÉN MANEJA AQUÍ LOS SEMÁFOROS?    
      “INAUDITO EL CINISMO CON QUE SON CUESTIONADOS EN LOS MERCADOS LOS ESTADOS, Y LA CANDIDEZ CON QUE LOS GOBIERNOS DEJAN CRECER ESA OPINIÓN”    
           
      [ CARLOS BALADO, DTOR OBRA SOCIAL Y RELACIONES INSTITUCIONALES DE LA CECA ]    
           
   

Esperar una disculpa de los representantes de las entidades financieras que comparecen en la vista de la nueva Comisión de Investigación sobre la crisis financiera en Washington son ganas de perder el tiempo o muestras de una ingenuidad derivada de un escaso conocimiento de aspectos de la psicología humana. Tomar declaración al mismo tiempo a los cuatro máximos directivos de otros tantos bancos estadounidenses parece tener como finalidad hacerles aparecer como responsables de generar una crisis financiera sin precedentes, con efectos devastadores en la economía mundial. Sin embargo, ese procedimiento permite evadir cualquier manifestación comprometedora cuando se trata de exigir responsabilidades. Es conocido que las actitudes de las personas amparadas por un grupo son muy diferentes a sus conductas individuales y tienden a hacerse extremas.

Irvin Janis demostró en la década de los años setenta, a partir de la conocida operación de la Bahía de Cochinos, que los miembros de un grupo desarrollan una ilusión de invulnerabilidad unida a un extremo optimismo. No tienen en cuenta los hechos inconvenientes. Su creencia en la propia moralidad puede llevarles a cometer acciones inmorales como un medio para conseguir sus fines. Tienen ideas estereotipadas sobre los grupos rivales o enemigos, a quienes consideran malvados o débiles, y tratan de reducir al silencio a quienes disienten. Janis aseguraba que cada miembro de un grupo suprime sus propias dudas para adaptarse al mismo y que dentro de ese colectivo se crea la ilusión de unanimidad que resulta de dicha supresión. Por último, constató que se protegen de otros miembros ocultándoles información que no se ajusta a las ideas del grupo. A todo esto lo denominó pensamiento de grupo. Es fácil pensar que si estas empresas, rudos competidores en el mercado financiero, desarrollaron las mismas conductas se debe a que tomaron las decisiones afectadas por esta tendencia de los grupos. Incluso las respuestas formuladas por sus directivos en sus comparecencias en el Capitolio son una evidencia de que, como grupo ante una comisión que les pide explicaciones, sus actitudes se refuerzan mutuamente. Lo importante en su caso es lo que puedan pensar los que pertenecen a su grupo, en este caso otros presidentes de entidades, más que lo que puedan creer los ciudadanos. Si la mayoría del grupo está de acuerdo en algo, sus integrantes piensan que no se equivocan y, además, se crean la obligación de actuar de una determinada manera. Es conocido que hacer algo de forma obligatoria no necesita justificación. De hecho, muchas personas desafían las Leyes, sobre todo, cuando no hay una figura de autoridad sobre ellos, a quien sea violento desobedecer y que la sociedad valide. La mayoría de las personas cree que es racional no acatar una mala ley o desobedecer a un mal gobierno, siempre que las probabilidades de ser descubiertos sean lo suficientemente escasas.

Los gobiernos han perdido la oportunidad de saber cómo se generaron esas conductas en los procesos de toma de decisiones al enterrar esta información bajo los más de cinco billones de dólares empleados en el rescate de las entidades financieras en todo el mundo, excepto en España.  Los esfuerzos de todos los gobiernos están centrados ahora en desarrollar los principios comunes para la reforma de los mercados financieros. Estados Unidos, mediante la Regla de Volcker, el conjunto de medidas planteadas para restringir el tamaño y el ámbito de las instituciones financieras y así controlar la asunción excesiva de riesgos; y la UE, como ha plasmado en su Declaración sobre el Fortalecimiento del Sistema Financiero, quiere mejorar la transparencia, la contabilidad, la regulación y la promoción de la cooperación internacional en mercados financieros. Mientras la regulación crece incesante, las entidades rescatadas están de nuevo en condiciones de repetir sus prácticas. Ahora han puesto su punto de mira en los Estados, porque el alto endeudamiento en que estos han incurrido es utilizado para sembrar la duda de su capacidad para afrontar esos pagos. La paradoja que vamos a empezar a vivir es que el aumento de la deuda de los Estados, entre otras cuestiones para salvar bancos de inversión y paliar los efectos en la economía de sus comportamientos, es considerado un riesgo elevado por esos mismos bancos y por las agencias de calificación, que se nutren asimismo de las opiniones de esos analistas. De esta forma, se consigue desestabilizar países y mercados recurriendo a una táctica fácil. Sólo hay que recordar las operaciones de un financiero y filántropo, admirado por algunos, que llevaron a Rusia o al Banco de Inglaterra al colapso.

Sin embargo, si el pensamiento de grupo se acentuó en las prácticas de los bancos rescatados, en los Estados se está produciendo un fenómeno particular. Los que lean estas páginas seguramente alguna vez habrán pagado dinero por ver una mala película u obra de teatro y, aunque aburridos, se habrán quedado hasta el final esperando una mejora. Quienes han realizado un sacrificio de dinero, tiempo o esfuerzo tienden a mantenerlo a pesar de que les suponga más pérdidas que ganancias. Hay generales famosos por insistir en estrategias inútiles. En la batalla del Somme (Francia), el general Haig, que en las primeras horas ya había perdido 57.000 hombres, seguía atacando posiciones alemanas con terribles pérdidas para sus tropas, a pesar de que desde la batalla de Verdún era conocido que en la guerra de trincheras los ataques directos fracasaban. La negativa a abandonar un proyecto inútil en el que se ha invertido una cantidad de dinero o esfuerzo es una muestra de la incapacidad para reconocer los propios errores. Se le llama el error del coste invertido. Los Estados esperan un cambio tras lo mucho que han “invertido” y las entidades rescatadas creen que, como todos hacían lo mismo, nadie se podía equivocar. Actúan como un grupo invulnerable. Si ampliamos la perspectiva es fácil ver que estamos ante un enfrentamiento entre poderes y en una lucha por demostrar quién influye en los mercados y en la opinión pública.

 El poder es la capacidad para perseguir y lograr objetivos mediante el dominio de lo que nos rodea, según Michael Mann. Es una relación, no un atributo, y las sociedades en las que se ejerce ese poder son estructuras sociales contradictorias surgidas de conflictos y negociaciones entre distintos actores sociales, a menudo opuestos. Los conflictos nunca acaban, simplemente se detienen gracias a acuerdos temporales y contratos inestables. Según Weber, el fundamento de todo Estado es la fuerza y Geoff Mulgan, director de política del Gobierno de Tony Blair, mantiene que el Estado depende de tres fuentes de poder: la violencia, el dinero y la confianza. Asegura el ex asesor de Blair que, de las tres fuentes, la más importante para la soberanía es el poder sobre las ideas porque dan lugar a la confianza (…), el conocimiento y las ideas pueden transformar las cosas, mover  montañas y hacer que el poder efímero parezca permanente. Los Estados en esta crisis han recurrido a las fuentes de poder posibles, dinero y conocimiento. Del primero es claro ver quienes son los que más se han beneficiado y del último aún pueden conseguir mucho más. Han de ser la autoridad a la que no se puede desobedecer, porque la sociedad, no sólo las Leyes, repudiaría esa actitud. Los Estados tienen toda la capacidad para hacerlo, por eso resulta inaudito el cinismo con el que son cuestionados en los mercados y la candidez con que los Gobiernos han dejado crecer esa opinión. El Presidente del Lloyds aseguraba en Davos mediante una ingeniosa metáfora: Me encantan los semáforos, pero no me gustan los que están cinco segundos en verde y cincuenta y cinco en rojo. En ese punto se encuentra el debate: ¿quién va a marcar el tiempo de los semáforos?, ¿pasará algo si se saltan?

   
           
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