Número 142 - Octubre de 2014
 
REPORTAJES
 
   
     
“LA GRAN CUESTIÓN ES: ¿CUÁNTO DEBE PAGAR LA EUROPA DEL NORTE A LA EUROPA DEL SUR?”  
       
 
     
     
     
MADELEINE ALBRIGHT, AUTORA DE “FASCISMO, UNA AMENAZA”
 

ALBRIGHT SABE DE FASCISMO. SU VERDADERO NOMBRE ES MARIE JANA KORBELOVÁ. NACIÓ EN CHECOSLOVAQUIA Y DOS DOCENAS DE SUS FAMILIARES FUERON ASESINADOS EN LOS CAMPOS DE EXTERMINIO NAZIS POR SER JUDÍOS. LA PROPIA ALBRIGHT, REFUGIADA CON SUS PADRES EN REINO UNIDO, PRIMERO, Y EN EEUU, DESPUÉS, Y CRIADA COMO CATÓLICA, NO CONOCIÓ SU VERDADERA IDENTIDAD HASTA QUE EN 1997 EL WASHINGTON POST PUBLICÓ UNA DETALLADA INVESTIGACIÓN SOBRE SUS ORÍGENES.

   
    Foto: Archivo RC  

TEXTO: PABLO PARDO (Washington)

Fue la primera mujer que alcanzó el cargo de secretaria de Estado de EEUU, en 1997, con Bill Clinton como presidente. En 2001 se retiró de la primera línea de la política, y fundó, primero, un fondo de private equity y, después, una gestora de patrimonios y una consultora, ASG, que ayuda a la internacionalización de las empresas estadounidenses. Pero Madeleine Albright nunca ha dejado, en realidad, la esfera pública.

Ahora ha vuelto, a los 81 años, con ‘Fascismo. Una amenaza’, que en España ha publicado Taurus, y en el que analiza una serie de países – desde la Turquía de Erdogan hasta la Hungría de Orbán, pasando, más sutilmente, por los EEUU de Trump – en los que, en su opinión, se ve una tendencia política en auge en el mundo.

En su libro, usted dice que, para que se dé el fascismo, tiene que haber una cierta connivencia o indiferencia de las élites. En EEUU parece que la élite está bastante satisfecha con Donald Trump, y que le importa bien poco lo que éste haga, siempre y cuando la bolsa siga subiendo. Lo mismo pasa en Europa con Gobiernos como el de Viktor Orbán en Hungría. No parece que la élite política o económica esté actuando con mucha responsabilidad. ¿Es élite u oligarquía?

Lo primero de todo: yo creo que Donald Trump es el peor presidente de EEUU en época moderna, pero no creo que sea fascista. Lo segundo, no veo una oligarquía al estilo de la que hay en Rusia o en las repúblicas ex soviéticas echando raíces en Europa. Pero sí es cierto que hay una desconexión entre diversos acontecimientos económicos. Y es una desconexión que yo, honestamente, no comprendo. Por ejemplo, ¿cómo es posible que la bolsa esté batiendo récords cuando al mismo tiempo la gente se queja de que sus salarios son insuficientes y los datos muestren que la renta disponible está estancada? Para mí eso es incompresible, lisa y llanamente. Evidentemente, yo no soy una experta en Economía, pero no he visto ningún dato que apunte a que los recortes de impuestos de Donald Trump, que entraron en vigor en enero, han ayudado a elevar los salarios reales. Al contrario. Lo que he visto es que solo han beneficiado a los beneficios empresariales y a las rentas del capital.

¿Ha visto un gráfico que se hizo bastante popular este verano de la agencia de noticias Bloomberg en el que se ve cómo, tras la bajada de impuestos, los salarios no han subido, pero sí los beneficios de las empresas?

Sí. Y, de nuevo, aunque no soy una experta, ni mucho menos, para mí eso plantea la cuestión de hasta dónde puede ser sostenible esta situación, hasta dónde se pueden incrementar los beneficios empresariales a expensas de los salarios. En algún momento, pienso, se tiene que producir un punto de fractura.

Y además esa desigualdad agrava el sentimiento de fragmentación de la sociedad. Lo cual a su vez crea competencia entre grupos por acceder a una situación económica que cada día es más difícil de alcanzar para ellos. Y esa es una de las claves del éxito de los sistemas autoritarios y fascistas: la aparición de un líder que promete proteger a la gente.

Como usted acaba de decir, la relación entre Estados Unidos y sus aliados de Europa está deteriorándose. Pero, al mismo tiempo, la situación dentro de la UE también se está degradando. No es solo Hungría o Polonia, a los que usted dedica capítulos enteros de su libro. Es, también, el Brexit y, ahora, Italia.

Este es un libro que en parte procede de la experiencia de mi familia, y de lo que yo vi que el nacionalismo y el fascismo causó a personas reales y a países reales. Así que se puede decir que soy una hija de la Segunda Guerra Mundial. Pero también soy consciente de lo que la Segunda Guerra Mundial logró, aunque de manera indirecta. Me refiero a cuando, después de la guerra, se creó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, que se fue expandiendo en una Europa cuyos países tienen más en común que lo que les separa. Es un cambio histórico que, ahora, está empezando a perderse, fundamentalmente por razones económicas.

¿Cuál es el debate dentro de Europa que más le preocupa?

Creo que la gran cuestión en Europa es cuánto debe pagar Europa del Norte a Europa del Sur. Un segundo factor es la idea de que hay una burocracia tecnocrática no electa en Bruselas que está dirigiendo la vida de los ciudadanos. Y el resultado es que es difícil saber a dónde está yendo Europa en este momento, con el Brexit, con los inmigrantes, con tantas cosas que están amenazándola al mismo tiempo y alejándola de su plan inicial.

De pronto, usted está sonando muy republicana. Si se reemplaza ‘norte’ por ‘creadores de empleo’, ‘sur’ por ‘receptores de ayudas sociales’ y ‘Bruselas’ por ‘Washington’, podría confundirla con un asesor de Trump.

No. Mi gran diferencia con el gobierno de Trump es que yo soy una gran partidaria de la UE y nunca la he visto como un instrumento de dominación de unos países por otros [Trump ha dicho en varias ocasiones que el euro fue creado por Alemania para beneficiarse a expensas de los demás países]. Y creo que la UE ha funcionado muy bien hasta ahora. Pero las circunstancias han cambiado. Desde la crisis del euro, nada ha vuelto a ser igual en la UE y, por tanto, pretender una vuelta al viejo sistema es poco realista. Y a eso se han sumado factores nuevos, como el Brexit, la inmigración… Tengo que declarar que me siento… no sé si decir alucinada o deprimida por cómo los europeos del norte hablan de los del sur. Cosas del estilo: “por qué tenemos que transferir dinero a los vagos de los griegos, a la gente de ese país que no paga sus impuestos”. La genialidad de la UE se ve minada por la lucha de globalización versus identidad. Y, desde luego, es una lucha que la crisis del euro exacerbó.

 
 
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